Mi bautizo

Hoy he dado mi charla en Hojablanca, en el contexto de las “Tertulias de Fernando”. De alguna forma, éste ha sido un auténtico “bautizo” para mí, por el lugar y el tipo de audiencia, y también por el tema de la charla. Ha sido un gran evento, la verdad; un auténtico privilegio para mí. Dejo aquí el texto, tal y como lo he expuesto, y el video.

Recordando a Alfred R. Wallace: darwinismo y espiritualidad (o la conexión entre la cosmovisión positivista materialista y la idealista trascendental)

Buenas tardes a todos.

Estar sentado en este lugar impone. No es poca la responsabilidad, habiendo pasado por este mismo lugar personas con un bagaje cultural vastísimo o con un ingenio asombroso. A uno le asalta la duda de si sabrá estar a la altura. Adelanto ya que mi intención es más provocar la reflexión y la discusión que no deslumbrar con argumentos más o menos enjundiosos; vengo, pues, tanto con la intención de aprender como de enseñar.

Estar aquí sentado es, además, un enorme privilegio, puesto que me da la opción de dirigirme y de intercambiar puntos de vista con una audiencia tan poco convencional y tan heterogénea. Por ello me resulta imprescindible empezar expresando mi profundo agradecimiento a Fernando por hacerlo posible. No quiero tampoco dejar de agradecer a Ainhoa Martín su sugerencia en cuanto a preparar una charla de este tipo; fue ella quien me planteó por primera vez enfrentarme a un reto de este calibre. Por último, también quiero agradeceros a todos los presentes el haber acudido aquí esta tarde, y en especial a todos aquellos que, bien a través de conversaciones particulares o bien como consecuencia de los argumentos que habéis expuesto en tertulias anteriores, habéis contribuido a dar alguna consistencia a las ideas que voy a exponer.

En tercer lugar, debo confesar que enfrentarme al tema que vamos a tratar hoy aquí me produce una emoción intensa y peculiar. Abordar la conexión entre la cosmovisión materialista y la trascendental en un momento como éste, en que vivimos imbuidos en una realidad intrascendente y banalizadora, resulta particularmente estimulante. Además, hacerlo en un lugar como éste, denominado precisamente la “Cueva de los Dos Mundos”, creo que no puede ser más significativo, y a mí, desde luego, me tiene atrapado desde que supe que este sueño se iba a hacer realidad.

Acabo de referirme a esta charla de hoy como un reto. Para mí lo es, desde luego. Las propuestas conceptuales sintéticas, como supuso la escolástica en su día, o como supuso la que defendió Alfred Russel Wallace, de quien vamos a hablar aquí hoy brevemente, no dejan de entrañar su dificultad y su riesgo.

En cualquier caso, mi tesis es sencilla: los mundos de lo material y de lo espiritual, enfrentados hoy día entre sí, a veces incluso con vehemencia, desprecio o arrogancia por parte de quienes no admiten la visión alternativa del mundo, no lo están en realidad en esencia, como postulaba Stephen Jay Gould en su libro de 1999 “Ciencia frente a religión. Un falso conflicto”. ¿Por qué? Porque se ocupan de esferas conceptuales diferentes. Por definirlo muy brevemente, lo material, examinado a la luz de la lógica de la razón, incluye exclusivamente lo medible y que es comparable en términos de medición, por lo que se ocupa de los hechos objetivos, mientras que lo espiritual, abordado mediante la emoción o la intuición, incluye exclusivamente lo no medible, lo que se escapa a la razón y solo puede interpretarse mediante símbolos subjetivos. Puesto que lo subjetivo puede dar lugar a acuerdos de interés común que pueden ser indispensables para una vida armoniosa y plena, quienes defendemos las posturas inclusivas o sintéticas mantenemos que ambas visiones del mundo no deberían estar enfrentadas y que pueden y deben retroalimentarse, con objeto de satisfacer al menos tres objetivos vitales fundamentales para los humanos:

  1. contribuir al avance del conocimiento (gnosis);
  2. recuperar un trasfondo de valores humanistas, al dotar a la interpretación de la vida de un significado profundo; y, en definitiva,
  3. entendernos a nosotros mismos.

Precisamente por estas razones es por lo que, a la hora de presentarme, al lado de mi condición de Profesor de Zoología y Biología de la Conservación añado, con toda intención, la de “persona que quiere seguir siendo persona”, parafraseando a aquellos agricultores enfrentados al modelo actual de producción agraria intensiva y extractivista que se definen como “paisanos que quieren seguir siendo paisanos”.

Vamos a ir entrando en materia. Primero, me gustaría esbozar el contexto filosófico en el que Charles Darwin y Alfred Wallace postularon su teoría de la evolución por selección natural. Para ello, voy a comentar brevemente los hitos fundamentales de la evolución histórica del conocimiento, a definir éste con precisión, a bosquejar qué es la ciencia y a argumentar sobre el positivismo y su interpretación extrema actual, el positivismo cientifista.

Augusto Compte, uno de los filósofos que postularon el positivismo, divide la historia del conocimiento en tres grandes etapas:

1. la de la magia, propia de la antigüedad y basada en creencias y tradición y justificada por la teología (etapa teocéntrica);

2. la de la metafísica, propia de la Edad Media y basada también en creencias, pero que va concediendo un papel cada vez más importante a la razón como elemento interpretativo, y justificada por la filosofía (etapa antropocéntrica); y

3. la de la razón, surgida en el Renacimiento y dominante a partir de la Edad Moderna, basada en la lógica racional, y justificada por la ciencia (etapa tecnocéntrica).

El pensamiento científico ha ido evolucionando desde el Renacimiento, y en realidad desde su concepción en la Grecia presocrática, hasta nuestros días. Hasta mediados del siglo XIX la lógica científica predominante puede definirse como inductiva (“de lo particular a lo general”): modelos teóricos generales construidos sobre la base de la observación empírica sistemática ayudaban a explicar los casos concretos que presentaba la realidad cotidiana, lo cual no excluía un cierto componente subjetivo en la interpretación. Aproximadamente a partir del siglo XIX la ciencia comienza a experimentar un cambio profundo, y el procedimiento inductivo se convierte paulatinamente en hipotético-deductivo (“de lo general a lo particular”). Éste es más complejo y completo, y convierte a la ciencia, como método de acercamiento racional a la realidad de los hechos, en lo que es hoy día, un procedimiento extremadamente honesto y no subjetivo que solo admite como provisionalmente válidas aquellas explicaciones de la realidad que superan de manera rigurosa la prueba metódica. Ésta consiste en la propuesta inductiva de un supuesto imaginativo (hipótesis), basada en la observación sistemática de un fenómeno concreto, que trate de explicarlo, y en el sometimiento de esa hipótesis a prueba comparativa o experimental. De esta manera, el procedimiento hipotético-deductivo permite que el conocimiento racional avance rápidamente y de manera sólida, al rechazarse todas aquellas hipótesis que no podemos demostrar que sean válidas para explicar la realidad. El científico se convierte así en escéptico, puesto que no puede aceptar ninguna explicación que no proceda de una comprobación deductiva razonada. La cuestión clave, llegado este punto, es si debe ser también escéptico en relación con todo lo que no puede comprobar porque no puede ni observarse ni medirse, cuestión no resuelta y anclada en la misma base de la dialéctica entre el materialismo y el espiritualismo.

En cualquier caso, a partir de la generalización del método hipotético-deductivo y de la síntesis filosófica positivista de Augusto Compte, se comenzó a pensar que el único conocimiento que merecía denominarse como tal era el científico (episteme, de acuerdo con la idea original aristotélica), relegándose el conocimiento intuitivo y no analítico (o gnosis teleológica) a la categoría de ficción. El positivismo extremo de nuestros días, llamado también cientifismo, cae, pues, muchas veces, en el dogmatismo descalificador, no sin explicación lógica (como se acaba de ver). Pero puede convertir al científico cientifista en descreído y arrogante, e incapacitarle para trascender los límites de su propio encorsetamiento. Por la misma naturaleza del proceso de adquisición de conocimiento, la ciencia explica solamente la realidad observable, y puesto que ha podido construir explicaciones sólidas, fehacientes y contrastables sobre el Universo en el que vivimos sin necesidad de recurrir a fuerzas sobrenaturales, la ciencia ha posibilitado la elaboración de una cosmovisión completamente materialista. Es más; dicha cosmovisión materialista asimila el funcionamiento de lo viviente al funcionamiento de lo no viviente, lo que permite tildarla también de mecanicista. El problema es que esta aproximación no resuelve, sin embargo, cuestiones básicas sobre la existencia misma del Universo, y puede ser incluso reduccionista; recordemos que hoy día se trabaja en la pregunta de si existen universos paralelos, que cualquiera sabe qué estructura tendrían y que no estarían sometidos a las mismas leyes físicas que aquel en el que vivimos.

Hacia el final del primer tercio del siglo XIX se comenzaban a discutir todas estas cuestiones en círculos reducidos de personajes inquietos y cultos, mientras que la cosmovisión de la inmensa mayor parte del pueblo llano de los países occidentales seguía basándose en la interpretación bíblica, es decir, era creacionista (todo ha sido creado en un momento inicial dado por un ser o causa sobrenatural), fijista o esencialista (los seres fueron creados tal y como son ahora) y finalista (toda la creación tiene un sentido, que además es trascendente).

Las ideas transformistas sobre la evolución biológica que habían sintetizado y en las que habían profundizado Buffon, Lamarck y Cuvier tenían una aceptación muy reducida y casi exclusivamente en el seno del mundo académico, aunque progresivamente iban adquiriendo popularidad entre el resto de los ciudadanos. En este contexto, el que se tenía por personaje más importante del mundo industrializado, la reina Victoria de Inglaterra, que era anglicana, y por tanto creacionista, se decidió a poner freno, antes de que ocurriera, a la posible expansión mayoritaria del pensamiento evolucionista entre las clases populares. Así que financió la vuelta al mundo de la goleta “Beagle”, comandada por el capitán Robert Fitz-Roy, para que un científico prometedor y capaz recogiese pruebas que respaldasen la versión bíblica de la creación. Ese científico era Charles Darwin.

Durante su segundo viaje, el “Beagle” estuvo en marcha desde diciembre de 1831 hasta octubre de 1836, es decir, casi cinco años. Durante este viaje, que incluyó numerosas escalas con estancias de semanas, y hasta meses, en diferentes puntos del globo terráqueo, Darwin tuvo la oportunidad de realizar una infinidad de observaciones tendentes a responder la pregunta esencial (por qué los organismos vivos son como son y de dónde proceden), a la vez que a plantearse numerosos otros interrogantes. Darwin tenía espíritu metódico y riguroso, y como tal procuró no ajustar sus observaciones a ideas preconcebidas, de tal forma que la información recogida le hizo cambiar completamente de forma de ver el mundo. Cuando partió, su cosmovisión era la de un joven creyente creacionista, aprendiz de pastor anglicano; cuando regresó era un científico, que tenía prácticamente elaborada su teoría de la evolución por selección natural, la cual no requería del concurso de ninguna fuerza sobrenatural para explicar la diversidad de lo viviente y su dinámica a través del tiempo. De acuerdo con los datos que recogió, la Biblia no podía ser considerada literalmente, sino que había que tratarla como una narración metafórica y simbólica. La realidad era otra, bastante diferente.

¿Cuáles fueron esos hechos fundamentales que propiciaron a Darwin la propuesta de la teoría de la evolución por selección natural? Los tres principales fueron:

1. la presencia de fósiles marinos a grandes altitudes (observaciones realizadas sobre todo en los Andes)

2. la existencia de fósiles análogos a las formas vivientes actuales, pero ligeramente distintos

3. la presencia de formas parecidas, pero distintas, en las islas que están frente a continentes (observaciones realizadas sobre todo en las Islas Galápago)

Estos y otros patrones de variación de la diversidad viviente no podían ser explicados adecuadamente a la luz de la fe cristiana sobre la base de los textos bíblicos. El acúmulo de hechos que contradecían las propuestas creacionistas resultó de tal calibre que Darwin, como persona honesta y consecuente, se vio en la necesidad de contravenir los deseos de la reina Isabel y proponer una teoría nueva que diese cuenta del origen y la dinámica temporal de la diversidad de los seres vivos: la teoría de la evolución por selección natural.

Sin embargo, Darwin tardó ni más ni menos que 23 años en publicar dicha teoría. ¿Por qué se demoró tanto? En general, esto se ha atribuido a lo trabajoso que le debió resultar interpretar comparativamente toda su información. Pero hay otra razón: el temor a convertirse en el artífice de un gran cambio de paradigma que acabase con la cosmovisión dominante le mantuvo probablemente atenazado, y de hecho parece que fue el causante de que Darwin padeciese de angustia durante la mayor parte del resto de su vida, angustia documentada sobre todo en sus cartas a sus más allegados y en sus diarios. Quizá se hubiese demorado aún más, o incluso es posible que ni siquiera hubiese publicado su teoría en vida, si no hubiera sido porque ocurrió un hecho que le obligó a hacerla pública.

Desde al menos 1856 se había estado escribiendo con otro naturalista que trabajaba en Malasia y que mantenía una línea argumental parecida. En 1858 recibió de él el manuscrito de un trabajo en el que se llegaba exactamente a la misma conclusión. Este otro naturalista no era otro que Alfred Russel Wallace, a quien me he referido ya antes. Wallace, aparte de un científico de primera talla, era además una persona íntegra, como se ve. Darwin, que afirmó sorprendido que jamás habría podido imaginar una coincidencia semejante, se alarmó ante la idea de perder la prioridad y redactó rápidamente una nota en la que daba cuenta de sus hallazgos. En aquel entonces todavía no se había llegado al grado de competencia insano que existe hoy día entre colegas en la mayor parte de los círculos científicos, y ambos firmaron la nota conjuntamente (probablemente, gracias a Hoocker y Lyell, editores de la revista). El texto apareció en los anales de la Real Sociedad de Londres en 1858 (Darwin, C. R. and A. R. Wallace. 1858. On the tendency of species to form varieties; and on the perpetuation of varieties and species by natural means of selection. Journal of the Proceedings of the Linnean Society of London. Zoology 3 (20 August): 45-50.), un año y tres meses antes de que Darwin publicara su “Sobre el origen de las especies”, que se titula en realidad “Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida”. [La desgraciada expresión “supervivencia del más apto” no se debe a Darwin, sino que fue acuñada más tarde por Huxley, y está en la base de muchos mitos paracientíficos].

Así pues, la teoría de la evolución por selección natural debería acreditarse a Darwin y Wallace, y no a Darwin exclusivamente.

¿Por qué, pues, Darwin es conocido por la mayor parte de las personas, que sin embargo ignoran quién es Wallace, y qué tiene que ver esto con la espiritualidad, con la ciencia y con los patrones de conducta social? Alfred Wallace, además de un excelente científico y persona de carácter amable y caballeroso, tenía profundas convicciones de índole espiritual, y situaba la evolución por selección natural sobre un trasfondo de creencias en lo sobrenatural. Es más; para su desgracia, se interesó también por cuestiones como el espiritismo, campo en el que, como todos sabemos, existe un nivel de fraude considerable, y junto a personas que se acercan a él con interés limpio y sincero, proliferan quienes se procuran provecho sin el menor miramiento a costa de la credulidad de los ingenuos. Aparte de esto, Wallace atribuía a la evolución una componente teleológica, que Darwin negaba completamente; Wallace creía que fuerzas sobrenaturales habían intervenido directamente al menos en tres eventos en el transcurso de la evolución de lo viviente, dotando a esta por tanto de un sentido concreto, independiente de las fuerzas de la naturaleza. Esos tres eventos habrían sido:

  1. El origen de la vida;
  2. El origen del linaje humano; y
  3. El origen de la consciencia.

El movimiento positivista naciente, al cual se adscribió la inmensa mayor parte de los científicos de aquella época, no toleró las supuestas veleidades de Wallace. Y su nombre cayó en descrédito, del que solo le salva, en reducidos grupos de expertos, el hecho de haber contribuido de manera sobresaliente al desarrollo de otras ramas de la ciencia, como por ejemplo la biogeografía.

Todos sabemos, al menos intuitivamente, en qué consiste la espiritualidad. Sin embargo, no ocurre lo mismo con el darwinismo, sobre el que circulan multitud de falacias e imprecisiones. Siempre que escucho o leo alguna de ellas pienso lo mismo: “la culpa la tenemos quienes sabemos algo de esto, por no explicarlo con claridad y concisión”. Así que vamos a intentarlo.

El darwinismo, o teoría de la evolución por selección natural de Darwin y Wallace, contiene dos ideas básicas:

La evolución biológica, que es el cambio paulatino de las formas vivientes a lo largo del tiempo como consecuencia de los cambios ambientales. El cambio evolutivo no ocurre generalmente en los individuos; consiste en que la descendencia de éstos sufre alguna modificación respecto a los padres. Por eso, a largo plazo las especies descienden unas de otras por cambios progresivos.

El segundo concepto básico es el de la selección natural, que es el mecanismo por el que opera la evolución, consiste en que aquellos individuos de una población dada que están mejor adaptados a las exigencias del ambiente tienen mayor probabilidad de reproducirse, por término medio, de manera que son los que contribuyen con mayor probabilidad a transmitir su dotación genética a los descendientes. Se dice que son aquellos que tienen mayor eficacia biológica.

El corolario es que, dado que las condiciones ambientales son cambiantes, los individuos que en unas circunstancias pueden estar más favorecidos, en otras lo estarán menos. No hay ningún individuo que sea “mejor” o “peor” en términos absolutos.

Como pusieron en evidencia Darwin y Wallace, hace falta que se cumplan una serie de condiciones para que la selección natural pueda operar y se dé evolución:

* Variabilidad intraespecífica: las poblaciones están compuestas de individuos ligeramente diferentes, y esas variantes difieran en eficacia biológica;

* Competencia: al ir aumentando el número de individuos, el uso de recursos es mayor y comienza a haber competencia entre ellos, hasta llegarse al tamaño máximo posible del número de individuos (o capacidad de carga, término acuñado por Malthus);

* Herencia: debe haber un mecanismo hereditario que asegure que los hijos se parezcan a sus padres (se desconocía en tiempos de Darwin);

* Tiempo “profundo”: la escala de tiempo para que acontezcan los cambios evolutivos debe ser enorme, y no solo unos pocos miles de años (apoyado por los trabajos de Lyell, y en contra de la estimación fantástica del obispo Ussher, que afirmaba que la creación comenzó el atardecer anterior al domingo del 23 de octubre del año 4004 a. C.)

Por último, tanto Darwin como Wallace conocían perfectamente el proceso de selección artificial llevado a cabo por granjeros y agricultores desde el Neolítico: el cambio gradual en las especies silvestres se produciría de manera análoga.

Es interesante plantearse cuál fue la aceptación de la propuesta de Darwin-Wallace. En los textos se suele decir que fue rápida, pero eso solo es parcialmente cierto. Entre los miembros de la comunidad científica, al tanto de la dinámica de continuos descubrimientos y de su contexto epistémico y filosófico, la aceptación sí fue rápida, porque la teoría de la evolución por selección natural explica con detalle hechos inexplicables hasta el momento. Por ejemplo:

1. El cambio de las especies en el tiempo (progresiva diferenciación hasta convertirse en una entidad biológica distinta);

2. La clasificación jerárquica (especies más parecidas tienen antecesores comunes más cercanos y se incluyen en grupos de categoría inferior);

3. La naturaleza gradual del registro fósil (las especies fósiles van cambiando a lo largo del tiempo, de manera que las más antiguas se diferencian más de las más modernas del mismo linaje);

4. La peculiaridad de las faunas insulares (las islas son colonizadas sobre todo por unas pocas especies del continente más cercano, que se diferencian rápidamente de las originales y producen comunidades singulares en las islas, donde la mayoría de las especies son endémicas, es decir, exclusivas de ellas).

Por el contrario, entre la ciudadanía común la aceptación fue, y sigue siendo, muy lenta. Aunque el hecho evolutivo es ampliamente reconocido por la inmensa mayoría de las personas, los detalles acerca del mecanismo de la selección natural son por lo general ignorados o malinterpretados. En parte, esto se debe a deficiencias manifiestas en el sistema educativo, pero también a la resistencia del ciudadano medio a abandonar las posturas teleológicas, finalistas, al menos en relación con el mundo conocido.

Cabe preguntarse, ya para ir terminando, qué significa, en términos de aportación al conocimiento, y en general a la cosmovisión occidental actual, la teoría de la evolución por selección natural de Darwin y Wallace. En mi modesta opinión, se trata de una de las tres teorías clave en la conformación de la cosmovisión predominante actualmente. Las otras dos son la teoría de la relatividad general de Albert Einstein y el principio de incertidumbre de Werner Heisenberg. La cosmovisión actual más reconocida se fundamenta, a mi modo de ver, en estos tres pilares:

  1. Continuidad de organización de la sustancia cósmica entre lo inmensamente pequeño y lo inmensamente grande (si bien hay todavía incongruencias entre las teorías de la relatividad general, aplicable a lo inmensamente grande, y de la mecánica cuántica, aplicable a lo inmensamente pequeño, no resueltas por la teoría de supercuerdas y otras);
  2. Universalidad de los principios aplicables a la organización y al funcionamiento del cosmos observable (al menos, en el marco espacio-temporal conocido); y
  3. Papel primordial del azar y la contingencia como modeladores de la historia evolutiva del cosmos observable (las tres teorías defienden la ausencia de finalidad de los procesos naturales, es decir, no son teleológicas).

La teoría de la evolución por selección natural tiene de particular que, aun siendo la primera en proponerse, incluye a la materia viviente dentro del marco de referencia de la evolución de la materia no viviente.

¿Quiere eso decir que no hay nada más? De ningún modo. Quiere decir que no sabemos, de manera consciente, que haya nada más. Pero intuimos que debe haberlo. Lo sentimos. Por lo tanto, está en nosotros tratar de encontrarlo. Mi propuesta es seguir el modelo de acción de quien, además de descubrir la selección natural como mecanismo evolutivo por excelencia, buscaba sistemáticamente regularidades en lo sobrenatural: Alfred Russel Wallace. Es el primer paso para poder explicar algún día lo que ahora apreciamos como sobrenatural como un fenómeno natural.

No quiero terminar sin leeros una frase que escribí hace unos días en el muro de Facebook de Gonzalo Rodríguez: “No se puede ignorar la historia si uno trata de comprender razonablemente bien la actualidad; es de una obviedad meridiana. Del mismo modo, no se pueden ignorar los avances del conocimiento racional, logrados mediante la aplicación de la lógica científica, si uno trata de entender razonablemente bien el mundo en el que vivimos.” Y añado ahora mismo: no se pueden obviar, tampoco, las cuestiones de orden trascendental, si no queremos despojar a nuestras vidas de contenido que no sea meramente circunstancial y anecdótico. En otras palabras, si aspiramos a no sentirnos meras máquinas que no hacen otra cosa que satisfacer la función para la que se las requiere. El sentimiento mágico y el pensamiento lógico pueden ser contradictorios en muchos aspectos, pero son irremediablemente complementarios.

Muchas gracias. Espero que el debate sea fructífero.

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Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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20 respuestas a Mi bautizo

  1. Luis dijo:

    Tu tesis es muy interesante y es la que deberían tener todos los investigadores que se preciaran de serlo. En cierta manera es descubrir nuestro lado humano y por lo tanto equívoco, aleatorio y es esa lucha interior entre lo que sabemos y no sabemos por reconocernos en el fondo pequeños ante la inmensidad de lo insondable. La frontera del conocimiento no existe, no existen dogmas ni verdades reveladas, ni a la luz de la razón, ni a la luz de la creencia, estamos y estaremos siempre en el camino de ir poco a poco ensanchándola. Como dices tú, buenos días caminante.

  2. Enhorabuena José. Me alegra saber has disfrutado de la experiencia.
    Me hubiera gustado escucharte, aunque intento leerlo en breve.
    Un abrazo

  3. javierpincha dijo:

    Interesantisima exposicion. Y el ultimo parrafo me lo copio y guardo. Gracias por compartirlo.

  4. La verdad es que invita a saber más. Siempre me surgen nuevas preguntas conforme avanzo en cualquier aspecto, y esta vez no es una excepción. Tendría algunas cosas que comentar, otras que sugerir; pero aun así, hay algo que lamento de enfrentarme a este asunto frente a una pantalla: lo descarnado de mirar tu alma en tus letras sin ver tus ojos ni mirar tus manos. Y además de las razones lógicas que se puedan argüir, imagino que son cosas de la espiritualidad. Gracias de nuevo. Un abrazo.

  5. Daniel Grustán dijo:

    Yo creo que el ser humano es un ser dual, con la capacidad de avanzar en la ciencia guiado por su curiosidad y tenacidad, con el afán del progreso y el crecimiento; y también un ser que duda, que teme, que anhela. La parte mágica hace que esperemos algo mejor, más trascendente y completo que lo que podemos ver y demostrar físicamente. Busca una mejora de percepción de un mundo que desconoce y teme, despertando cosmovisiones aleatorias, pero monistas (esenciales y conferibles a la especie). Todos los seres humanos tenemos estas inquietudes, vienen en nuestra etiología, luego son parte de nuestro ser. Algo que no debemos ignorar.
    La parte que nos reduce al animal adaptado a su medio, limitado físicamente no nos satisface, posiblemente debido a una concepción social consciente de individualidad dentro de la manada.
    Yo creo que cada una de las dos partes de este ser debe quedar reducida a una parcela diferenciada, no solapable. Y pienso que la clave de esto es la aceptación de esta naturaleza soñadora, no la lucha contra ella. Conocer en qué zona de tu pensamiento te encuentras, disfrutarla y potenciarla, no relegarla a cosa baladí. También ponerla en crisis. Luego cada uno otorgarle un peso en su personalidad.
    Muchas felicidades y vaya por delante mi respeto.

    • Gracias, Dani, por tu extenso comentario. Creo que concuerdo en casi todo, menos en dos detalles: uno, en que las interpretaciones sean todas monistas, lo cual es fácil comprobar que no es cierto. El dualismo ha persistido hasta nuestros días, y sigue siendo una corriente con millones de seguidores (los cristianos son dualistas). Incluso la concepción trina del cosmos (materia, alma, espíritu) tiene todavía adeptos, especialmente a partir de las propuestas teosóficas. Y dos, en que las dos esferas de lo material y lo espiritual no sean solapables. Precisamente, las interpretaciones monistas o bien postulan que una de las dos no existe o bien que están totalmente solapadas. Ayer había quien defendía que materia y espíritu son dos manifestaciones de la misma esencia. Un saludo.

      • Daniel Grustán dijo:

        Hola, José Luis. Me refería a “monista” respecto a la percepción de Mircea Elíade en cuanto a: “Se capta el lícito fundamento de las comparaciones entre hechos religiosos pertenecientes a culturas diferentes: todos estos hechos dimanan de un mismo comportamiento, el del Homo religiosus ” no en cuanto a la corriente filosófica monista.
        Respecto a la segunda me parece que entramos en el terreno de la opinión. Yo creo que son compartimentos estancos, ya que son fenómenos diametralmente contradictorios ( o me lo parece). Aunque también comprendo que éste dato es la sal de la “dualidad”; dos personas en una, el doctor Jekyll y Mr. Hyde. Una personalidad compuesta de dos. Un saludo.

  6. jose manuel dijo:

    Ayer te dije que enhorabuena y hoy te lo he vuelto a decir.
    Magnifica conferencia, que no tertulia, la tuya de ayer. De lo mejor, si no la mejor, porque prácticamente he estado en todas.
    Y los comentarios daban para mucho, muchísimo… para muchas conferencias mas: que es la ciencia, que son los científicos, etc.
    Espero que no nos dejes “solo con esto”… vamos que queremos (al menos yo quiero) mas…
    Y puestos a comentar te copio esto tuyo “Quiere decir que no sabemos, de manera consciente, que haya nada más. Pero intuimos que debe haberlo. Lo sentimos…” a lo que yo añadiría: y lo deseamos…
    Como Alfred Russel Wallace, y tu propones también, para explicar lo sobrenatural hay que “buscar sistemáticamente regularidades en lo sobrenatural”… y al final lo sobrenatural será, sencillamente, natural… y estoy contigo: lo sobrenatural es solo lo natural no explicado. Pero a lo no explicado hay que llamarle eso, no explicado. Desconocimiento. Sencillamente. No “dimensiones paralelas”, “física cuántica” o cosas por el estilo.
    Quizá, para no coincidir en todo, en las conclusiones finales afirmas que “no se pueden obviar, tampoco, las cuestiones de orden trascendental, si no queremos despojar a nuestras vidas de contenido que no sea meramente circunstancial y anecdótico. En otras palabras, si aspiramos a no sentirnos meras máquinas que no hacen otra cosa que satisfacer la función para la que se las requiere”… quizá esa afirmación tal cual está escrita, sea excesiva. Hay personas que son personas (como decías ayer) que tienen una vida para nada circunstancial y anecdótica, pero que no recurren a la transcendencia para dar sentido a su vida.
    Por cierto, yo soy el que defendía que materia y espíritu son dos manifestaciones de la misma esencia.
    Me lo pasé muy bien.
    Espero más.

    • Qué alegría. Muchas gracias.
      Si, tienes razón en que esa frase que comentas es algo excesiva en el sentido que dices. Tuve algunas frases poco afortunadas y otras claramente sesgadas; pero gracias a los comentarios de quienes me los hacéis, estoy retocando el texto. ¡Evaluación por pares en vivo y en directo! Y sin editor de por medio.
      Habrá más. Seguro. ¡Pero anímate tú también! Gracias de nuevo.

  7. Alba dijo:

    Yo tengo una consideración formal. No sé si eres consciente de que en el párrafo final hay 9 negaciones en 9 líneas. Es comprensible lo que quieres expresar, pero se hace un poco difícil seguirle la pista a la afirmación que subyace tras tanta negación. En primer lugar, como sé que tu intención es transmitir, y hacer que tu mensaje llegue a personas de distintos niveles educativos, te lo digo por si crees oportuno revisarlo. Independientemente del aspecto material, creo que la idea sería más asequible expresada de forma afirmativa, y además estarías resaltando en positivo eso que consideras una virtud; vamos, que no es para nada algo secundario. Y en segundo lugar, seguramente expresarla formalmente (a nivel de estructura) de manera más clara ayudaría a analizarla materialmente (a nivel de contenido) de forma más detenida y satisfactoria, si pretendes llegar a conclusiones más fundadas acerca de su posible excesividad o fortuna. Es sólo una idea. ¡Un besito!

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