Pensamiento crítico

“El pensamiento crítico, la crisis, qué hacemos”

Pablo Jauralde Pou

(http://www.cuartopoder.es/invitados/271/271/El pensamiento crítico, la crisis, qué hacemos)

“Circula por la Red una llamada a firmar un manifiesto –con unas setecientas firmas– a favor del pensamiento crítico, precisamente ahora que estaba a punto de redondear, más modestamente, un papel reivindicando, como uno de los resultados buenos de lo que se está llamando “la crisis”, la posibilidad de resucitar nuestra capacidad de ver, observar, opinar, criticar y cambiar, que ese puede ser el camino.

Porque eso quiere decir pensamiento crítico: la capacidad de moverse intelectualmente ante todo lo que nos rodea, discerniendo trigo de paja, y de profundizar no sólo en los casos evidentes, sino en todo aquello que nos han inculcado como al margen de la opinión y de la crítica, hurgar en las razones profundas del malestar, la injusticia, la corrupción y otras taras que la gente suele soportar como algo que le viene dado desde arriba con lo que ha de convivir sin rechistar.

La convivencia con un estado de cosas que se barrunta lamentable resulta ser, precisamente, uno de los elementos ideológicos que se viene logrando con procedimientos en apariencia inocuos, sobre todo con aquellos que aparecen en los sistemas de educación (planes de estudio, por ejemplo), en el sistema de valores que destilan los llamados “medios”, en las exhibiciones de prohombres, políticos e instituciones desde las que se nos pide que “dejemos hacer”, “no opinemos”, etc.

Especial cuidado se habrá de tener con los refugios argumentales de tales dogmas: no se puede criticar a un juez, cuyos procedimientos nos parecen un disparate, porque está ejerciendo la justicia con leyes y en un sistema democrático. Es una pena, pero lo del “democrático”, bien lo sabemos, no alcanza plenamente a la conducta del juez en este caso, que no es un autómata, sino que conserva, no lo dudemos, penurias y grandezas de su condición humana, entre ellas la de no saber diferenciar entre su mentalidad y su oficio. Por lo demás, los sistemas democráticos, como todos, se erosionan, y necesitan constantemente alimentarse desde abajo -las gentes-, no desde arriba -los políticos-. Como eso nos llevaría lejos, volvemos cerca, porque quisiéramos conectar crisis y crítica.

En efecto, porque puede que por los resquicios del desencanto asome, todavía, el oportuno gesto crítico capaz de sacar provecho del caos. De varias maneras.

Sobre todo y primero, como ya dije, por esa sana desconfianza hacia instituciones y dogmas enquistados en nuestro sistema; inmediatamente hacia las personas que exhiben la representación de esas instituciones; finalmente, hacia los lugares desde donde nos vocean una y otra vez que, con el dedo de las moralinas enarbolado, que no debemos pensar esto, aquello y lo de más allá. “¡Dejad trabajar a la justicia, no critiquéis a las instituciones judiciales, lo ha dicho el juez…!” Y nótese que eso se encapsula sistemáticamente en las películas con polis buenos, en los argumentos que coronan cualquier fantasía dramática, en las conversaciones que nos dejan escuchar en los coloquios de la televisión o la radio, en las opiniones que nos filtran en los periódicos… Y de modo particularmente abrumador, casi sin escapatoria, en la proclama de valores que siempre se supeditan al dinero, al mercado. Como si aquellas instituciones, aquellas personas y aquellos lugares desde donde se predica hubieran sido sacralizados por no se sabe qué divinidad intocable, cuando las tres cosas habrían de depender, constantemente, permanentemente, de que reciban el soporte y el apoyo del común de las gentes. Y eso se sabe, por eso el procedimiento más hábil para que la gente no critique es desplazarla, situarla fuera de esa posibilidad, que no encuentre el objeto o el enlace que le permita señalar alguna de las muchas raíces de la “crisis”. Siempre recordaré la impresión que me produjo el silencioso padecer y deambular de quienes sufrieron las inundaciones de Nueva Orleans: no sabían qué es lo que había pasado, no sabían que podían buscar las raíces y las razones de su sufrimiento, estaban totalmente anestesiadas, en su engranaje mental ya no había posibilidad de hacer funcionar “pensamiento crítico” alguno. ¡Y cuántos casos como ése, colectivos y particulares!

Hace tiempo que se vio perfectamente cómo manipular al común de las gentes, engatusándolas con las delicias de divertimentos e imaginaciones alejadas de la realidad, empleando la sutileza del prestigio y la autoridad que parecen chorrear los que tienen la capacidad de asomarse a las ventanas públicas. Y sobre todo, desechando la educación adecuada para suplantarla por la educación moderna, específica, en donde el contexto humano (las famosas “humanidades”) se van desterrando paulatinamente al rincón de las cosas inútiles, es decir, de las que no llegan al mercado, y por tanto no dan de comer. Un matemático perfecto, como un perfecto médico o un perfecto profe casi podrían ser sustituidos por máquinas que, en rigor, ejercerían tarea casi industrial, sin vacilar nunca por ribetes emocionales, sociales, históricos; lejos de cualquier consideración humana.

Pero hay otro elemento especialmente fecundo en el embobamiento de los que alguna vez pueden revolverse, pensar y criticar: la persecución de su capacidad imaginativa que, por ser un último reducto de la capacidad humana –a mi modo de ver, la esencia del arte y de la cultura-–, se ataja por otras maneras: no se trunca, se ocupa con otros menesteres, se inocula en todos los estratos de la sociedad lo que ha de ser la “imaginación” en movimiento, desde las risas enlatadas de la televisión (“os tenéis que reír por esto”), hasta los grandes logros que con ella pueden conseguirse y que son siempre… producto del dinero, del mercado. Precisamente contra ese juego diabólico del capital es contra lo que debe ejercer su función liberadora el arte. El arte, el lugar de la libertad, de la real gana, de lo que no querrá nunca estar sometido a regla, tradición, dogma, precio.

Son temas que dan para mucho; para tanto, que no se pueden más, por el momento que vocear y exponer en sus líneas generales, ahora con la secreta esperanza de que quienes todavía no han embotado totalmente su capacidad crítica descubran ese resorte crítico que les puede liberar y ejerzan, en medio del caos, más ideológico que “financiero” –eso es lo que nos pretenden imbuir– una de las funciones humanas elementales: reflexionar, opinar, dialogar, criticar, con todas sus consecuencias. Y que así se escapen hacia espacios abiertos en donde, por ejemplo, se recuperen las llamadas “humanidades” y ejerzan una función la mar de sencilla: devolvernos el grado de plenitud, que algunos llaman felicidad, para disfrutar de todo aquello que somos capaces de crear y mantener. Hoy por la mañana he escuchado en una radio española (ya veis que de todo hay): mucho mejor que aparezca en una conversación el motivo musical de la segunda sinfonía de Brahms que no el juego de preguntas y respuestas predecibles entre personas desertizadas. Y que de ahí alarguen su sentido crítico a lugares aparentemente inocuos, inocentes, desde donde se destila el conjunto de creencias que se suelen asumir sin pensar y aceptar como inevitables.

Del pensamiento crítico habría de poderse alcanzar, discretamente, si se quiere, un nuevo proceder, que limpiara el entorno personal, que se extendiera lentamente a sectores sociales no excesivamente dañados y que no permitiera la obscenidad que chorrea la vida pública.

(*) Pablo Jauralde Pou (Palencia, 1944). Poeta e hispanista. Catedrático de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Madrid. Es especialista en Quevedo y Cervantes. Ha sido profesor visitante en Cambridge, Harvard, Sorbona, John Hopkins, Toulouse y Milán, entre otras muchas. Su último libro publicado es el poemario El año del ombligo (Calambur, 2009).

Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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