Desmitificando la investigación científica: una visión de ácrata carlanco

Hay algún ingenuo -extremadamente ingenuo, diría yo, o incluso ya abiertamente cínico- y algún reduccionista irredento que defiende que los políticos usan la información que les proporcionamos los científicos para aplicarla rutinariamente a la toma de decisiones. Es cierto que ocurre en determinados casos y a ciertas escalas. Por ejemplo, a la hora de adoptar estrategias que hacen que “España” (verbigracia, los españoles agraciados) acumule mayor cantidad de riqueza o reservas, se considera la opinión de algunos científicos y técnicos especializados, por la cuenta que trae. Como ejemplo también, incluso se contemplan asuntos tan poco favorables para la especulación mercantil como pueden ser los dictámenes de la Comisión Nacional de Especies Amenazadas (http://www.mapama.gob.es/es/biodiversidad/temas/conservacion-de-especies/especies-proteccion-especial/ce-comite.aspx), de la que formo parte. Se tienen en cuenta, sí, al menos sobre el papel y por algunos estamentos, aunque no sean totalmente vinculantes. Pero desde luego, no es la norma que los políticos escuchen a los científicos, muy especialmente a los independientes que trabajan en la promoción del conocimiento de base, especialmente a la hora de tomar decisiones inmediatas de consecuencias prácticas, puesto que en no pocas ocasiones nuestras recomendaciones van en otra dirección que aquella a la que apuntan los intereses de quienes deciden.  Al fin y al cabo, en el modelo de sociedad en que vivimos, el poder político no es más que un sustituto próximo del poder último, aquel que marca las directrices fundamentales, que es el poder económico (https://joseluisyela.wordpress.com/2016/11/10/ser-imbecil-esta-de-moda/), el mismo que diseña las pautas para mantenernos distraídos mientras él opera (https://joseluisyela.wordpress.com/2016/12/03/distracciones/; ¿no forma acaso Juan Luis Cebrián parte del club Bilderberg?). Dicho poder actuaba hasta hace relativamente poco en la sombra, pero ahora ya no se recata en exhibir músculo de la manera más obscena, contraviniendo, y haciendo gala de ello, las reclamaciones igualitarias y de corte humanista de la sociedad civil expresadas a través de las pocas instituciones relativamente filantrópicas e independientes que quedan.

Proletarios y burgueses, o trabajadores no cualificados y cualificados -como quizá sea más adecuado decir hoy día, en que en el mundo “desarrollado” no se distinguen bien dos estratos sociales sino extremos de una variación continua dentro de una misma clase-, no dejamos de ser sujetos obedientes, sometidos. Y lo somos tanto más cuanto más se aparta el modelo de “democracia” representativa de su papel primigenio, es decir, a medida que los supuestos representantes de los ciudadanos se convierten en una casta más y más privilegiada, formada por corruptos que tratan de controlar los resortes del Estado en su propio beneficio y en el de sus clanes respectivos (mediante recursos como los partidos políticos al uso, las listas cerradas, las leyes electorales que favorecen el bipartidismo, la designación por ellos mismos de una parte fundamental de los órganos de la justicia, etc.). Las democracias representativas (indirectas, de corte liberal) supusieron probablemente un gran paso adelante en relación con los modelos de organización social feudales y postfeudales anteriores, mucho más absolutistas -e incluso hereditarios, de tipo dinástico-; pero, con el paso del tiempo y con su paulatina degradación, se ha demostrado que en realidad a quien están sirviendo con mucha mayor eficacia no es al pueblo llano, sino al poder económico, a las grandes fortunas a las que les interesa sobremanera que el poder político esté en pocas manos. Por ello, dichos poderes transigen gustosos con la corrupción institucional, y por eso ésta puede campar a sus anchas en situaciones como la española actual, en la que los corruptos no solo siguen mangoneando en lo próximo -mientras no se desmarquen significativamente de “lo que se ha de hacer”, de “lo responsable”- sino que parecen inmunes al efecto de una justicia independiente, convirtiendo el marco de actuaciones en una pocilga y ofreciendo un ejemplo peor que abyecto a los más jóvenes.

En este contexto, no es de extrañar que cualquier colectivo de trabajadores que pueda sentirse arropado por el poder político intente beneficiarse de la dinámica de prebendas y defienda más o menos ciegamente las mismas proclamas que éste, como ocurre hoy día de la manera más escandalosa. Desde el Renacimiento, y no digamos ya nada a partir de la Revolución Industrial, la ciencia, como aproximación sistemática y rigurosa a la realidad, se fue convirtiendo en uno de los motores cruciales de cambio social y, por tanto, en uno de los pilares del sistema de organización. La misma Revolución Industrial no podría haber tenido lugar de no haberse fundamentado en la rutina científica, que hace posibles descubrimientos constantes sobre la base del contraste de hipótesis y de las predicciones que éste genera. Así pues, el sujeto que se incorpora hoy día a la esfera de la ciencia contrae un papel de contribuyente activo al sostén y desarrollo de la estructura socioeconómica vigente, y en buena lógica debería alcanzarlo también con respecto a la dinámica política (si esta fuese directa, transparente y verdaderamente democrática). No tiene nada de extraño que, con el paso del tiempo, una buena parte de los científicos acaben convirtiéndose en defensores del orden social imperante, muy particularmente si no se dedican a la investigación en si misma, cuyo objetivo primordial es el avance del conocimiento, sino a la investigación diseñada para solucionar problemas (o investigación práctica, o aplicada, que además está cada vez más en manos privadas). En este sentido, es sintomático que, en el mundo llamado “desarrollado”, esté  proliferando por todos lados un nuevo perfil global de científicos-tecnólogos cuyos integrantes tienden a pensar en los mismos términos fundamentales (justifican la deslocalización; no “pierden el tiempo” discutiendo ningún asunto que no redunde en su “producción” académica; defienden con denuedo la competencia; asumen la jerarquización rigurosa; adoran los índices de impacto; adoran, asimismo, el valor de la medición -nada interesa si no es medible- y el de la hipercuantificación -nada vale más que lo que un número indica- ; desprecian las visiones no materialistas y no mecanicistas de la vida; se sienten cómodos con las interpretaciones mercantilistas y utilitaristas de la realidad; su defensa de la proactividad les lleva muchas veces a adoptar un comportamiento de “huida hacia delante”, basado en una fe ciega en las soluciones que puede proponer la tecnología -o tecnolatría-; consideran una virtud esencial del investigador “atraer fondos”; solo se les oye discrepar cuando alguna circunstancia amenaza su estabilidad laboral o su promoción; etc.). Esta clase, o casta con más propiedad, se autodenomina progresista y centrista, pero es en realidad profundamente conservadora y representa actualmente la máxima valedora del sistema de organización dominante. Algo así como los yupis de la ciencia, incluso los yupihipsters. Desde el punto de vista de un ácrata ya carlanco y básicamente antisistema, resulta un fenómeno fascinante, sociológicamente hablando. Pero difícil de digerir.

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Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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