Confesiones

Releyendo la entrada “Luz en la oscuridad: más allá del abandono” (https://joseluisyela.wordpress.com/2015/10/22/luz-en-la-oscuridad-mas-alla-del-abandono-2/), me viene a la cabeza la pregunta de por qué ciertas personas abandonan el riesgo inherente a una relación profunda aunque difícil para entregarse a relaciones más predecibles y estables. Y la respuesta más razonable que se me ocurre es porque han dejado de confiar en la persona abandonada.

El interrogante es, pues, qué les hace perder la confianza. La cuestión de los ritmos distintos se perfila, una vez más, como una simple justificación, porque cuando hay amor no hay ritmo diferente que se imponga. ¿Acaso hay dos personas sobre la Tierra con el mismo ritmo? Como lo son la de la edad, la de la distancia física, la de las diferencias de entorno social y tantas otras, que muchas veces se esgrimen con total ausencia de empatía y sin reparar en el efecto catastrófico que pueden causar en quien las escucha. Lo que se hace cuando hay amor de verdad es dialogar y buscar salidas de consenso a las situaciones complejas con la intención inquebrantable de encontrarlas. Interpretar las frases voluntariosas del otro al pie de la letra es, como mínimo, un error mayúsculo; es de sentido común que hay que considerarlas como deseos de que las cosas vayan saliendo como uno se propone, por más escollos que haya. Sé que yo mismo he cometido la imprudencia de asegurar en alguna ocasión que “todo se arreglará muy pronto”, y luego “todo” ha tardado años en resolverse. Pero, ¿justifica eso la pérdida de confianza paulatina de la otra persona, pérdida que supone progresivo alejamiento y deterioro de la complicidad, y que puede convertirse en el motivo clave que genere tensión y discusiones cada vez mayores? No, no lo justifica, al menos si hay amor verdadero. Si lo que hay es otra cosa… entonces si, claro, pero entonces mejor que cada cual ande su camino. Simplemente, una relación así no interesa. Ni siquiera al abandonado, que es por definición quien sí estaba entregado totalmente, y que es quien tendrá que pasar por el calvario de la cauterización de las heridas más profundas durante largos y oscuros meses, que a veces son años. La otra persona puede recuperarse rápidamente, y en ocasiones volver a emparejarse sin mayores problemas. ¿A que sí?

El abandonado, abatido y gris, es dejado aparte entonces por todos, porque, salvo excepciones muy notables, nadie quiere a su lado a quien está sufriendo. La otra persona, por el contrario, pasa pronto a estar radiante de nuevo, y es objeto de la admiración y la alegría de quienes la rodean. Así es la vida de cruel. O las personas, más bien. Me parece que estoy empezando a entender de verdad el papel del hada malvada.

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Aparte de la esbozada más abajo (en los comentarios) por Alba Madrid, hay otra posible razón para el abandono de las relaciones firmes aunque difíciles por parte de algunas personas, como discutí anoche con Lola Silvestre, y que puede ser que nos afecte directamente a las personas de mi perfil personal. Y es que los abandonados no seamos capaces de hacer felices en la intimidad del día a día a las personas que nos abandonan, por más que podamos ser el paradigma de la suavidad, la amabilidad y la empatía. Obviamente, eso implicaría que sufrimos algún tipo de trastorno del comportamiento, quizá de la inteligencia emocional, en los términos en que los trastornos se definen hoy día (todo el que no se comporta en torno a como lo hace la media de la población, 10% arriba 10% abajo, manifiesta patología, por leve que sea; a diferencia de la definición alternativa, que propone que las patologías tratables afectan solo a quienes se salen de los percentiles del 95%, siendo todo el resto simple variación natural). Si esto fuera cierto, o me trato o estoy condenado al fracaso continuo. ¿Cómo saberlo? ¿Hay algún psicólogo (competente, no de manual) por ahí que pueda ayudar a diagnosticar?”

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Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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8 respuestas a Confesiones

  1. Tu análisis en cuanto a la hipótesis del cese de la confianza en el otro me parece lúcido y certero.

    Aún así, no me parece la única opción posible. A veces no han perdido la confianza en el otro, sino que no son capaces de confiar en sí mismos. No se ven capacitados para emprender la dolorosa senda de una enorme empresa como es el gran amor. Todo argumento esgrimido trata de ocultar esa carencia.

    Al abandonado es difícil acompañarle, su inmensa pena puede fácilmente oscurecernos. Sólo es capaz de permanecer a su lado desde la profunda empatía quien ha sufrido el mismo dolor; quien le aprecia y padece al verle caer. Sólo esas personas reúnen la fuerza titánica necesaria para salvar el abismal vacío.

    • Si, estoy de acuerdo en lo que dices de la falta de confianza en uno mismo. Es una razón adicional, que en algunos casos puede ser la única.
      Sobre el acompañamiento al abandonado, discrepo. Nos hemos convertido poco a poco en seres más y más insensibles. Unos más y otros menos, claro está; me refiero a la generalidad de las personas. Y no nos apetece nada acercarnos al que sufre. “Bastante tengo con lo mío”. La generosidad, la genuina, está medio escondida. Ya no es solo cuestión de fuerza; es cuestión de sensibilidad. Y calidad humana.

      • Así es, la insensibilidad es el efecto por excelencia de la banalización de la violencia.

        Pero no estoy tan segura en que discrepes, más bien creo que no has captado lo que he dicho: claro que no es sólo fuerza, he hablado en primer término de empatía y para ello es necesaria la sensibilidad y la comprensión.

        Mantengo trato con victimólogos, especialistas en entrevista forense de abuso sexual a menores, y otros profesionales que encaminan su vida seriamente a ayudar a personas que sufren de forma inenarrable, personas profundamente rotas. Es cierto que no todos estos trabajadores pueden poseer una excelente sensibilidad: para algunos será un empleo sin más. Sin embargo, en mi caso, no emprendí una formación laboral encaminada a la criminología pretendiendo dejar de lado el sufrimiento del mundo; es una verdadera ciencia capaz de arrojar luz a la oscuridad de la humanidad. Y en lo personal, no abandono a los míos tampoco.

      • Susicroft dijo:

        No estoy de acuerdo en lo que dices de que no apetece acercarse al que sufre… A veces es al contrario. El apoyo mutuo hace que haya una mayor conexión que quizá de otro modo no se habría producido. Saludos

  2. José Luis dijo:

    Así la vida es de cruel, cuando le llamamos amor o cuando el macho alpha es vencido por un rival más fuerte.

  3. jlrubiorojo dijo:

    Le damos importancia a lo que en la naturaleza pasa: el tiempo pasa y nada más. No es falta de confianza o si, pero es el tiempo que pasa y ya no somos los mismos, confiabamos en “otro” que ya no existe.

    • Pues es una opinión. Pero que no concuerda con la mía, como es evidente. Me parece que está imbuida completamente en la filosofía mecanicista, inaplicable al comportamiento humano (que es mucho menos intrascendente y mucho más elaborado, y en cuyo funcionamiento entra en juego de manera fundamental eso que llamamos altruismo).

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