TTIP y blandenguelistos

La historia sobre la génesis del TTIP y otros tratados de “libre comercio” similares, claramente basados en la ideología más ultraliberal (anarcocapitalista, en su sentido original de M. N. Rothbard), ilustra bien sobre los pasos que está siguiendo el mundo industrializado y rico en los comienzos del siglo XXI en su afán, desmedido y paranoide, de no perder el papel hegemónico que ha mantenido en tiempos históricos. El papel clave lo ejercen las grandes fortunas, reunidas en clubes de autodenominadas élites (Club de Roma, Bilderberg, etc.), en un momento en que se suponía que, tal como lo recogen las Constituciones de la mayor parte de los países, el pueblo debía ser quien decidiese. Y aparentemente lo hace, si; pero decide entre unas pocas opciones que son favorables a las tesis de los poderosos. Nada de extraño tiene que las lecturas que se hacen de la dinámica social desde posiciones extremas, llamadas (a veces, con justicia; otras muchas, no) “conspiranoicas”, resulten verosímiles para aquellos ciudadanos que se resisten al sometimiento. Y es que parte de eso tiene que haber, en función de lo que está ocurriendo. ¿Cómo se explica que del TTIP solo se haya hablado abiertamente entre la ciudadanía cuando se ha empezado a filtrar que la Comisión Europea, órgano dictatorial donde los haya (¿quién vota a Juncker?), tenía ya muy avanzado el borrador, en consenso con los poderes análogos de EEUU? Toda la retahíla de justificaciones difundidas por los medios para intentar revestir al proceso de tintes de normalidad no tienen credibilidad, porque no encajan con lo que estamos viendo que ocurre diariamente. En realidad, como se dice en el siguiente artículo, el TTIP está hecho básicamente a medida de las grandes empresas transnacionales, lo cual aleja cada vez más la toma de decisiones concretas del estamento que debería ejercerlas, los ciudadanos.

“Un fantasma recorre Europa: se llama TTIP. Detrás de estas siglas se esconde el polémico Tratado de Libre Comercio que actualmente negocian Estados Unidos y la Unión Europea. Más allá de cuestiones ideológicas, tendríamos que hacernos una pregunta muy simple: ¿beneficia este proyecto a la ciudadanía? Veamos. Por un lado, amenaza a nuestra democracia. Además de ser negociado de forma opaca y de espaldas a la ciudadanía (pero no de los lobbies corporativos, los principales agentes consultados durante todo el proceso), el TTIP quiere poner en marcha mecanismos que refuerzan el poder de las multinacionales, frente a la soberanía de los Estados y de la Unión Europea. Primero propone crear un tribunal de arbitraje privado para resolver desencuentros entre empresas y Estados, el llamado ISDS por sus siglas en inglés (Investor-State Dispute Settlement). Este caballo de Troya de las multinacionales permitiría, por ejemplo, que un Estado tenga que indemnizar potencialmente a una empresa por querer aumentar el salario mínimo (como ha pasado en Egipto), por prohibir el fracking en su territorio (como en Quebec) o por querer defender la salud pública contra las multinacionales del tabaco (como en Australia). Además, pretende crear el mecanismo de Cooperación Reguladora, cuya finalidad es conducir el proceso de armonización legislativa entre EEUU y UE, de forma que, poco a poco, se vayan ajustando ambas regulaciones. Según un borrador de negociación del 23 de diciembre, EEUU y la UE deberían ofrecer “una oportunidad razonable para que cualquier persona física o jurídica nacional o extranjera que pueda ser potencialmente afectada” por una nueva normativa pueda “proporcionar información a través de un proceso de consulta pública”. O sea, esta herramienta permitirá a las empresas multinacionales presionar a los gobiernos y a la propia UE durante la elaboración de cualquier ley que les afecte. Es la institucionalización del lobbying. Así que mientras que el ISDS podría servir para invalidar leyes ya existentes, consideradas contrarias a los intereses económicos de las grandes corporaciones, la Cooperación Reguladora funcionaría de manera previa al proceso legislativo, con la posibilidad de obstaculizar el derecho de los Estados y de la Unión Europea a legislar. Se trata de una pinza pre y post-legislativa perfecta. Por otro lado, el TTIP amenaza gravemente el actual modelo social, los servicios públicos, la agricultura, el medio ambiente, la propiedad intelectual o el bienestar animal, pues busca suprimir las barreras comerciales no arancelarias. Es decir, armonizar las normativas y regulaciones de ambos lados del Atlántico. Por (mala) experiencia previa con tratados de este tipo (como el NAFTA entre EEUU, Canadá y México), conocemos las dinámicas reales que implicaría:

  • En caso de haber una convergencia normativa en el TTIP, en Europa, ésta se hará tirando hacia abajo las políticas y regulaciones en materia de derechos sociales, laborales, medioambientales, etc, ya que es harto difícil imaginar que EEUU adecue las suyas a las europeas.
  • En caso de aprobación del TTIP sin convergencia, habrá un dumping social, laboral, medioambiental, etc: las empresas transnacionales intentarán abaratar sus costes, trasladando su producción a lugares con menor protección.

Dicho de otro modo, de aprobarse, el TTIP supondría, entre muchos ejemplos, que se pudiesen comercializar alimentos, transgénicos, cosméticos o productos químicos hoy en día prohibidos en Europa por considerarse nocivos para la salud, el medioambiente o la protección animal. Además, tal y como reconoce la propia Comisión Europea, y a pesar de tener este año en París una cumbre decisiva para luchar contra el cambio climático, al fomentar el transporte transatlántico, el TTIP supondrá un aumento de las emisiones de CO2. Pero no solo eso, según un estudio de la Universidad de Tufts en Boston, el único realizado bajo un modelo económico de Naciones Unidas que toma en consideración variables como el desempleo y la desigualdad -sin embargo ausentes de los estudios de la Comisión Europea-, el TTIP supondría la pérdida de 600.000 empleos en toda Europa. Así que, volvamos a preguntarnos: ¿a quién beneficia el TTIP? Sin la menor duda, daría más poder (y beneficios) a las multinacionales, y a sus socios en política, en detrimento de los derechos de la gente de la calle, de las generaciones futuras y del medio ambiente. Estamos ante un intento de quebrar el contrato social nacido tras la Revolución Francesa, donde “todos los poderes emanan del pueblo”, por un “todos los poderes emanan de las empresas”. Las multinacionales están redactando su propia Constitución. Así que nos jugamos mucho en la votación -no vinculante y no definitiva pero altamente simbólica- del Parlamento Europeo sobre el TTIP del 10 de junio en Estrasburgo. Al ser bisagra, los socialistas españoles y europeos tendrán sobre sus hombros una responsabilidad enorme: decidir si están del lado del beneficio económico (de unos pocos) o del bien común (para la mayoría y para la Tierra, hoy y mañana). Los socialistas se juegan su credibilidad, hoy en el alambre. Porque primero plantearon el rechazo al ISDS como una línea roja, y luego dieron un giro a 180°, para votar finalmente a favor en la Comisión de Comercio Internacional el 28 de mayo pasado junto con los conservadores y los liberales. Segundo, porque no se entendería que un partido que se reclama de la tradición socialdemócrata terminara cediendo sus poderes legislativos a las grandes compañías transnacionales. Afortunadamente, la ciudadanía está cada vez más informada acerca del peligro de este tratado, tal y como lo prueban las movilizaciones crecientes en toda Europa y en Estados Unidos en contra del TTIP. Nos jugamos mucho: una sociedad donde los intereses de las multinacionales escriban las leyes de todas y todos o una sociedad donde primen la justicia, la sostenibilidad y la democracia. El próximo 10 de junio, cada partido político expresará dónde se quiere posicionar.”

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En cualquier caso, pensándolo bien, la verdad es que no sé qué se pretende que hagamos los curritos de a pie. Parece que el único mecanismo que nos dejan es, lisa y llanamente, liarnos a pedradas. Lo hagamos o no, parece claro que nos van a triturar hasta no dejar rastro. Todos los poderes están del mismo lado. Y no hacen el más mínimo caso del punto de vista de los ciudadanos; claramente, no les interesa. Es más; a mí me parece muy evidente que este tipo de tratados cumplen accesoriamente la tarea de quitarnos la poca voz que hemos podido llegar a tener durante las últimas décadas, ante la pasividad de los ingenuos e ignorantes. Como es natural, políticos y medios proporcionan una versión edulcorada, que esconde de manera sistemática algunas evidencias clave; es extremadamente irritante comprobar cómo personas sensatas asumen estas versiones sin rechistar, ignorando las pruebas en contra.

Malos tiempos para la lírica.

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Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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