El estropajo (cuento postmoderno, o de la modernidad líquida)

A mis conciudadanos defensores incondicionales del parque Puy du Fou, fascinados por los estropajos nuevos

Juan vivía en una casita en el monte, conforme a su manera de interpretar la vida. Sus estudios de biología, sus investigaciones, sus lecturas y sus viajes a países donde la humanidad vive en mucho peores condiciones que en la vieja Europa, le habían convencido de que es imprescindible cambiar de hábitos para no destruir el planeta en poco tiempo. Su dedicación intensa a su trabajo y a sus actividades artísticas y agrícolas le dejaban, sin embargo, poca oportunidad para mantener la casa ordenada y limpia. Por eso, llamaba de vez en cuando a una persona conocida, Sofía, que venía a ayudarle. Lo que más agradecía Juan era la limpieza de los enseres de la cocina. Juan, de todas formas, los fregaba siempre que podía, y, como de costumbre, usaba para dicha faena el mismo viejo estropajo, deshilachado y con un agujero en su centro. No se desprendía de él. ¿Para qué, si ejercía su función a la perfección?

Aquella tarde, tras haber dejado la limpieza en manos de Sofía, Juan estuvo cocinando. Pisto, gazpacho, pimientos rellenos y guisantes revueltos con huevo, todo ello de su cosecha y de sus animales. Al terminar, fue a limpiar los trastos. Y cual no sería su sorpresa al tomar el estropajo en sus manos: estaba impecable. Llamó a Sofía y le preguntó:

  • Oye, ¿dónde está mi viejo estropajo? Estaba ya deteriorado, pero era útil.

Sofía contestó:

  • Lo he tirado, hombre. Estaba ya feo y daba mala impresión.
  • ¡Pero todavía servía!, protestó Juan.

Así quedó la cosa, por aquel día.

A la semana siguiente, Sofía volvió a cambiar de estropajo. Y a la otra. Juan le advertía de que eso era un despilfarro que la Tierra no se podía permitir, y nosotros mismos, en definitiva, tampoco. Sofía le miraba siempre entre atónita y displicente, sin entender lo que quería decir Juan. Y seguía comprando estropajos nuevos.

Juan acabó por rendirse. No había manera de que Sofía entendiera lo que implicaba su comportamiento. ¿Qué podía hacer? ¿Decirle que no volviera? ¿Atar el estropajo de una semana al armario mediante una cadena, para evitar que Sofía lo tirara? ¿Enfadarse con ella? Cuando Juan le insinuaba cualquiera de estas alternativas, Sofía se molestaba. Así que Juan quedó atrapado en un sentimiento de tristeza y melancolía. Mientras Sofía no fuera capaz de entender, habría que aprender a convivir con los estropajos nuevos, al tiempo que habría que contarle a Sofía historias de las personas que, en los países lejanos, fregaban sus cacharros con un trozo de estropajo mugriento, en un agua sucia y maloliente, esperando que algún año que otro llegara al mercado local alguna pequeña remesa de estropajos de segunda mano, aún aprovechables…

Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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4 respuestas a El estropajo (cuento postmoderno, o de la modernidad líquida)

  1. Uff, un mensaje tan profundo e importante en un estropajo… Como hubiera podido ser en otro objeto o persona. Todo se tira y se desecha. Cuando las cosas se consiguen fácilmente pierden su valor, incluso la identidad se va perdiendo.

  2. A mí me pasa lo mismo en casa: que me cuesta mucho tirar un estropajo a la basura, porque mientras funcione, sigo usándolo día tras día.
    ((A pesar de que en algunos medios nos cuenten historias sobre microbios…)

    • Hombre, lo de los microbios es verdad. Pero, ¿a alguien se le ha ocurrido decir algo, al mismo tiempo, de la cantidad de microbios de las mismas especies que penetran al día en nuestro cuerpo a través de las vías respiratorias y a través de la boca? ¿A alguien medianamente limpio se le ocurre no limpiar el estropajo, una vez que ha acabado de fregar los cacharros? La publicidad manda mensajes sesgados, con tal de satisfacer su objetivo: vender más. Y el sesgo no se castiga, sino que se protege.

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