Cuentos de hadas

Lunes, 2 de Noviembre. 7:30 de la tarde, ya de noche afuera, y lloviznando. A la Cueva de Ambos Mundos, sótano de la librería Hojablanca, han acudido los contertulios de costumbre. Entra Gonzalo Rodríguez, ponente de hoy, con su característico atuendo negro y su larga y fina barba blanqueante, y se sienta a la mesa principal. Poco después llega el maestro de ceremonias, Fernando Ruiz de la Puerta, que se acomoda a su lado. Y comienza la función. “Qué son los cuentos de hadas”, lleva por título. La fascinación inunda el recinto.

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Augusto Compte, y muchos otros con él, dividió la historia de la humanidad en tres grandes periodos: el antiguo (teológico o mágico, en el que la humanidad recurría a seres sobrenaturales para explicar la realidad), el moderno (metafísico o filosófico, en que se creía en ideas o modelos explicativos, no necesariamente sobrenaturales) y el contemporáneo (científico o positivo, en que se usa la razón, la observación y la experimentación para proponer explicaciones del mundo y del cosmos, y se suprime toda alusión a lo sobrenatural). En este sentido, la tesis fundamental de Gonzalo, que bajo diferentes enfoques defiende siempre en sus charlas, es simple: la pérdida progresiva de la interpretación sobrenatural de las causas últimas y su sustitución por una interpretación meramente racional ha acabado por despojar a la humanidad contemporánea de toda espiritualidad y trascendencia, convirtiendo en nihilista a la civilización positivista dominante actualmente. Y, añado yo mismo, despojándonos como consecuencia de la mayor parte de la capacidad de reacción espontánea y dejándonos a merced de la voluntad de los poderosos, aunque mi argumentación general sea diferente de la de Gonzalo (como expondré en Enero próximo, en este mismo escenario). La alternativa de abrazar las creencias de las religiones de masas, empobrecidas, decadentes y plagadas de dogmas, o las nuevas modas pseudorreligiosas new age repletas de frases huecas y ñoñas es, desde mi punto de vista, un recurso personal al que se ven abocadas algunas personas que no encuentran otra salida; pero no pasa de ahí.

Gonzalo relata cómo a lo largo de la antigüedad los humanos adoraban a las fuerzas de la naturaleza, atribuyéndoles un alma inmaterial, de la misma forma que siguen haciendo hoy día algunos pueblos no incorporados a nuestra esfera sociocultural. Esta interpretación, que oscila entre el animismo panteísta y el espiritualismo, es común a todas las tradiciones antiguas, y supone reconocer un plano superior, no material, el plano espiritual, que englobaría a los ángeles y a Dios, entre otros seres trascendentes e inmateriales. En la Europa antigua, además, y éste es el asunto de la charla, se reconocía un plano intermedio, compuesto por seres mágicos, con alma pero no trascendentes, éticamente neutros, y habitantes de la naturaleza: los seres elementales, vinculados a los cuatro elementos reconocidos por la sabiduría popular en tiempos antiguos, derivada de las tradiciones orientales y griega. Los elementales del agua serían las ondinas (sirenas, ninfas y nereidas), los del fuego las salamandras, los del aire las sílfides y los de la tierra los gnomos, duendes y… las hadas. Lo más llamativo es que seres semejantes, y asociados a los mismos elementos, se encuentran en todas, o casi todas, las tradiciones antiguas. Desde este punto de vista, resulta interesante la condición marginal de nuestra civilización actual, ya que concibe el Universo como algo intrascendente, cuya razón se contiene dentro de si mismo. Esta interpretación, además de una rareza, conduce a una concepción de la naturaleza carente de cualquier espiritualidad. Al menos, según Gonzalo.

[No dejan de llamarme la atención algunas semejanzas entre la visión animista antigua de la naturaleza y la también monista pero científica, mecanicista, actual, denominada “hipótesis de Gaia”, que contempla la Tierra como un superorganismo, donde una vez aparecida la vida ésta contribuye decisivamente a perpetuar las condiciones ambientales necesarias para su mantenimiento. Curiosamente, y aunque de joven yo me consideraba ateo y me eduqué en la tradición científica, mantenía una relación casi personal con los árboles, con la luna, con el río… De alguna manera, compartía la visión animista de la naturaleza, lo que chocaba gravemente con la que se mantenía tanto en la Facultad donde estudié como en los primeros centros donde trabajé, el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid y la Estación Biológica de Doñana, en Sevilla, donde nunca dejé de sentirme un individuo marginal y singular. Y me sigo sintiendo, claro, cuando voy por allí, ahora bastante más marginal y singular todavía. Al campo había que salir a tomar datos, al margen de cualquier actitud contemplativa; ésta era impensable, y ya se encargaba el contexto de que uno se sintiera culpable si “desperdiciaba” el tiempo en nada que no fuese medir y apuntar, para después publicar, “porque para eso nos mantenemos con los impuestos de los ciudadanos”. En la Sierra de Cazorla, sin embargo, eché raíces profundas, y cuando tuve que abandonar aquel lugar un trozo de mí se quedó allí para siempre, como me había ocurrido antes en Trillo. Para mí fue toda una amputación interior, máxime dadas las circunstancias en que se produjo. A partir de mi incorporación al INIA asumí mi condición de científico heterodoxo y no tuve ya inconveniente en irla reconociendo públicamente, con lo cual la presión de la opinión ajena se fue diluyendo paulatinamente. Hasta ahora, en que camino más que nunca “entre dos aguas” sin tapujo alguno].

Gonzalo sigue desgranando su argumento. Las tres grandes religiones monoteístas fueron suprimiendo poco a poco las figuras del plano intermedio, por innecesarias e incluso molestas a su cuerpo doctrinal, y se adhirieron, explícita o implícitamente, al modelo dualista platónico, probablemente heredero del mazdeísmo y otras tradiciones religiosas antiguas más o menos locales. Aunque tales figuras del plano intermedio hayan desaparecido por completo de la concepción cristiana de la vida, se mantienen de forma residual en el judaísmo y en el islamismo. La modernidad, por fin, niega cualquier papel a la trascendencia, de forma que nuestra cosmovisión se ha vuelto totalmente inmanentista (toda manifestación de la materia emana de ésta). [El caso es que no hay manera de demostrar la existencia de nada que no sea materia, pero tampoco se ha podido demostrar lo contrario. Luego la “modernidad” debería ser un poco más cauta en sus afirmaciones radicales, cuando niega que no puede haber ningún otro conocimiento que el científico, rasgo consustancial al positivismo, y cuando asume arrogantemente que todo se puede medir. Bien, vale, puedes llegar a medir el grado y la intensidad de mi pasión por los lepidópteros; pero no puedes explicar de ninguna forma cuál es el significado último, si lo hay, de esa pasión. A este nivel, nuestros intentos analíticos son heurísticos, es decir, exploratorios, y como mucho permiten comparar, pero jamás desvelar la causa última].

Dicho esto, los cuentos de hadas representaron en la antigüedad la forma de transmisión de la tradición popular por antonomasia, que fue necesariamente oral. La cultura popular europea prerromana y romana, y en realidad aquella que estuvo ampliamente extendida hasta bien entrada la Edad Moderna, fue muy rica en representaciones orales fantásticas que trataban de aleccionar o de servir de pauta para explicar figurativamente los hechos de la naturaleza, que se trataba como un sujeto con alma propia. De esa forma, el mundo aparecía dotado de sentido en si mismo y de misterio.

Las hadas se concebían como seres semidivinos con conexiones importantes con la naturaleza y las deidades, por pertenecer al plano intermedio, el del alma. Eran representadas generalmente como mujeres hermosas y sutiles con alas. El papel fundamental que se les atribuía era el de protectoras de la naturaleza. Se decía que se podía provocar el contacto con ellas desarrollando la visión etérea (clarividencia obtenida a través del tercer ojo, o como se llamaría hoy, capacidad extrasensorial que permite a sus poseedores ver figuras que otros no ven). Junto a los gnomos, representaban un papel crucial en los cuentos e historias que se relataban antiguamente en torno al fuego, durante las primeras horas de la noche. La noche, el fuego y el misterio impregnaban a la transmisión oral de estas interpretaciones fantásticas de la vida de una extraordinaria capacidad simbólica, que de esta forma se convertían en obras de arte narrativo trascendentes (y que se empezaron a transcribir a papel durante la Edad Media y pudieron imprimirse solo a partir de 1440, cuando Guttemberg inventó la imprenta; los hermanos Wilhelm y Jacob Grimm recopilaron entre 1812 y 1815 las más conocidas). Toda esta liturgia y este conjunto de alegorías y situaciones se han perdido casi completamente en el mundo actual, si exceptuamos pequeños grupos locales que intentan seguir manteniendo vivo el espíritu ancestral; lo único que nos queda son los textos escritos. Pero el proceso artístico de la narración fantástica ha desaparecido completamente de nuestro entorno actual. En cierto modo, puede decirse que el mundo extraordinario se perdió y fue sustituido por un mundo ordinario.

Un aspecto crucial de los cuentos de hadas es que desempeñaban el papel de medio primordial en el aprendizaje intantil. Hoy día se sigue usando el cuento, pero ahora se maneja un conjunto de símbolos muy empobrecido.

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La noche se cierra sobre Toledo, mientas sus calles se quedan vacías. ¿O no? ¿Bullen en ellas los gnomos? ¿Serpentean las hadas, vuelan las brujas en sus escobas? Pruebe el lector a sentarse en solitario tras alguna esquina apartada. Cierre los ojos. Abra la mente y el corazón…

[http://gonzalorodriguez.info/mito-simbolo-y-leyenda-en-los-cuentos-de-hadas/]

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Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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7 respuestas a Cuentos de hadas

  1. Para facilitar la comprensión de mi tesis al respecto, me veo en la necesidad de rescatar aquí unas palabras del poeta y dramaturgo que tanto se citó aquella noche mágica e inolvidable:

    “El reino de las hadas, en el que nadie se torna viejo y piadoso y serio,
    en el que nadie se torna viejo y astuto y sabio,
    en el que nadie se torna viejo y de hablar amargo.
    Tierra del deseo del corazón,
    en la que la belleza no tiene flujo, decadencia ni reflujo,
    pero en la que la alegría es sabiduría, el tiempo, una canción interminable”.
    William Butler Yeats, “La Tierra del Deseo del Corazón”, 1894 (título original “The Land of Heart’s Desire”).

    Y como en un juego de estrategia y rol, es mi turno de nuevo:
    Quizá el mundo se haya tornado viejo, al fiarle toda la realidad únicamente a los planteamientos en términos científicos. Quizá por nuevos, esos mundos que ahora llamamos Antiguos todavía eran capaces de vislumbrar la luz a través del prisma que ahora es pisoteado y destruido. Veo a la actual arrogancia predominante en el fondo de tan serio y triste escenario. ¿Qué otra razón puede hacer que nuestro mundo pueda haberse tornado sabio y de hablar amargo? Mi vínculo con la fantasía es temprano y profundo, ya lo sabes. Mi fantasía es parte necesaria de mi realidad, y al igual que tú, no necesito renegar de ella. Debo pertenecer entonces a la Tierra del deseo del corazón, al reino de las hadas, porque para mí la alegría es sabiduría, y mi sabiduría no amarga el mundo.

    Sin duda no puedo dar por concluida mi aportación aquí… pero como buena estratega, ahora tengo asuntos logísticos que resolver. Prometo regresar más tarde a este hermoso portal dimensional. Estoy bajo el hechizo.

    • Anarchanthropus crapuloideus dijo:

      Precioso y lleno de sentido, de nuevo, tu comentario. Das en la clave: de puro sesudo, el mundo se ha vuelto triste. Y no es que esté mal usar el seso, que es lo que nos hace humanos; es no hacer otra cosa, habernos vuelto descreídos y haber perdido la capacidad de percibir la magia y el misterio de cuanto nos rodea. Cada vez entiendo mejor a mi padre cuando decia que estudió psicología para aunar ciencia y poesía.

  2. Tienes razón, ningún pensamiento por separado lo abarca todo, ni el mágico, ni el científico… Considerar lo contrario está muy en la línea actual de no contemplar el mundo desde una visión holística; esta carencia está haciendo un mal tan ingente como silenciado, y en gran medida, desconocido.

    Es una desgracia que la persecución del sentir mágico de nuestra civilización se iniciara hace ya miles de años y que sus estragos lleguen hasta nuestros días, en los que sigue siendo perseguido: antes en nombre del dios único cristiano, ahora en nombre de la ciencia; dos gigantes ajenos a este mal, pero que han sido instrumentalizados con fines perversos y tiránicos por los líderes que los han pensado como jugosas y contundentes herramientas políticas.

    Cierto es que el intelecto nos hace humanos, pero pensar y sentir no deberían estar tan separados, igual que, tal como yo entiendo la realidad, no lo están ciencia y poesía.
    Somos afortunados de no haber envejecido con el mundo amargo, porque es trágico pensar que lo sabemos todo en un mundo donde hay más preguntas sin responder que preguntas resueltas; es arrogante creer que nosotros, seres limitados, podemos conocerlo todo con nuestros métodos también limitados; es terrible pretender imponer ambas premisas ilusorias; y más temible aún, haberlo conseguido en gran medida.

    Tu padre podría estar orgulloso de ti, que preserves su hermosa esencia es todo un privilegio para ti, pero también para quien te acompaña. Y ahora dejas un rastro inconfundible de ese perfume que cuya estela persigo sin descanso. No sé si tiene mérito, lo que sé es que no tengo opción: al fin y al cabo, sólo los ojos del cuerpo puedo cerrar a voluntad.

  3. Bueno, no es sólo que quieran, es que puedan y estén dispuestos también. Es entrañable que tu hijo te recordara aquello. Yo tampoco descarto estar ofuscada. Seguramente soy sólo un bicho raro, desviado y diminuto que se equivoca en dimensiones abismales. Me atrae mucho la realidad, tanto me acerco que me hostio brutalmente. Es necesario tenerlo presente en medio de la conmoción. Estamparme una y otra vez quizá sea lo único que hago bien.

  4. Pingback: Ciencia y trascendencia: un comentario | Anarchanthropus crapuloideus (Al fondo a la izquierda, por favor)

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