Entre Escila y Caribdis

Entre Escila y Caribdis, entre lo blanco y lo negro, entre dos aguas: la tremenda paradoja que refleja la historia evolutiva de un linaje de antropoides, nosotros, que no podría haber llegado a la situación de dominio de las inestabilidades e imponderables ambientales, y por ende de bienestar de que disfruta (expresado como disponibilidad promedio de refugio, alimentación y longevidad/viabilidad/dominio del dolor y de la enfermedad), de no haber sido por su extraordinaria agresividad para hacer frente a un ambiente muy adverso a lo largo de su proceso de diferenciación filogenética. Agresividad y sociabilidad están en la base misma de nuestro potencial evolutivo; lo cual, unido a la liberación de las manos gracias a la adopción de la postura bípeda y a la generalización de la alimentación a base de carne, permitió el grado de encefalización de que gozamos, y por tanto nuestras asombrosas dotes intelectivas. La paradoja se produce cuando la agresividad se manifiesta sobre nosotros mismos, y comprendemos que debemos neutralizarla y reconducirla. O estamos abocados a la extinción inmediata.

Magistral artículo sobre ello de mi colega Pepe Carrión, catedrático de Evolución Vegetal de la Universidad de Murcia, que recojo aquí completo:

LA BONDAD INSENSATA Y CONTAGIOSA.

Diario La Verdad, 29 de diciembre de 2018.

“En una serie televisiva (Rectify, Sundance TV) para frikis del psicodrama, un abogado conservador y creacionista, en catarsis de sinceridad tras un diagnóstico de cáncer, le confiesa a un colega: “el hombre no ha cambiado en siglos; en realidad no estoy seguro de que no vengamos del mono, así que ten mucho cuidado”. Viendo el capítulo, no me pareció excepcional situar al “mono” como arquetipo de nuestra inclinación a la violencia, pero es irrebatible que somos una especie dual, capaz de comportamientos muy agresivos y paradójicamente, conductas altruistas.
Nos hemos dispersado como una anomalía evolutiva que conlleva una capacidad de transformación planetaria sin precedentes en un itinerario de 4500 millones de años. Si miramos los impactos de nuestras actividades (Cumbre de París sobre Cambio Climático), el veredicto de necedad colectiva resulta inapelable. Organizados en estructuras patriarcales y jerarquizadas, se ha decidido excluir a la mayoría para que unos pocos tengan la prerrogativa de vivir en este planeta finito y superpoblado. Para enfrentar este desafío, tenemos todo lo que no necesitamos: políticas devotas del monoteísmo al estilo PIB, humanoides con habilidades técnicas pero descerebrados para el razonamiento, alienados, sensibles a la propaganda, proclives al estereotipo, moralmente torpes o inestables, apresurados, obedientes a la presión grupal y encima gobernados por burócratas dóciles.
El siglo de la crisis parece igualmente debutar como el siglo del trastorno. En una novela sobrecogedora (La posibilidad de una isla), Michel Houllebecq teatraliza magistralmente este universo de materialismo mecanicista que niega la existencia del alma. Lo ilustra un monólogo del protagonista: “si agredes al mundo con suficiente violencia, él te acaba escupiendo su cochina pasta; pero nunca, nunca te devuelve la alegría”. En mi opinión, el prontuario de Houllebecq viene a disponer que los sueños no se perdonan, pero habrá permiso para conductas que tradicionalmente han sido censuradas por el bien común.
La humanidad, que antaño era un espectáculo para los dioses del Olimpo, nos dice Walter Benjamin, se ha convertido ahora en un espectáculo en sí misma: “su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden”. En contraste, parece como si estuviéramos obligados a procurarnos una felicidad que al final, por imperativa, resulta angustiosa. Y lo cierto es que claudicar resulta sedante.
En esta escena desesperanzada, convendría preguntarse por qué seguimos aquí después de tanto desatino y con este bagaje prehistórico de atavismo autolesivo. Mientras el máximo altruista para muchos habitantes de las sociedades acomodadas pasa por un “like” en Facebook, lo cierto es que cada día, millares de personajes anónimos infectan el economicismo imperante con el virus de la bondad. Gabriele Nissim en su libro “La bondad insensata” (Siruela) nos introduce al “secreto de los justos”: personas que se han enfrentado al mal en actos de altruismo extremo que les ha costado la vida, o en los que definitivamente la han arriesgado. La obra de Moshe Bejski, presidente de la Comisión de los Justos, es palmaria: tantos y tantos que se negaron a cometer injusticias o velaron porque no se cometieran, participando activamente en la defensa de los inocentes durante genocidios, guerras y holocaustos.
Me pregunto si estos individuos excepcionales no han sido golpes accidentales de fortuna que nos han ido salvando como especie por cada pulso generalizado de atrocidad. Valentías incómodas como refugios de paz en tiempos de terror.
La gravedad de la crisis actual supone una oportunidad para utilizar el bien absoluto como senda colectiva y lección contagiosa. Si venimos del “mono”, seámoslo en el contexto de la tradición china, que realza el poder imitativo de los simios, hoy reconocido por la neurología en la sensacional prevalencia de las neuronas espejo.
No hablo de religión, sino de humanismo, incluso de un ateísmo humanista. Se ha demostrado que comunicar la magnanimidad puede cambiar los acontecimientos, provocando cortocircuitos en sistemas totalitarios o paradigmas basados en la violencia. Lo que demuestra la historia que no se cuenta en los noticiarios es que incluso en un mundo tan desgarrado, algunos individuos han alcanzado niveles insólitos de valor promovido por la empatía.
Cabe atizar el sentido del heroísmo en los actos más pequeños, ese lenitivo socrático individual con toda la dignificación colectiva para quienes asuman riesgos de padecer consecuencias negativas por los demás. Y luego un trabajo íntimo: comprometerse por dentro, sanar nuestra tendencia innata hacia el narcisismo agresivo. Finalmente una revolución educativa: capacitar para la transmisión del altruismo como recurso adaptativo en pro de la supervivencia. Aprender a darle forma temática a nuestra existencia en el contexto de una comunidad universal sin fronteras. Todos necesitamos aprender a construir sentido para nuestra vida. Es otro rasgo humano: necesitamos creer en algo, a veces sin matices.”

Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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