Las élites (y el eclipse anunciado de una civilización)

Antes era uno solo el que se llevaba el poder y la «gloria». Ahora son grupetes, que se autodenominan élites. Vamos, lo que siempre se han llamado oligopolios. Es el peor escenario social imaginable ante la terrible crisis ambiental que vivimos. Va a ser que lo mejor es mirar para otro lado…

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La rebelión de las élites 

(http://www.publico.es/culturas/404231/la-rebelion-de-las-elites)

Un ensayo de Gerardo Pisarello analiza el proceso mediante el cual las doctrinas económicas neoliberales se han ido incorporando progresivamente a las constituciones para impedir que los gobiernos controlen los poderes financieros.

«Cuando terminó la II Guerra Mundial, el mundo se partió en dos. La fotografía mostraba dos bandos, el capitalista y el comunista, cuyo juego de fuerzas definiría la política internacional de las siguientes décadas. Sin embargo, dentro del primer bloque se fue generando otra división más desigual: los que tenían mucho dinero y los que tenían bastante menos. El desarrollo económico capitalista avanzaba viento en popa, sobre todo en Estados Unidos, pero el incómodo enemigo socialista no era el único frente abierto. Las revueltas sociales de finales de los sesenta amenazaron el dominio de las élites, que comprobaron cómo el sueño de estabilidad política y crecimiento económico eterno ni funcionaba, ni contentaba a todos.

«En ese momento, comenzó a gestarse un bloque de poder económico-financiero dispuesto a frenar cualquier proceso de democratización que pudiera afectar sus intereses. Con el fin del mundo bipolar, ha logrado colonizar partidos, parlamentos y tribunales. Además de hacerse, claro, con el poder mediático necesario para controlar el relato de lo ocurrido», explica a Público Gerardo Pisarello, profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Barcelona y autor de Un largo termidor (Trotta), un ensayo que analiza el progresivo vaciamiento de elementos democráticos en las constituciones a partir de la posguerra.

El mercado capitalista, en algunos países, había generado riqueza, pero la máquina se atrancaba cuando a la ciudadanía se le ocurría levantar la voz con demandas sociales garantizadas en las constituciones de sus países. ¿La solución? Con el beneplácito del poder político, ajustar el engranaje constitucional, liberando espacio para las finanzas y recortando derechos a los ciudadanos.

Rockefeller mueve los hilos

Uno de los implicados en esta ofensiva contra el constitucionalismo democrático tiene un nombre fácilmente reconocible: David Rockefeller. En 1975, la Comisión Trilateral, una organización internacional fundada por el magnate, emitió un informe alertando que la democracia se encontraba en una encrucijada. ¿Se refería a la pujanza de partidos de ideología fascista? ¿O quizás al fantasma del anarquismo? Nada de eso: según el escrito, determinados regímenes políticos estaban perdiendo legitimidad por la sobrecarga de demandas políticas y sociales que recibían por parte de la ciudadanía. Es decir, la democracia estaba en una encrucijada porque los ciudadanos protestaban mucho. Así es como, según escribe Pisarello, se consiguió «atenuar el alcance del principio democrático, reduciéndolo a la participación esporádica en elecciones más o menos competitivas», con el objetivo de no condicionar en exceso «el libre funcionamiento del mercado capitalista».

La llegada al poder de Margaret Thatcher y Ronald Reagan tras la crisis económica de los setenta allanó el camino a la Constitución mixta neoliberal, que «consiste en una reconfiguración de las relaciones de poder que lo concentra en pocas manos, política y económicamente», analiza Pisarello. «Es un régimen mixto porque conviven en él elementos oligárquicos y democráticos. Lo que ocurre es que el elemento democrático, participativo, es desplazado hasta volverse marginal e inofensivo. Los antiguos griegos no se engañaron y llamaron a esta forma de gobierno oligarquía isonómica. Un régimen controlado por minorías económicas que tolera algunas libertades públicas», añade.

Y en el interior del Parlamento, un Gobierno socialista, el de Zapatero, aprueba una reforma exprés de la Constitución para limitar el déficit público: «Es el sueño del neoliberalismo», corrobora Pisarello, «ya que genera una fuerte presión para la reducción del gasto social. Pero la gran banca ha exigido más: consagrar la prioridad absoluta’ de pago a los acreedores de deuda pública. Esta cláusula no tiene parangón en ninguna otra constitución del mundo. Exige destinar lo que las administraciones ingresen a pagar, ante todo, a los acreedores externos. No hace falta ser un premio Nobel para advertir que esto profundizará los recortes y las privatizaciones. Por eso tantas prisas y tanto empeño en evitar un referéndum con debate previo».

La rebelión de las élites

La reforma de septiembre de la Constitución Española es el último paso de un proceso iniciado en los setenta (denominado por el historiador Christopher Lasch como La rebelión de las élites), que vivió su máximo apogeo en la década siguiente y que se consolidó durante la globalización de finales de siglo XX.

La carta magna que mejor ejemplifica este trayecto es la portuguesa: aprobada un año después de la Revolución de los claveles de 1974, comprometía al país con «la transformación en una sociedad sin clases» y estipulaba que el objetivo del estado democrático era «asegurar la transformación hacia el socialismo». Seis años después, se produjo una reformulación del texto eliminando estas señas de identidad y amoldándose al nuevo capitalismo que venía de Europa. En 1989, año de la caída del Muro de Berlín, la excepción social de la constitución portuguesa se abría definitivamente a los imperativos del «mercado común europeo».

En el caso de la Carta Magna Española de 1978, Pisarello opina que está «a medio camino entre dos épocas». «Contiene elementos socialmente avanzados, vinculados a la lucha antifranquista, que se han cumplido poco. Y otros que casan bien con el clima neoliberal que comenzaba a gestarse: la opción por la economía de mercado, el reconocimiento debilitado de los derechos sociales y una marcada desconfianza frente a los mecanismos de participación popular directa», corrobora.

La izquierda desarmada

Ninguno de los gobiernos de izquierdas de la Europa de los ochenta logró frenar la liberalización de los mercados financieros. Ni siquiera el de François Miterrand en Francia, que fue el que con más ahínco intentó resistir el embate neoliberal. «Llegó al gobierno con un programa ambicioso de reformas, pero acabó capitulando ante los mercados», explica Pisarello.

La globalización y la integración europea de los noventa sellaron el triunfo de La rebelión de las élites. El Tratado de Maastricht de 1992 fue un elemento clave en la nueva arquitectura económica, ya que «acabó de ceñir un corsé neoliberal que condicionaría los desarrollos constitucionales de los años posteriores».

Según Gerardo Pisarello, el Tratado de Maastricht impuso severos criterios de convergencia económica que «eran un acicate para la reducción del gasto social y la contención de los salarios, a la vez que un aliciente, como se demostraría luego, para la especulación financiera».

Las consecuencias de esta ofensiva se viven en la actualidad en su mayor crudeza. «La socialdemocracia no ha querido ni ha sabido oponerse al capitalismo globalizado. Es más, en muchos casos lo ha impulsado con entusiasmo, cavando así su propia tumba. Esto explica la migración de mucha gente de izquierdas, sobre todo jóvenes, a la abstención o a otras fuerzas políticas. Y también la aparición de un peligroso populismo de extrema derecha», sostiene Pisarello.

En Un largo termidor, el ensayista también saca a la luz los personajes y las ideas que a la larga han provocado este deterioro democrático de los textos constitucionales. Como por ejemplo el jurista y economista austriaco Friedrich Hayek, autor de The Constitution Of Liberty, el libro que un día enarboló Margaret Thatcher en la Cámara de los Comunes para justificar sus políticas proclamando «esto es en lo que creemos».

Hayek, figura a la que también recurre en sus discursos la popular María Dolores de Cospedal, era discípulo del ultraliberal Von Mises, que alabó la política de Mussolini por su defensa de la propiedad privada. En algunos pasajes de su obra, el austriaco menospreció la Declaración Universal de los Derechos Humanos al estar escrita «en la jerga característica de los dirigentes sindicalistas» y criticó las constituciones sociales al favorecer una «democracia ilimitada».

La contrarrevolución de Hayek, eficazmente conseguida tal y como está demostrando la historia, apuntaba a colocar el «orden espontáneo» del mercado a resguardo de las urnas y combatir la «idea atávica de la justicia distributiva».

Un mundo liberticida

Junto a Hayek y Von Mises, Pisarello recuerda a economistas como James M. Buchanan y Milton Friedman: «Presumen de ilustrados y se reclaman herederos de Kant, Locke o Adam Smith, pero estos pensadores se horrorizarían si oyeran sus soflamas. Algunos neoliberales, de hecho, mantuvieron relaciones con dictaduras claramente liberticidas. Friedman fue el maestro de los economistas de Pinochet. Y Von Mises, un admirador de los fascistas austriacos de los años treinta».

El mejor y más perverso colofón a este proceso lo puso, otra vez, la Dama de hierro. Cuando al final de su mandato le preguntaron por su mayor éxito político, no lo dudó un instante: «Anthony Blair».

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Pues ahí queda eso.

Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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