Ciencia

“La ciencia no sólo es compatible con la espiritualidad; es una profunda fuente de espiritualidad. Cuando reconocemos nuestro lugar en una inmensidad de años luz y en el paso de los siglos, cuando captamos la complejidad, la belleza y sutileza de la vida, ese sentimiento inmenso, esa sensación de alegría y humildad combinadas, es sin duda espiritual. Así son también nuestras emociones en presencia de grandes obras de arte, de música o literatura, o los actos de valentía ejemplar desinteresada como la de Mohandas Gandhi o Martin Luther King. La idea de que la ciencia y la espiritualidad son excluyentes entre sí hace un flaco favor a las dos.”  Carl Sagan, “El mundo y sus demonios.”
“El método científico es un camino de acceso a la intelección de la realidad. Consiste en dar razón sistemática, empírica y en lo posible experimental, de los fenómenos. Se basa en tres nociones capitales que alumbró el pensamiento griego: la physis, el sózein tà phainómena y el lógon didónai. Primero, la noción de physis o naturaleza: lo que es y hace cada cosa depende de su intrínseca naturaleza, no de ritos, conjuros o magias. Segundo, la naturaleza se muestra en sus fenómenos, es decir, en lo que de hecho podemos observar, y toda la ciencia ha de servir al propósito de salvar los fenómenos y atenerse a ellos (sózein tà phainómena). Tercero, el modo de salvarlos es dar razón de ellos, es decir, dar de ellos explicaciones racionales (lógon didónai). El pensamiento occidental ulterior agregó, sobre todo a partir del Renacimiento y el Barroco, otras dos nociones igualmente capitales: la comprobación sistemática y la hipótesis. En primer lugar, la comprobación sistemática: el fenómeno admisible en la ciencia no es simplemente, aunque se base en ello, lo observable, sino lo que se presta a ser observado sistemáticamente. El carácter sistemático de la observación se logra mediante la aplicación de técnicas concretas y explícitas que facilitan la recogida de datos en situaciones previstas, ordenadas, seleccionadas, accesibles a distintos observadores, repetibles y que permiten la mayor precisión posible y, en el límite, la precisión matemática. En segundo lugar, la hipótesis. Formular hipótesis consiste en emanciparse de la tiranía de los fenómenos, en no descansar en su mera apariencia y en inventar explicaciones de ellos, no, claro está, para negarlos o preterirlos, sino precisamente para volver a ellos y dar de ellos cuenta y razón. El excesivo apego a los fenómenos llevó al pensamiento griego a concebir que la naturaleza de las cosas estaba compuesta de elementos análogos a los fenómenos mismos, como el agua, el fuego, la tierra y el aire. Fue la explicación predominantemente aceptada hasta el nacimiento de la ciencia moderna. Hubo, sin duda, en la episteme griega ensayos incipientes de hipótesis expresadas en términos no fenoménicos. Ejemplos eminentes de ello son la teoría atómica de Leucipo y Demócrito o el intento de dar razón de los fenómenos observables mediante conceptos y relaciones matemáticas, como en las escuelas pitagóricas o en el Timeo de Platón. Pero el empleo sistemático de la hipótesis, en tanto que -según palabras de Zubiri- “esbozos libres” de explicación, solo se establece como norma fundamental de la investigación científica a partir de Copérnico y Galileo. Desde entonces, la tarea del científico, como ha reiterado Einstein, es doble. Por una parte es poética, quiero decir, inventiva, creadora –en griego poíesis significaba acción, creación. El científico es, ante todo, un inventor de hipótesis. Por otra parte, su tarea es pragmática, es decir, de acatamiento fiel de las cosas y de lo que las cosas hacen -pragmata-. El científico es, literalmente, un poeta humilde, un inventor que somete sus invenciones a comprobación rigurosa. Sin invención, sin poesía, no hay ciencia; sin comprobación, tampoco. La comprobación más rigurosa de hipótesis anodinas es estéril. Las hipótesis más ingeniosas que no se comprueban son inútiles. El desarrollo de la ciencia y del método científico que a ella conduce ha consistido en la articulación coherente entre la invención y la comprobación. Las diversas maneras heurísticas, lógicas, matemáticas e instrumentales que adopta esta articulación se concretan en las múltiples técnicas específicas del método científico.” Mariano Yela, El problema del método científico psicología. Anuario de Psicología 1994, nº 60, 3-12.

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A pesar de no haber contribuido con ninguna idea particularmente original, llevo muchos, muchos años en esto de la ciencia, como observador, participante activo o divulgador, en la medida en que he podido y sabido (https://joseluisyela.wordpress.com/2016/12/04/curriculum-vitae-a-4-12-2016/). Al principio (1965-1970), sin darme cuenta siquiera; luego ya con una cierta consciencia (1971-1990), si bien durante la licenciatura universitaria (1974-1980) ni uno solo de mis profesores se ocupó de razonar seriamente sobre lo que es y supone la ciencia, y no digamos ya nada la filosofía de la ciencia. Como consecuencia, salí de la universidad en una especie de estado de inopia, con la única idea clara de que me apasionaba la naturaleza, y en particular los lepidópteros noctuidos (idea que, por otra parte, ya profesaba cuando entré en ella). Puesto que preparé mi tesis doctoral sin beca y, por lo tanto, sin obligaciones de tipo contractual con el ámbito académico, hasta 1991 no me dediqué a la actividad científica como forma de ganarme la vida. Aquello sí que marcó un punto de inflexión radical, brutal, en mi trayectoria personal. Sin apenas entender lo que significaba, me introducía de lleno y bruscamente en el mundo de la producción en serie y de la competencia máxima, es decir, en un sector del mercado laboral en el que dichas propiedades se expresan de una manera especialmente virulenta (y, dicho sea de paso, los sueldos son ridículos para la dedicación que se exige y para la importancia radical de la tarea). Además, en el entorno específico en el que me inserté, la Estación Biológica de Doñana, no solamente no se reconocía esto, sino que se actuaba como si no ocurriera. O a (casi) todo el personal le parecía lo más normal del mundo. “Prisa es muerte”, decían quienes, sin embargo, debían trabajar sin descuido para satisfacer objetivos enormemente ambiciosos a tres años vista, traducidos en decenas de publicaciones de “alto impacto”. Visto en retrospectiva, no es extraño que acabase por derrumbarme psicológicamente y que saliese de aquel centro completamente confundido y desanimado, teniendo en cuenta además que sufrí dos oposiciones de auténtico delirio, en la segunda de las cuales mi curriculum ni siquiera mereció ser aprobado. Y contando con que estuve un año entero de baja, por rotura del tendón de Aquiles izquierdo. Probablemente no me he llegado a recuperar nunca del todo de aquello, y me pregunto recurrentemente si, en realidad, aquel esfuerzo mereció la pena para otra cosa que no fuera para curtirme y para leer, eso si, una inmensidad. Entre 1996 y 2005 seguí trabajando de científico como buenamente pude, primero dedicado solo a la investigación (1996-1997) y más tarde combinando ésta con las tareas docentes, al incorporarme a la universidad (1998 en adelante). Pero mi confusión con respecto al significado y al papel de la ciencia no varió demasiado hasta 2005, a pesar de lo cual en 2000 publiqué un artículo de opinión sobre el papel de la investigación en la actividad universitaria, basado en mi propia experiencia (http://www.vivatacademia.net/h/anteriores/diecinueve/Num19/PDFs/DocenciaUniversitaria.pdf). En 2005, siendo ya profesor en la UCLM, Luis Marone (CONICET) fue invitado a participar como docente en el programa de doctorado de Ciencias Ambientales, donde impartió un curso sobre epistemología de la ciencia, al que acudí de oyente. A partir de aquel momento, y a raíz de mis intercambios de impresiones con Luis, empecé a interesarme de lleno por la ciencia como proceso, por su historia, por su naturaleza y por todo el contexto en el que se inserta. Ello dio lugar a algunas entradas en mi cuaderno digital, donde discutí o apunté algunas cuestiones al respecto (https://joseluisyela.wordpress.com/2010/08/13/la-ciencia/;https://joseluisyela.wordpress.com/2011/06/17/ciencias-y-creencias/;https://joseluisyela.wordpress.com/2010/11/16/otra-vez-a-vueltas-con-la-ciencia/;https://joseluisyela.wordpress.com/2012/01/13/ciencia-y-espiritualidad/;https://joseluisyela.wordpress.com/2013/02/17/el-informe-de-los-expertos-universitarios-y-la-idolatria-por-la-eficiencia-productivista/). Mi interés por la naturaleza de la ciencia, por su papel en el mundo actual, por su relación con otras facetas del conocimiento y por la dialéctica entre razón y creencia no ha hecho sino crecer desde entonces, y en 2010 pensé en montar un puesto en la Semana de la Ciencia de la UCLM para tratar de fomentar el debate en torno a la labor de los científicos. No pudo ser, por diferentes causas. Pero ha llegado el momento de ponerse manos a la obra, entre otras cosas porque, por una de esas casualidades de la vida, se me ha invitado a participar en la preparación de una ponencia para un congreso y de un artículo sobre el asunto. Así que vamos a empezar a ordenar ideas.

Yo creo que, en general, el ciudadano medio tiene una percepción bastante vaga y pobre del significado de la ciencia, igual que me pasaba a mí aun siendo ya científico. Me temo que a muchos, o por lo menos a bastantes, de mis compañeros les pasa otro tanto, especialmente a aquellos de inclinaciones de pensamiento postmodernas más claras, a los más decididamente tecnólatras y a aquellos a los que no les interesan las cuestiones filosóficas (dados el pragmatismo y la efectividad de la ciencia, que puede producir resultados prácticos repetibles sin necesidad de que nos preguntemos por las razones últimas). Por eso, me parece que puede ser conveniente preparar un documento descriptivo, sintético y claro, espero, acerca de la ciencia, tanto de cara a nuestro propio colectivo como de cara al ciudadano en general, asunto en el que trabajo junto a otras personas (y del que aquí adelanto algunos apuntes de mi propia cosecha). En mi opinión, uno de los problemas principales es que el vocablo ciencia ha terminado siendo efectivamente polisémico, y las diferentes acepciones de la palabra se confunden frecuentemente entre sí. Esto tiene una consecuencia perniciosa, y es que la ciencia, como método y conjunto de conocimientos, es una gran incomprendida entre la ciudadanía, en particular en España, porque se le asigna sistemática y torticeramente su connotación de dominio y control ideológico. Por esto creo que es necesario delimitar bien las acepciones y discutir las consecuencias que puede tener la confusión entre ellas, tanto de cara al bienestar ciudadano como de cara al propio enriquecimiento personal de cada cual.

La transformación social de las últimas décadas, en particular en lo que se refiere a las prácticas científicas, ha contribuido a este estado nebuloso. Incluso entre los científicos se ponen en evidencia discrepancias a la hora de definir con precisión nuestro trabajo, especialmente entre los que usan el método científico simplemente como soporte de una actividad profesional tecnológica, aplicada, y entre los que hacemos ciencia para contribuir al avance del conocimiento general. Para empezar, es muy frecuente que se asimile conocimiento -gnosis, conjunto de sabiduría de un grupo social, sea ésta racional o intuitiva- con conocimiento científico -episteme, conjunto de conocimientos sistemáticos, medibles, repetibles y refutables (“falsables”, según algunos) adquiridos exclusivamente mediante la razón, como se ha venido reconociendo clásicamente-. Pero convendría que ambas formas de acercamiento a la realidad quedasen claramente acotadas. En segundo lugar, es también frecuente confundir ciencia con tecnología, cuando ésta última no es sino el conjunto de métodos técnicos que permiten aplicar los conocimientos científicos para elaborar bienes y servicios.

Pero, ¿qué es la ciencia? ¿Puede definirse con claridad? Independientemente de todo lo que se ha escrito ya sobre ello, el intento de preguntar a diferentes ciudadanos tomados al azar qué entienden por ciencia y el de hojear la prensa y analizar a qué cuestión se están refiriendo los autores cuando escriben sobre ciencia es bastante revelador. Desde mi punto de vista, podemos distinguir al menos seis acepciones de ciencia, que muchas veces se usan indistintamente (y de ahí la confusión), y que por tanto es imprescindible definir con nitidez para evitar ambigüedades.

  1. Ciencia como método de investigación o acercamiento racional a la realidad. Se trata de la acepción más genuina, y consiste básicamente en la explicación racional de la realidad en que vivimos mediante aproximaciones descriptivas y predictivas. La rutina metodológica científica consiste en elaborar supuestos lógicos (hipótesis) sobre la organización y el funcionamiento del mundo basados en la observación sistemática o empírica, que tras su contraste -a través de comparaciones o experimentos y el análisis matemático o contraste de los datos obtenidos, que arrojan resultados que deben ser repetibles- permiten, si son corroborados, describir no solo lo que está ocurriendo -y, en ocasiones, su causa-, sino deducir lo que ocurrirá previsiblemente en el futuro si se dan las circunstancias oportunas. En otras palabras, es la aplicación del razonamiento hipotético-deductivo sobre la práctica inductiva. La naturaleza predictiva de la ciencia es la que le otorga su mayor valor utilitario, y por eso la ciencia, como método, es tan básica para el desarrollo tecnológico y del conocimiento general en nuestra sociedad industrial (aunque haya tercos que lo ignoren o actúen como si lo ignoraran, especialmente en el ámbito de la gestión de los recursos económicos).
  2. Ciencia como conjunto de conocimientos y paradigmas. En ocasiones, más que al método por el cual se origina el conocimiento racional, se denomina ciencia al conjunto de dichos conocimientos. Éstos pueden organizarse en paradigmas, compuestos de las teorías o conjuntos de ideas que han resistido el proceso de contraste de hipótesis y no han podido ser rechazadas.
  3. Ciencia como instrumento de poder y control social. Puesto que la ciencia es un motor fundamental de avance tecnológico y social, puede ser usada, y de hecho lo es, para justificar políticas concretas, de manera que desde las estructuras de poder de cada época se trata de imponer un determinado marco conceptual, que se supone verdadero, amparándose en los paradigmas científicos predominantes (como refirió inicialmente Foucault). De hecho, esta acepción de ciencia representa una cierta perversión de su propuesta original, porque asume la veracidad de los paradigmas, cuando la esencia del procedimiento científico es la provisionalidad de cualquier tesis (“La ciencia será siempre una búsqueda, jamás un descubrimiento real. Es un viaje, nunca una llegada.” Karl Popper). Por otro lado, sobre todo en Europa, la asociación entre la maquinaria científica institucional, mecanicista y reduccionista, y el dogmatismo católico romano, velada pero persistente desde el Renacimiento -de lo cual Galileo era perfectamente consciente, y de ahí su sarcasmo hacia el Papa y su caída en desgracia-, ha provocado la situación actual de confusión vital entre los habitantes del mundo occidental, que propicia su dominio por las denominadas élites; el ultrapositivismo cientifista nos ha vuelto descreídos, abondando el terreno al productivismo mercantilista, que nos ha vuelto insensibles. La prostitución inícua del mensaje de amor y trascendencia de Jesús de Nazaret por parte de la iglesia de Roma, que ejerce el control de las inquietudes espirituales, ajustado al positivismo cientifista tecnocrático, que ejerce el control de las intelectuales, nos ha privado en buena medida de la capacidad crítica y nos ha hecho temerosos, de manera general. No hay ningún caldo de cultivo más apropiado para que quienes controlan los medios de producción y la riqueza sometan al resto de la humanidad, como de hecho está ocurriendo.
  4. Ciencia como proceso de producción, transferencia y divulgación de conocimiento científico. Muchas veces se denomina ciencia al proceso de preparación de manuscritos, evaluación, edición, impresión y distribución de dicho conocimiento, proceso que forma parte de la dinámica de la producción de bienes masiva, en serie y rápida de la sociedad industrial.
  5. Ciencia como colectivo de profesionales de la investigación. Tampoco es infrecuente, sobre todo en los medios de comunicación, oír hablar de la ciencia en alusión al conjunto de científicos (“la ciencia propone que…”). Es importante no confundir esta acepción con la primera, porque diferentes científicos pueden tener interpretaciones muy distintas sobre determinados resultados contrastados u observaciones concretas.
  6. Ciencia como actitud ante la vida. A veces, especialmente entre los científicos, se alude a la ciencia como la actitud que adoptan quienes aplican rutinariamente el método científico (observación metódica, consideración de supuestos y contraste analítico de éstos) en su quehacer diario. Excuso decir que no todos los científicos de profesión lo ponemos siempre en práctica, ni mucho menos, y que hay sin embargo personas ajenas a nuestra esfera profesional que si lo hacen habitualmente.

Con frecuencia se escucha hablar de ciencia en términos como los referidos en la tercera acepción, o se la interpreta así de sus alocuciones, a representantes institucionales y a periodistas. Tampoco es infrecuente escucharla o inferirla de los discursos de determinados científicos encumbrados en puestos de poder, reales o supuestos, que llegan a dogmatizar de tal forma que convierten ciertos argumentos propuestos mediante procedimientos científicos en cuestiones de fe (lo que se ha dado en llamar cientifismo; recuérdense los debates, en parte descabellados, en torno al cambio climático o a los agrotransgénicos). Numerosos ciudadanos, especialmente aquellos que no entienden con exactitud el valor de la primera acepción, consideran precisamente esta tercera como la fundamental o única, y por eso no es de extrañar que tantas personas bienintencionadas, sensibles o creyentes perciban a la ciencia como una especie de fuerza diabólica, cuando en realidad la ciencia como método es, de todas las aproximaciones al conocimiento, la más modesta de todas, porque se abstiene humildemente de considerar nada como verdadero si no encuentra alguna prueba fehaciente a favor. Naturalmente, eso por si mismo no nos convierte a los científicos, como colectivo, en unos descreídos. Como norma, los grandes científicos son, al mismo tiempo, grandes defensores de los valores del humanismo, y en general, con el paso de la edad y dejadas atrás las arrogancias juveniles, personas cultivadas y de gran talla personal. Ciertamente, como en todo conjunto de personas, entre los científicos hay de todo, y hoy día, en el contexto social productivista, mercantilista e instrumental en el que nos movemos, nada tiene de extraño que la mayoría de nosotros esté tan integrada en la dinámica predominante de descalificación de todo aquello cuyos fundamentos desconoce, como mecanismo de defensa de los paradigmas dominantes en que uno mismo se desenvuelve y refugia. La frase anterior supone, claro está, que la mayor parte de nosotros no somos “grandes científicos”, sino individuos más o menos comunes que vamos contribuyendo al avance del conocimiento como podemos, y que usamos el razonamiento crítico con cierta precisión fundamentalmente mientras estamos dedicados a contrastar nuestras hipótesis de trabajo, pero nos olvidamos de él el resto del tiempo. Y un gran científico es precisamente aquel que no deja de lado la dialéctica crítica en ningún momento, y que no deja de preguntarse por qué. Por qué las cosas son como son, por qué pensamos, por qué estamos aquí, por qué amamos… por qué tenemos consciencia, por qué sentimos, por qué creemos.

Ya que el proceso que conduce a dar a conocer los resultados del trabajo de los científicos es un proceso de producción de bienes que, como todo proceso equivalente en nuestro modelo de organización social, es masivo, en serie y veloz, la tarea del científico medio supone hoy día unos niveles de esfuerzo y tensión emocional extenuantes, debido a la competencia extrema. Además, el proceso supone que el investigador debe aprender a ser un gestor hábil de recursos económicos con los que satisfacer los objetivos de sus proyectos. En otras palabras, se convierte en pequeño empresario, puesto que los laboratorios o grupos de investigación funcionan como tales. Y es más; a medida que los recursos económicos para llevar a cabo investigaciones van dependiendo más y más de entidades privadas de financiación, y no públicas, el investigador pierde autonomía para decidir hacia dónde quiere orientar su investigación, y ésta va dirigiéndose más y más a satisfacer los intereses, obviamente mercantiles (aunque a veces también de venta de imagen), de dichas entidades, que como empresas aspiran primordialmente a obtener rentabilidad. La mercantilización está servida: se acaba lo que quedaba de academia, que es sustituida por la empresa. No es accidental que a los sujetos que vienen a formarse ya no se les llame alumnos, sino estudiantes; la palabra alumno ha desaparecido de la jerga universitaria. Ni que decir tiene que nosotros, los profesores, no somos maestros; somos docentes. Y gracias. Lo mismo ocurre con crítica, diálogo y reflexión, que han sido sustituidas por excelencia. ¿Y qué decir de la “imagen” de la universidad? ¿Hay alguien, una sola persona, que proponga mejorar la esencia de la universidad? O tempora, o mores

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Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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