La universidad en venta

El día 22 de marzo se celebraron en la universidad donde trabajo unas “Jornadas de spin-off”. Para empezar, ya tenemos una palabra importada nueva, spin-off, resultante de ese ánimo pomposo y pretencioso con que se acomete hoy día casi cualquier iniciativa universitaria. ¿No sería más razonable decir simplemente “empresa derivada, incluida o subrogada”, como mejor correspondiese, de manera que todos se hicieran una idea inmediata de lo que se quiere decir?

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La idea de promover la creación de empresas radicadas en los grupos de investigación entronca directamente con el lema, que proviene del entorno tecnocrático de Bruselas, según el cual la nuestra es la “sociedad del conocimiento”. Es decir, la sociedad cuyo progreso material depende de los descubrimientos que nacen en los grupos de investigación científica y técnica en función de la inversión económica que los gobiernos destinan a ellos, más que aquella en que los ciudadanos disponen de mayor independencia de criterio en función de un acceso más fácil y mejor a las fuentes de conocimiento. Se trata, pues, de que el conocimiento científico y técnico generado en la universidad sea explotado por ella misma, a través de un programa de creación y desarrollo de empresas internas que ofrezcan la prestación de servicios básicos especializados. La cuestión que subyace es la de la supuesta conveniencia de la promoción del negocio en el seno de la universidad, por si no era bastante sometimiento al patrón de negocio la dinámica impuesta por el modelo de investigación subvencionada al uso. A nadie se le escapa que procede, en definitiva, de la iniciativa neoliberal que demanda a cualquier institución que se autofinancie, requerimiento que es particularmente intenso en el marco de un desmantelamiento de los servicios públicos como el actual, con su política de recortes concomitante. O, visto desde otro punto de vista, puede interpretarse que la universidad asume el contexto de recortes que impone la política neoliberal de Bruselas y trata de buscar vías de financiarse, en este caso internas.

La jornada responde, pues, a la cuestión de cómo rentabilizar económicamente la investigación, lo cual no es difícil de imaginar ni desarrollar mientras ésta sea aplicada o, en todo caso, técnica. No es tan inmediato cuando lo que se trata de rentabilizar son los resultados de la investigación que resulta de ciertas disciplinas de Humanidades, ni desde luego puede rentabilizarse monetariamente la actividad investigadora derivada de la propuesta teórica de modelos. Es decir, la actividad de los pensadores. Incluso habría que plantearse si es siquiera aconsejable. En todo caso, el hilo conductor de los argumentos durante la jornada comentada gira todo el tiempo en torno a dos palabras de moda: emprender (como si solo fuesen emprendedoras las tareas concebidas para la rentabilidad monetaria) y mercado (como si nuestra vida tuviese necesariamente que estar presidida por la dinámica mercantil y como si el mercado tuviese que ser necesariamente el juez que todo lo examina, clasifica y otorga un valor que no puede discutirse). A veces me parece estar escuchando un telediario más que a una vicerrectora.

En definitiva, se nos insta a los investigadores a hablar de tú a tú al empresario, incluso a confundirnos con él. Y, como no podía ser de otra forma, se suscita la pregunta: ¿debe ser el investigador un empresario? Y ¿estamos capacitados para serlo, teniendo en cuenta que el mismo idioma hablado por unos y otros es netamente distinto, como deriva de la naturaleza contrastante de nuestras actividades? La labor investigadora se ha asimilado en innumerables ocasiones a las tareas “inútiles” desde un punto de vista de su rentabilidad inmediata, en lo que se asemeja a las artes, mientras que la actividad empresarial está concebida exclusivamente para ser rentable. ¿Debemos renunciar los investigadores a ser pensadores para dedicarnos a abrirnos camino en el mundo empresarial? ¿O esa posibilidad debería quedar limitada exclusivamente a un pequeño grupo de investigadores de corte técnico y aplicado?

A mí me caben pocas dudas de que la sociedad actual no está en condiciones de soportar la transformación de los pensadores, y especialmente de los librepensadores cultos, en sujetos de mercado. Sería terrible. Y de hecho parece que puede serlo, porque todo apunta a que es la dirección que llevamos.

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Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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