El derecho a la simpleza

Quizá el peor mal de nuestro mundo en nuestros días sea el tan reclamado derecho a la simpleza, por llamarlo de alguna forma breve e ilustrativa. Una multitud de desinformados y carentes de perspectiva proclama tozudamente que ellos también tienen derecho. ¿A qué? ¿Se puede tener derecho a matar en nombre de la protección de las fronteras? ¿A robar los bienes públicos? ¿A consumir los recursos de todos? ¿A usar los espacios protegidos para fines incompatibles con la Conservación Biológica, en un mundo que agoniza? ¿A ser desposeído de cualquier residuo de capacidad crítica en virtud de la adicción por la telebasura, a la encefalogramía plana de las dinámicas gililfloweriles de la autoayuda idiota (que es la mayor parte) o a la borreguez agresivamente estéril de los videojuegos? Por lo que vemos día a día, uno contestaría que si, que ese derecho debe existir implícitamente porque unos lo ejercen (matar, robar) y otros lo reclaman, aparentemente sin argumentos que trasciendan del utilitarismo más básico. Parece que hemos olvidado que, como seres sociales, somos algo más que uno mismo; somos “yo y mis circunstancias”, y nuestra libertad individual acaba allá donde afecta a la libertad de los que nos rodean.

Como siempre, la solución a este embrollo insidioso vendría de la mano de la educación en valores. Pero, ¿qué digo? Ingenuo de mí. Si precisamente la educación en valores está tan en peligro de extinción como la capacidad de reconocer que uno no tiene todos los derechos que crea poder reclamar por aportar cuatro justificaciones coyunturales…

Lo terrible del asunto es que, como ya se sabe, la hegemonía de los simples es el mayor activo de quienes detentan el poder y mangonean a base de imponer su juicio (o, directamente, la fuerza de su capital); no hay mejor aliado para éstos que quien no protesta o protesta a favor del poderoso, que es quien le proporciona los argumentos para reclamar su cuota de “derecho”. Así que la educación en valores, la de verdad, seguirá quedando reducida a los círculos habituales, y de momento tendremos que seguir mamando simpleza por los cuatro costados. Así está montado este tinglado. Escapar a la dinámica dominante exige altas dosis de trabajo y compromiso, cosa que la mayoría no está dispuesta a asumir (“deja ya de pensar, hombre, asume lo que hay…”). Nauseabundo.

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Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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