Ventanas rotas

Carlos Cabido, un incisivo contacto de Facebook, se ha referido hoy al modelo sociológico de las «ventanas rotas»:

«LAS VENTANAS ROTAS DE ESPAÑA.

¿Está el gobierno de España lleno de ventanas rotas? En realidad, lo que planteo es si la imagen que los ciudadanos tienen del gobierno afecta a su propio comportamiento social. Y cómo.

¿Qué tiene que ver una ventana rota?

En el ámbito de la sociología, la conocida como “teoría de las ventanas rotas” proviene de un artículo, y posteriormente un libro, que proponía la idea de que las ventanas rotas de un barrio generan una imagen de abandono que propicia, o al menos no previene, la rotura de más ventanas y, a la postre, alienta más actos vandálicos y un aumento de la delincuencia. Un ambiente urbano (y social) cuidado y limpio tendría el efecto contrario. Esta teoría se llevó a la práctica en Nueva York, y se le atribuyó la posterior disminución del crimen que experimentó la ciudad. Que se debiera realmente a su efecto o, al menos, de forma tan clara como los artífices de la teoría pretendían, ha sido bastante discutido, pero, en todo caso, la idea no es en absoluto absurda. Que un ambiente donde el vandalismo y el delito se perciben como habituales va a disculpar o invitar a cometer más delitos parece algo verosímil.

El gobierno de una nación (cómo se ejerce) es la representación visible de la idea de “Estado” y también supone un “ambiente” o un marco social donde los ciudadanos se ubican. Tiene por lo tanto una enorme influencia ya que es percibido por todos los ciudadanos del país, que de él dependen. ¿Acaso no es verosímil suponer que la imagen que el gobierno proyecta de sí mismo establecerá, igual que en un barrio lo hacen las ventanas rotas, un ambiente que propicie un comportamiento social afín?

Digamos que, en mayor o menor medida, ayudará a establecer un estándar de conducta a nivel nacional. ¿Qué imagen tiene actualmente la sociedad española de su gobierno? Y, al margen de que esté o no de acuerdo con lo que hace o vote al partido que nos gobierna, ¿qué efecto tienen las licencias que se ha tomado y su proceder en diversos aspectos sobre los límites de lo que la gente considera o no admisible? ¿Afecta esto a la relación de los ciudadanos con los demás y con el propio estado? No es que crea que alguien vaya a pensar que está bien robar o cometer otros delitos porque el gobierno de turno lo haga, pero, ¿no lo percibirá, inconscientemente, como algo que, al fin y al cabo, no debe ser tan grave? Que si el propio gobierno, que se supone debe ser más responsable que cualquier persona a título individual, se permite una actitud bravucona y visceral, por qué no va él a hacer, como mínimo, lo mismo. ¿Por qué se ha de ser respetuoso con el entorno social, si el propio estado lo desprecia?

Si el propio gobierno tiene sus ventanas rotas, ¿por qué molestarse en usar la papelera?»

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Hace ya unos años, cuando el tío Rajoy fue ascendido a los cielos de la Moncloa, salía yo a correr por los alrededores de la urbanización donde vivía. Unos pasos más allá de la puerta de mi casa, un grupo de vecinos, muy derecheros ellos y «gente de bien», hablaba amigablemente. Uno de ellos acababa de ser requerido por el PP para que dejara su puesto de directivo en una empresa privada y se incorporara a la política, en el papel de puesto intermedio. Su argumento: «yo encantado, pero ya les he dicho que me tienen que dar un sobresueldo. No puedo dejar mi puesto actual y perder poder adquisitivo». El resto asentía. Todos lo consideraban perfectamente natural. No me entretuve ni cinco segundos; seguí mi camino. Escandalizado. Hasta hoy.

La actitud del tío Rajoy cuando contesta en el Congreso a las acusaciones de corrupción con «y tú más», mencionando a Venezuela, Irán u otras fantasmadas por el estilo, revela claramente que esta tribu tiene interiorizado el cobro de «sobresueldos» a cargo del erario público como si fuera lo más normal del mundo. Jamás se lo replantearán, como haría quien simplemente se ha equivocado. Es más; cuando yo estaba en la Universidad Pablo de Olavide, de Sevilla, dominada por aquel entonces por los autodenominados socialistas, uno de ellos me ofreció participar de una movida parecida, a costa de un «capítulo 83». Cuando me negué, airado, me espetó que «tú así no te vas a hacer rico nunca».

La corrupción está con nosotros. Somos ventanas rotas.

 

Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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