Transformación histórica de las ideas: de la rebeldía al dirigismo prostituyente

De vez en cuando encuentro textos que me parecen notables y que no quiero que se me pierdan, y los copio o vinculo aquí. Acabo de toparme con uno de ellos, que además toca un tema sobre el que, muy de pasada, escribí un breve comentario días atrás (https://joseluisyela.wordpress.com/2020/07/21/desvarios-revolucionarios/). Allá va:

Cristianismo: La mayor mentira jamás contada –
Filosofía para pobres (XV)

Por Francisco Silvera – 06/05/2020  (https://diario16.com/cristianismo-la-mayor-mentira-jamas-contada-b/)

“El Cristianismo que conocemos tiene su origen en una imposición sucesiva de una mixtura de creencias grecorromanas sobre la fundacional; es la victoria de Saulo el persecutor frente a los cristianos que, de haber existido Jesús, compartieron su cultura, su religión y su familia y se pretendían sus legítimos herederos. Será el Emperador Constantino y sus alrededores quienes vean el interés de consolidar esta religión como unificadora de un Imperio realmente incontrolable e inunificable.

La filosofía de moda entre los poderosos romanos era el estoicismo. Identificar al Lógos que todo lo prevé con Dios no fue complicado; la asunción del Destino como voluntad de Dios, incluyendo la esclavitud, las clases, la riqueza o la pobreza, la conquista y el aplastamiento, resultaba muy cómodo intelectualmente, el cristianismo romano tiene mucho de elongación del estoicismo, más que de la fe original: incluso en su vertiente ascética y aquella idea de resistir el dolor como algo inevitable en nuestro sino. Curiosamente, un pensamiento mecánico, “físico”, se transformó lentamente en un providencialismo divino; digamos que el estoicismo fue el lecho sobre el que Roma pudo recostar la nueva religión cristiana. La idea de la Libertad no estaba en discusión, es absurda si Dios es omnisciente y eterno. San Agustín la desarrollará inventando el “libre arbitrio” y el pecado como lo entendemos ahora, siendo incapaz de justificarlo.

Jesús debió existir, aunque nada sabemos de él con certezas. Los evangelios son testimonios muy posteriores y no directos; claro es que la Iglesia mantendrá partes de su supuesto discurso pero cada vez de forma más incoherente: su antirromanismo anarquizante en favor de la entrega total a la devoción para preparar el Fin de los Tiempos, aquello del rico y el camello por el ojo de una aguja, algunas de sus doctrinas le llevaron posiblemente a la ejecución, pero Roma no solía matar por motivos religiosos sino por amenaza o insumisión política: probablemente su grupo no era tan pacífico como se nos vende, el eco literario de su detención muestra a unos romanos preparados en cantidad para enfrentarse a enemigos, y uno pierde una oreja por un arma; por cierto, polémico eso de la crucifixión, los romanos solían clavarte a un árbol o a un palo no muy alto, para que los perros pudieran comerte los pies…

La influencia del extendidísimo culto a Mitra, dios extrañamente análogo a Jesucristo, y de las repetidas historias mediterráneas sobre nacimientos de vírgenes, resurrecciones, milagros, vuelos, bilocaciones, curaciones… hacen muy difícil llegar a una conclusión; deslindar el cristianismo de ese batiburrillo indocumentable es siempre causa de debate, y quizá sea ésta la clave: hay tanta información mezclada, adulterada, ocultada, elevada, impuesta, repuesta o condenada que… “E falso sequitur quodlibet”, dice la Lógica.

Ante el Fin de los Tiempos y ofertando una salvación sin requisitos como saber leer o ser libre, el cristianismo se extendió por su zona originaria primero entre los cercanos y después entre los pobres. Los Evangelios, y resulta mareante pensar cuántas deturpaciones, manipulaciones o reescrituras han sufrido, ya están muy alejados de la figura originaria cuando se redactan: se entrevé pero transformada en el Dios sin tiempo y no el anunciador del final inminente, es un dios más vinculado a las tradiciones mistéricas que al judaísmo; no es éste el lugar, pero resumamos: la información intencionadamente velada evoca un enfrentamiento entre los primeros judeo-cristianos y los neoconversos greco-cristianos del autodenominado “poca cosa” Saulo de Tarso (“Paulus”, muerto cuarenta años después que Jesús); el Vaticano es más heredero del pablismo que del jesuismo, de pronto un intermediario con conexión divina desbanca la autoridad de los testimonios directos, queda a un lado el hombre que venía a hacer justicia para Israel y se eleva el Hijo connatural de Dios inspirado por el Espíritu Santo.

En el 313 el “Edicto de Milán” de Licinio y Constantino tolerará en Roma el cristianismo; será Teodosio en el 380 con el “Edicto de Tesalónica” quien vincule a Roma con el cristianismo oficial y definitivamente, por medio queda la oscura historia del asesinado neopagano Juliano el Apóstata y curiosamente la lucha contra la supuesta herejía de Arrio que niega la naturaleza divina de Jesús (tampoco le debió ser agradable echar las tripas por diversos orificios, supuestamente como señal de castigo divino tras el Concilio de Nicea, inicio del catolicismo). Constantino ni siquiera se bautizó, cuentan que lo hizo en el lecho de muerte por si acaso, su vida no fue un modelo de piedad; su madre Helena, tres siglos después de la muerte de Jesús encontraría en Tierra Santa intactas buena parte de las reliquias venerandas de hoy y señalaría los lugares santos como quien pone nombre a las calles.

Me gusta la historia del documento conocido como “Donación de Constantino” por el cual el Imperio se cedía a la Iglesia; a mediados del siglo XV Lorenzo Valla publicó sobre las incongruencias filológicas, el latín y los términos usados no eran de aquella época; y las inconsistencias lógicas, se hablaba hasta de ciudades no fundadas aún como si ya existieran. Kilómetros de cruz original, miles de espinas, pellejos variados de prepucios, cientos de clavos y documentos dudosos… Saquen conclusiones.

El verdadero cambio de era del siglo I se produjo, pues, a posteriori, tres siglos más tarde, y ha sido consolidado como una realidad durante otros mil setecientos años. Cualquier erudito leedor, lectora avezada, sabe algo sobre la deriva histórica de dogmas inventados para mayor gloria de los dominantes a fuerza de hierro candente: la Inmaculada Concepción o la Naturaleza de Cristo, la resurrección en cuerpo y alma, la transmisión del pecado original, la existencia o no del Mal, la infalibilidad papal o su poder político como Rey de Reyes… han sido “discusiones” sangrantes. Ni siquiera la cruz latina es un símbolo originario cristiano, como tantas cosas se le atribuye a San Agustín la explicación según la cual era así como crucificaban los romanos e hizo los primeros escarceos perifrásticos acerca de su simbolismo (ya vimos en el capítulo de Platón sobre el Símil de la Línea cómo la cruz latina se corresponde con una representación de la totalidad de lo real a través de la proporción áurea).

Para la Historia del Pensamiento lo relevante fue el proceso de abandono, destrucción, ocultación y distorsión de todo el legado antiguo, lejos del tópico de haber sido conservado en los monasterios; volverá a llegarnos progresivamente desde el mundo árabe. En el siglo VI Cosmas Indicopleustes explicará el Universo cristiano y, sin ánimo de descontextualizar, su cosmología no es más que un garabato infantil a lado de la Antigua. Insinuemos aquí la gloria del estudio de Peter Brown, autoridad sobre esta época, acerca de cómo la Iglesia empezaría a acumular riquezas prometiendo su salvaguarda hasta la llegada de Juicio Final (ya “sine die”) para su posterior recuperación, una especie de Banca Celeste que incluía la jerarquización de los turnos frente al Tribunal definitivo.

Esto debería estudiarse así en Primaria, para que cada cual con su formación personal sacara las conclusiones oportunas. Moraleja: no se defiende a la fe sino a una tradición tan cambiante como todo lo humano; la alternativa es el integrismo, no existe posición intermedia.

Como reza el tópico de Alfred Loisy: “Se esperaba el Reino, pero vino la Iglesia”.

“Incipit vita nova…”.»

Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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