Se ha cerrado la ventana, una vez más

No. No hay ninguna esperanza. Es muy obvio. Se ha vapuleado a la inteligencia, a la sensibilidad, a la libertad, a la frescura… a la valentía, a la decisión de avanzar. El viejo régimen, en esencia ese mismo régimen apoyado en su día por el populacho entregado al sátrapa Fernando VII o al lúgubre Franco, apoyado ahora por las fuerzas reaccionarias y conservadoras de la Europa de la diosa ingeniería financiera y de los recortes sociales que benefician a las élites, se recompone una vez más, en torno a las malhadadas letanías rancias de siempre. Discrepo con Santiago Alba, eso si, en que Rajoy sea un genio; es un patán con la suerte de cara. Y aquí ya no hay más cera que la que arde. Algunos hemos dado lo mejor de nuestras vidas por traer a escena un mundo diferente, de color, de esperanza, de alegría, de comunión entre los valores de siempre y los que surgen al abrir las puertas al futuro; nos hemos equivocado. Hemos sido derrotados en toda la regla por los esclavos felices, por quienes otorgan mayor importancia a lo malo conocido que a lo bueno por conocer, por quienes medran en el fango del oportunismo rastrero y se lucran con ello. Por los zafios. Los cobardes, los acomodados. Y los bobos de solemnidad, no los olvidemos. Los que esperan la muerte sentados plácidamente. Quizá porque, en su estulticia supina, esperan otra vida de recompensas… Solo nos queda el refugio en nuestros castillos en las nubes. Porca, porquísima miseria.

 

De vuelta al 78

La crisis catalana ha cerrado la “ventana de oportunidad” que “las fuerzas de cambio” no habían sabido mantener abierta en Madrid

«El mejor de los casos se ha dejado hace tiempo atrás y probablemente nunca se hubiera dado: me refiero a un referéndum pactado entre la Generalitat y el Estado español. En el peor de los escenarios, que es aquel en el que nos encontramos, lo mejor que podría pasar es que se produjera una desescalada “a la gallega”, a base de preguntas sincopadas, sin saber si hay o no independencia ni si se ha aplicado o no el 155, de ambigüedad en ambigüedad, hasta dejar lo sucedido en una nube mientras se negocia una mala solución –siempre mejor que una guerra– a instancias de la UE y a espaldas, como siempre, de la voluntad de los ciudadanos, catalanes y españoles. No es seguro que ocurra ni siquiera esto. Hemos visto a Rajoy hacer con el “diálogo” lo mismo que a Puigdemont con la “independencia”, proclamarlo y suspenderlo al mismo tiempo, y los medios de comunicación con más audiencia, como serenamente denunciaba Aitor Esteban en el Parlamento, no dejan de empujar y empujar hacia el pasado: “Hasta la cabra de la Legión huele a libertad”, titulaba El Mundo una crónica sobre el desfile militar del 12 de octubre.

Rajoy ha ganado ya en España. Ha fertilizado la amnesia española con veneno patriotero en el único país de Europa en el que no hace falta ser antifascista para ser demócrata y en el que, aún más, el antifascismo se criminaliza como radicalismo antisistema. Rajoy está logrando construir una mayoría social “española” desde el –hasta ahora– minoritario discurso ultraderechista, dejando a un lado, invisible e interrumpido, el proceso de cambio que se inició el 15-M. Ha recuperado al díscolo Pedro Sánchez y su PSOE “de izquierdas”, de vuelta al redil del régimen, para una previsible restauración consensuada y sin resistencias. Y hasta ha sacado al rey de su sombrerera para regañar y amenazar a la mitad de España. Es un genio. Apoyándose en la Catalunya justamente insurrecta, torpemente insurrecta, está volteando la situación a favor del PP, que estaba contra las cuerdas. La maniobra está siendo tan brutal –ha comprometido hasta tal punto todos los palillos ocultos del régimen del 78– que en la próxima crisis caerán todos juntos y de golpe, incluida la monarquía. Pero para eso faltan –otra vez– unos cuarenta años.

Es verdad que la aceleración que estamos viviendo es, además de política, tecnológica, de manera que ningún acontecimiento deja ya rastros demasiado duraderos ni es posible establecer cadenas estables de causas y efectos. Podríamos –sí– olvidar todo lo ocurrido junto con los tuits de ayer y ver volar de nuevo la indeterminación cuántica en una dirección inesperada. Puedo, pues, equivocarme, pero me temo que, contemplado el mundo desde esta ventanita, hemos perdido una oportunidad histórica. La crisis catalana ha cerrado la “ventana de oportunidad” que “las fuerzas de cambio” no habían sabido mantener abierta en Madrid. La correosa versatilidad del bipartidismo, unida a los errores de Podemos en el Estado y de las CUP en Catalunya, han abortado dos procesos de “ruptura” que, concebidos en paralelo, se contrarrestaban recíprocamente. España no será refundada en las próximas décadas; Catalunya no será independiente en las próximas décadas.

Diré algo de Podemos al final. Permítaseme decir ahora dos palabras sobre las CUP. Colectivo muy plural y heterogéneo, nadie podrá negar que es la única fuerza que cree realmente en lo que hace, la más coherente, la que mejor se ciñe a sus principios y la que, incluso cuando se ha dejado llevar por un contradictorio tacticismo, nunca ha olvidado su objetivo. ¿Cuál es ese objetivo? Luis María Ansón, el perspicaz dinosaurio, se lo explicaba hace unos días a esos compañeros derechistas que, desde el nacionalismo español, proyectan su identitarismo sobre el independentismo catalán: para las CUP  “el nacionalismo es sólo una forma de acelerar la revolución”. El dolido, hermoso, sereno y combativo discurso de Anna Gabriel en el Parlament tras la independencia burlada de Puigdemont no se prestaba a ambigüedades: las CUP quieren restablecer en Catalunya –pues sólo lo ven posible en ese territorio– la República que Franco robó a toda España. Quieren una revolución y no una patria; y ven en la idea de patria, tan movilizadora e inflamable, el vehículo para una gran transformación económica, social y cultural. Muchas risas ha suscitado la alusión de Gabriel a una “independencia sin fronteras”, una fórmula que, sin embargo, resume muy bien el programa, nada risible, de las CUP: a partir del territorio catalán aspiran a “independizar” (del capitalismo y sus miserias) todos los territorios del mundo.

Siento tanto respeto por este propósito y tanto cariño personal por muchos de sus componentes –me he equivocado tantas veces– que sólo con cautela me atrevo a decir que las CUP han pecado de ingenuidad al creer que convenía, que la “coyuntura” exigía, que su propio poder les permitía dejar de ser “libertarios” para hacerse “leninistas”. Han pecado de ingenuidad –es decir– al dejar de ser ingenuos. Tenían razón quizás en desconfiar de los procesos “rupturistas” abiertos en el Estado y nadie les puede reprochar que intentaran su propia andadura para quebrar el régimen herido desde Catalunya. Al mismo tiempo consiguieron tantas veces desde su minoría parlamentaria imponer su discurso al régimen del 78 catalán, ahora en pugna con su variante española, y doblaron tantas veces el pulso a los partidos “burgueses” catalanes que se convencieron con contagioso entusiasmo de que podían forzar la situación en el Parlament y movilizar más y más gente en la calle para forzar también una derrota del Estado. Creo que el presupuesto de partida –el de que sí es posible una “ruptura revolucionaria” desde Catalunya– era ilusorio; y que esa ilusión fue engordando a medida que su “leninismo” contradictorio fue dando resultados, creciendo y autoalimentándose de su propia eficacia inmediata, en la política y en la calle, y ello hasta que el imposible referéndum, la violencia de todo tipo por parte del Estado y el pragmatismo obligado (y me atrevo a decir que honrado) de Puigdemont no sólo han dejado claro que ése no es el camino hacia la república catalana y la gran transformación social anhelada sino que por ese camino se cierra del todo también la posibilidad –incierta y ya muy rebajada– de “ruptura” desde el Estado: el único fulcro desde el que, en esta Europa postrevolucionaria e insensatamente “estable”, se puede desplazar –si se puede– la relación de fuerzas política (como sólo desde el municipalismo, matriz de las CUP, se puede alterar la relación de fuerzas social y cultural). España es hoy más España y menos Democracia; y Catalunya, polarizada, movilizada y frustrada, también amenazada, sigue entre sus redes.

Es verdad que el régimen está descomponiéndose; pero es verdad también que está recomponiéndose. Como ha demostrado Rajoy, no le importa tener un problema en Catalunya. Todo lo contrario. Puede ser muy funcional a la hora de terminar la segunda transición de forma muy parecida a como se terminó la primera. Se dan ya todas las condiciones para una restauración del bipartidismo casi clónica respecto del final del franquismo: en un ambiente de miedo, tensión y polarización, con brazos en alto en las calles y represión policial selectiva, con una mayoría social asustada y “españolizada” y una Catalunya “vasquizada”, con un PSOE una vez más claudicante y pantanoso, un rey partisano que defiende su patrimonio y unos medios de comunicación beligerantes, se ha establecido, sí, el marco perfecto para prolongar la constitución del 78 mediante una reforma de consenso que impida durante otros cuarenta años una verdadera reforma, la que desde el 15M mucha gente pedía y que en algún momento pareció no sólo imaginable sino también posible.

¿El 15M empezó en Madrid y ha acabado en Catalunya? ¿No hay ninguna posibilidad de recuperar la potencial mayoría quincemayista, felizmente desmemoriada, que hoy el PP y C’s, con la imprescindible complicidad del PSOE, rememoriza hacia la derecha o vuelve invisible e inaudible? Creo que, en medio de tantos naufragios de buenas intenciones y tantos disparates paralelos, la única que ha sabido mantener una posición sensata y además comunicarla ha sido Ada Colau. No estoy muy seguro de que no quede sumergida en el oleaje venidero, desprestigiada en España y ninguneada en Catalunya. Pero cabe también la posibilidad de que acabe catalizando todas las decepciones y todas las corduras: desde su posición institucional ha sabido moverse entre Scila y Caribdis con pie firme, voz serena y radical sensatez para proponer en positivo un proyecto para Catalunya. Eso es lo que le ha faltado en España a Podemos, cuyos portavoces han aparecido siempre a los ojos de la opinión pública más como defensores izquierdistas del procés que como portadores afirmativos de una propuesta programática dirigida a todos los españoles y erguida de manera simultánea frente a Rajoy y frente a Puigdemont. Lo tenía y lo tiene muy difícil, es verdad, pero la solidaridad sin pedagogía, la denuncia sin proyecto, la rememorización paralela sin “patriotismo” alternativo han hecho envejecer un poco más al partido de Pablo Iglesias, condenado –cuando más lo necesitamos– a un papel regañón marginal en el nuevo viejo régimen en recomposición.

Se está perdiendo todo tan rápidamente como se ganó. El ejemplo de Ada Colau debería servir para entender que la única vía que le queda al “bloque de cambio”, también incierta, es necesariamente conservadora: conservar las “plazas conquistadas” a nivel municipal, convertirlas en modelos o maquetas de buen gobierno y tratar de ampliar su radio –en sucesivos círculos concéntricos– a la escala autonómica. Ojalá quede un intersticio por el que colar esa lucecita; ojalá no nos pongamos, como siempre, a soplar las velas. «

Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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