Trabajo, capital y política, y la importancia crítica de pensar y decidir (III)

11. La crisis del trabajo

 

Después de la Segunda Guerra Mundial, por un breve período histórico podía parecer que la sociedad del trabajo en las industrias fordistas se había consolidado en un sistema de «prosperidad eterna», en el cual la insoportabilidad del fin en sí coercitivo hubiese sido pacificado duraderamente por el consumo de masas y el Estado Social. A pesar de que ésta ha sido siempre una idea ilótica y democrática que sólo se refería a una pequeña minoría de la población mundial, en los centros fracasó también necesariamente. Con la tercera revolución industrial de la microelectrónica, la sociedad mundial del trabajo llegó a su límite histórico absoluto.

Que este límite sería alcanzado tarde o temprano, era lógicamente previsible. Pues el sistema productor de mercancías padece, desde su nacimiento, de una contradicción incurable. Por un lado, vive del hecho de absorber en masa energía humana mediante el gasto de trabajo para su maquinaria: cuanto más, mejor. Por otro, sin embargo, impone, de acuerdo con la ley de la competencia empresarial, un aumento de la productividad, por la cual la fuerza de trabajo humana es sustituida por capital objetivado tecnificado.

Esta autocontradicción ya fue la causa profunda de todas las crisis anteriores, entre ellas la desastrosa crisis económica de 1929-33. Sin embargo, estas crisis siempre podían ser superadas por un mecanismo de compensación: en un nivel cada vez más elevado de productividad, eran absorbidas –después de un cierto tiempo de incubación y a través de la ampliación de mercados integradora de nuevos segmentos de consumidores– mayores cantidades de trabajo que las de aquel anteriormente racionalizado. Se reducía el gasto de fuerza de trabajo por producto, pero se producían más productos en términos absolutos, de modo que la reducción podía ser compensada. En cuanto las innovaciones de los productos superaban a las innovaciones de los procesos, la autocontradicción del sistema podía traducirse en un movimiento de expansión.

El ejemplo histórico a destacar es el del automóvil: por medio de la cadena de montaje y otras técnicas de racionalización de la «ciencia del trabajo» (primero en la fábrica de Henry Ford, en Detroit), se redujo el tiempo de trabajo para cada automóvil en una fracción. Simultáneamente, el trabajo se intensificó de manera gigantesca, esto es, en el mismo intervalo de tiempo se absorbió material humano de forma multiplicada. Principalmente el automóvil, hasta entonces un producto de lujo para la alta sociedad, pudo ser incluido en el consumo de masas por su consecuente abaratamiento. De esta manera, a pesar de la racionalización de la producción en línea, el hambre insaciable de energía humana del dios-trabajo fue satisfecha en un nivel superior. Al mismo tiempo, el automóvil es un ejemplo central del carácter destructivo del modo de producción y consumo altamente desarrollado de la sociedad del trabajo. En interés de la producción en masa de automóviles y del transporte individual en masa, el paisaje es asfaltado, impermeabilizado y se vuelve feo, el medio ambiente contaminado y se acepta resignadamente que en las calles del mundo, año tras año, se desencadene una tercera guerra mundial no declarada con millones de muertos y mutilados.

Con la tercera revolución industrial de la microelectrónica concluye el mecanismo de compensación por la expansión, hasta entonces vigente. Es verdad que, obviamente, a través de la microelectrónica, muchos productos también se abaratan y se crean otros nuevos (principalmente en la esfera de los medios de comunicación). Pero, por primera vez, la velocidad de innovación del proceso supera a la velocidad de innovación del producto. Por primera vez, más trabajo es racionalizado que el que puede ser reabsorbido por la expansión de los mercados. Como continuación lógica de la racionalización, la robótica electrónica sustituye a la energía humana, o las nuevas tecnologías de comunicación vuelven el trabajo superfluo. Sectores enteros y niveles de la construcción civil, de la producción, del marketing, del almacenamiento, de la distribución e incluso de la administración son excluidos. Por primera vez el dios-trabajo se somete, involuntariamente, a una ración de hambre permanente. Así, provoca su propia muerte.

Una vez que la sociedad democrática del trabajo ha llegado a ser un sistema con el fin en sí mismo maduro y autorreflexivo, no es posible dentro de sus formas ninguna alteración para una reducción de la jornada general. La racionalidad empresarial exige que masas cada vez mayores se conviertan en «desempleados» permanentemente y, de este modo, queden separados de la reproducción de su vida inmanente al sistema. Por otra parte, un número cada vez más reducido de «ocupados» son sometidos a una caza cada vez mayor de trabajo y eficiencia. Incluso en los centros capitalistas, en medio de la riqueza vuelven la pobreza y el hambre, medios de producción y áreas agrícolas intactas quedan en «barbecho», viviendas y predios públicos en masa permanecen vacíos, mientras que el número de los sin-techo crece sin cesar. El capitalismo se transforma en un espectáculo global para minorías. En su desesperación, el dios-trabajo agonizante se convierte en caníbal de sí mismo. En busca de sobras para alimentar el trabajo, el capital dinamita los límites de la economía nacional y se globaliza en una competencia nómada de represión. Regiones mundiales enteras son aisladas de los flujos globales de capital y mercancías. En una ola de fusiones e «integraciones no amistosas» sin precedentes históricos, los monopolios se preparan para la última batalla de la economía empresarial. Los Estados y naciones desorganizados se colapsan, y las poblaciones, empujadas a la locura de la competencia por la supervivencia, se atacan en guerras étnicas de bandos.

 

«El propio capital es la contradicción en proceso, pues tiende a reducir el tiempo de trabajo a un mínimo, mientras que pone, por otro lado, el tiempo de trabajo como única medida y fuente de riqueza (…) Así, por una parte, convoca para la vida a todos los poderes de la ciencia y de la naturaleza, así como de la combinación y del intercambio social para hacer que la creación de la riqueza sea (relativamente) independiente del tiempo de trabajo empleado en ella. Por otro lado, pretende medir esas gigantescas fuerzas sociales, así creadas, por el tiempo de trabajo, y contenerlas dentro de los límites exigidos para mantener como valor el valor ya creado.» (Karl Marx, Grundrisse, 1857-1858)

«El principio moral básico es el derecho del hombre a su trabajo (…) desde mi punto de vista no hay nada más detestable que una vida ociosa. Ninguno de nosotros tiene derecho a esto. La civilización no tiene lugar para los ociosos.» (Henry Ford)

 

12. El fin de la política

 

Necesariamente, la crisis del trabajo tiene como consecuencia la crisis del Estado y, por tanto, la de la política. Por principio, el Estado moderno debe su trayectoria al hecho de que el sistema productor de mercancías requiere una instancia superior que le garantice, en el marco de la concurrencia, los fundamentos jurídicos normales y los presupuestos de la valorización –incluyendo un aparato de represión para el caso de que el material humano se insubordine contra el sistema. En su forma madura de democracia de masas, el Estado en el siglo XX precisaba asumir, de forma creciente, tareas socioeconómicas: a esto no sólo pertenece la red social, sino también la salud y la educación, la red de transporte y comunicación, infraestructuras de toda clase que son indispensables para el funcionamiento de la sociedad del trabajo industrial y que no pueden ser propiamente organizadas como proceso de valorización industrial. Pues como infraestructuras necesitan estar permanentemente a disposición en el ámbito de la sociedad total y cubriendo todo el territorio. Por tanto, no pueden seguir las coyunturas del mercado de la oferta y la demanda. Como el Estado no es una unidad de valorización autónoma, él mismo no transforma trabajo en dinero, y debe sacar dinero del proceso real de la valorización. Agotada la valorización, se agotan también las finanzas del Estado. El supuesto soberano social se presenta totalmente dependiente frente a la economía ciega y fetichizada de la sociedad del trabajo. Puede legislar cuanto quiera; cuando las fuerzas productivas superan el sistema de trabajo, el derecho estatal positivo, el cual sólo puede relacionarse siempre con sujetos del trabajo, se desvanece.

Con el creciente desempleo de masas, se agotan las rentas estatales provenientes de los impuestos sobre los rendimientos del trabajo. Las redes sociales se rompen después que se alcanza una masa crítica de «superfluos», que sólo pueden ser alimentados de modo capitalista a través de la redistribución de otros rendimientos monetarios. En la crisis, con el proceso acelerado de concentración del capital, que sobrepasa las fronteras de las economías nacionales, son excluidas también las rentas estatales provenientes de los impuestos sobre las ganancias de las empresas. Los monopolios transnacionales obligan a los Estados que compiten por inversiones a hacer dumping fiscal, social y ecológico. Es precisamente este desarrollo el que hace que el Estado democrático se transforme en mero administrador de la crisis. Cuanto más se acerca al desastre financiero, tanto más se reduce a su núcleo represivo. Las infraestructuras se limitan a las necesidades del capital transnacional. Como antiguamente en los territorios coloniales, la logística se limita, crecientemente, a algunos centros económicos; en cuanto al resto, queda abandonado. Lo que puede ser privatizado se privatiza, aunque cada vez más personas queden excluidas de los servicios de abastecimiento más elementales. Donde la valorización del capital se concentra en un número cada vez más reducido de islas del mercado mundial, ya no interesa el abastecimiento que cubra todo el territorio.

En cuanto no afecta directamente a esferas relevantes para la economía, no interesa si los trenes funcionan o si las cartas llegan. La educación se convierte en un privilegio de los vencedores de la globalización. La cultura intelectual, artística y teórica es remitida a los criterios de mercado y tolera a unos pocos. La salud no es financiable y se divide en un sistema de clases. Primero sin prisa y veladamente, después de manera abierta, se impone la ley de la eutanasia social: porque eres pobre y «superfluo», tienes que morir antes. Después de entrar en vigor la ley irracional de la sociedad del trabajo, objetivada como «restricción financiera», todos los conocimientos, habilidades y medios de la medicina, la educación y la cultura que se hallaban abundantemente a disposición como infraestructura general son clausurados bajo siete llaves, siendo desmovilizados y vendidos como chatarra –siguiendo el ejemplo de los medios de producción industriales y agrarios que ya no se consideran rentables. El Estado democrático, transformado en un sistema de apartheid, ya no tiene nada que ofrecer a sus ex ciudadanos de trabajo más allá de la simulación represiva del trabajo, bajo formas de trabajo coercitivo y barato, con reducción de todos los beneficios. En un momento más avanzado, el Estado se desmorona totalmente.

El aparato del Estado se asilvestra bajo la forma de una cleptocracia corrupta, los militares bajo la de un bando bélico mafioso, y la policía bajo la del asaltante callejero. Este desarrollo no puede ser frenado por medio de ninguna política y aún menos revertirse. Pues la política es en su esencia una acción relacionada con el Estado que se vuelve, dentro de las condiciones de desestatización, sin objeto. La fórmula de la democracia izquierdista de la «configuración política» se hace, día tras día, más ridícula. Fuera de la represión infinita, la destrucción de la civilización y el auxilio al «terror de la economía», ya no hay nada que «configurar». Como el fin en sí mismo de la sociedad del trabajo es el supuesto axiomático de la democracia política, no puede haber ninguna regulación política democrática para la crisis del trabajo. El fin del trabajo se transforma en el fin de la política.

 

13. La simulación casino-capitalista de la sociedad del trabajo

 

La conciencia social dominante se engaña sistemáticamente sobre la verdadera situación de la sociedad del trabajo. Las regiones de colapso son ideológicamente excomulgadas, las estadísticas del mercado de trabajo descaradamente falsificadas, las formas de pauperización disimuladas por los media. La simulación es, sobre todo, la característica central del capitalismo en crisis. Esto vale también para la propia economía. Si por lo menos en los países centrales occidentales parecía hasta ahora que el capital sería capaz de acumularse incluso sin trabajo, y que la forma pura del dinero sin sustancia podría garantizar la continua valorización del valor, esta apariencia se debe a un proceso de simulación de los mercados financieros. Como reflejo de la simulación del trabajo mediante medidas coercitivas de la administración democrática del trabajo, se formó una simulación de la valorización del capital mediante la desconexión especulativa del sistema crediticio y de los mercados accionarios de la economía real.

La utilización de trabajo presente es sustituida por la usurpación de la utilización de trabajo futuro, el cual nunca se realizará. Se trata, en cierto modo, de una acumulación de capital en un ficticio «futuro del subjuntivo». El capital-dinero, que ya no puede ser reinvertido de manera rentable en la economía real y que, por eso, no puede absorber más trabajo, tiene que desviarse forzosamente hacia los mercados financieros.

Ya el impulso fordista de la valorización, en los tiempos del «milagro económico» después de la

Segunda Guerra, no era totalmente autosustentable. Más allá de sus ingresos fiscales, el Estado tomó créditos en cantidades hasta entonces desconocidas, puesto que las condiciones estructurales de la sociedad del trabajo ya no eran financiables de otra manera. El Estado empeñó todos sus ingresos reales futuros. De esta manera surgió, por un lado, una posibilidad de inversión capitalista financiera para el capital-dinero «excedente» –se prestaba al Estado con intereses. El Estado pagaba los intereses con nuevos empréstitos y reenviaba inmediatamente el dinero prestado al circuito económico. Por otro lado, financiaba los costos sociales y las inversiones de infraestructura, creando una demanda artificial, en el sentido capitalista, por tanto sin la cobertura de ningún gasto productivo de trabajo. El boom fordista fue prolongado así más allá de su propio alcance, en la medida en que la sociedad del trabajo sangraba su propio futuro.

Este proceso simulativo del proceso de valorización, aún aparentemente intacto, ya alcanzó sus límites junto con el endeudamiento estatal. No sólo en el Tercer Mundo, sino también en los centros, las «crisis de la deuda» estatales no permitirán más la expansión de este procedimiento. Este fue el fundamento objetivo para el avance victorioso de la desregulación neoliberal que, conforme a su ideología, sería acompañada de una reducción drástica de la aportación estatal en el producto social. En verdad, la desregulación y la reducción de las obligaciones del Estado están compensadas por los costos de la crisis, aunque sea bajo la forma de costos estatales de represión y simulación. En muchos Estados, la aportación estatal incluso aumenta.

Pero la acumulación subsecuente del capital ya no puede ser simulada a través del endeudamiento estatal. Por eso se transfiere, desde los años 80, la creación complementaria de capital ficticio a los mercados de acciones. Allí, desde hace tiempo, no se trata más de dividendos, de la participación en las ganancias de la producción real, sino más bien de ganancias de cotización, por el aumento especulativo del valor de los títulos de propiedad en escalas astronómicas. La relación entre la economía real y el movimiento especulativo del mercado financiero se invirtió completamente. El aumento especulativo de la cotización ya no anticipa la expansión de la economía real, sino que, al contrario, el ascenso de la creación ficticia de valor simula una acumulación real que ya no existe.

El dios-trabajo está clínicamente muerto, pero recibe respiración artificial a través de la expansión aparentemente autonomizada de los mercados financieros. Hace tiempo que las empresas industriales tienen ganancias que no resultan de la producción y venta de productos reales –lo cual se ha convertido en un negocio deficitario–, sino de la participación en la especulación de acciones y divisas elaborada por un departamento financiero «experto». Los presupuestos públicos muestran ingresos que no derivan de impuestos o tomas de créditos, sino de la participación aplicada de la administración financiera en los “mercados de casino”. Los presupuestos privados, en los cuales los ingresos reales de salarios se han reducido sensiblemente, consiguen mantener todavía un consumo elevado a través de los préstamos de las ganancias en los mercados accionarios. Se crea así una nueva forma de demanda artificial que, a su vez, tiene como consecuencia una producción real y unos ingresos estatales reales «sin suelo para los pies».

De esta manera, la crisis económica mundial está siendo aplazada por el proceso especulativo; pero como el aumento ficticio del valor de los títulos de propiedad sólo puede ser una anticipación de la utilización o futuro gasto real de trabajo (en la escala astronómica correspondiente) –lo que ya no ocurrirá–, el engaño objetivado será desenmascarado necesariamente después de un cierto período de incubación. El colapso de los mercados emergentes de Asia, América Latina y el Este europeo apenas ha ofrecido la primera pincelada. Es sólo cuestión de tiempo el que se colapsen los mercados financieros de los EE.UU., la Unión Europea y Japón. Este contexto es percibido de una forma totalmente distorsionada por la conciencia fetichizada de la sociedad del trabajo y, principalmente, por la de los «críticos del capitalismo» tradicionales de la izquierda y la derecha. Fijados en el fantasma del trabajo, que fue ennoblecido en cuanto condición existencial suprahistórica y positiva, confunden sistemáticamente causa y efecto. El aplazamiento temporal de la crisis, por la expansión especulativa de los mercados financieros, aparece así de manera invertida como supuesta causa de la crisis. Los «especuladores malvados», así llamados a la hora del pánico, arruinan a toda la sociedad del trabajo porque gastan el «buen dinero» que «existe de sobra» en el casino, en vez de invertirlo de una manera sólida y bien educada en maravillosos «puestos de trabajo», a fin de que una humanidad loca por el trabajo pueda tener su «pleno empleo». Simplemente, no entra de ningún modo en estas cabezas que la especulación hizo que las inversiones reales se detuvieran, aunque éstas ya se convirtieron en no rentables en el decurso de la tercera revolución industrial, y el alza especulativa es sólo un síntoma de ello. El dinero que aparentemente circula en cantidades infinitas ya no es, incluso en el sentido capitalista, un «buen dinero», sino apenas «aire caliente» con el que se levantó la burbuja especulativa. Cada intento de reventar esta burbuja por medio de cualquier proyecto de medida fiscal (tasa Tobin, etc.) para dirigir nuevamente el capital-dinero hacia los engranajes pretendidamente «correctos» y reales de la sociedad del trabajo, sólo puede llevar a malgastarla más rápidamente.

En vez de comprender que todos nosotros nos convertiremos irremediablemente en no rentables, y que por ello se deben atacar tanto el propio criterio de rentabilidad como los fundamentos de la sociedad del trabajo, prefieren satanizar a los «especuladores». Esta imagen barata del enemigo es cultivada al unísono por los radicales de la derecha y los autónomos de la izquierda, funcionarios sindicalistas pequeñoburgueses y nostálgicos keynesianos, teólogos sociales y charlatanes; en suma, por todos los apóstoles del «trabajo honrado». Pocos son conscientes de que de aquí a la removilización de la locura antisemita sólo hay un pequeño paso. Apelar al capital real «productivo» y de «sangre nacional» contra el capital-dinero «judaico», internacional y usurero, amenaza con ser la última palabra de la «izquierda de los puestos de trabajo», intelectualmente perdida. De cualquier manera, ésta ya es la última palabra de la «derecha de los puestos de trabajo», desde siempre racista, antisemita y antiamericana.

 

«Tan pronto como el trabajo, en su forma inmediata deja de ser la gran fuente de riqueza, el tiempo de trabajo deja, y tiene que dejar de ser su medida, y, por ello, el valor de cambio (la medida) del valor de uso. (…) En virtud de esto, la producción fundada en el valor de cambio se desmorona y el propio proceso de producción material inmediato se despoja de la forma de la privación y de la oposición.» (Karl Marx, Grundrisse, 1857/1858)

 

14. El trabajo no se deja redefinir

 

Después de siglos de adiestramiento, el hombre moderno sencillamente no logra imaginar una vida más allá del trabajo. Como principio imperial, el trabajo domina no sólo la esfera de la economía en sentido estricto, sino que permea toda la existencia social hasta los poros de lo cotidiano y de la existencia privada. El «tiempo libre», que por su propia semántica ya es un término de presidio, sirve, desde hace mucho, para «trabajar» mercancías y, así, garantizar la venta necesaria.

Pero por encima del deber interiorizado del consumo de mercancías como fin en sí mismo, la sombra del trabajo se proyecta sobre el individuo moderno también fuera de la oficina y de la fábrica. Tan sólo por levantarse de la poltrona de la TV y volverse activo, cualquier acción que se realiza se transforma en algo parecido al trabajo. El jogger sustituyó el reloj convencional por el cronómetro. En los resplandecientes gimnasios de fitness el Movimiento Incesante experimenta su renacimiento posmoderno, y los conductores hacen en los días festivos tantos y tantos kilómetros como si fuesen a alcanzar el promedio anual de un camionero. E incluso el copular se orienta por las normas DIN de la investigación sexual y por los estándares competitivos de las fanfarronadas de los talk shows. Si el rey Midas vivía al menos como una maldición el hecho de que todo lo que tocaba se convertía en oro, su compañero de sufrimiento moderno superó ese estado. El hombre del trabajo ya no nota, por la adaptación al modelo del trabajo, que cada actividad pierde su cualidad sensible específica y se vuelve indiferente. Al contrario, otorga sentido, razón de ser y significado social a cualquier actividad sólo a través de esa adaptación a la indiferencia del mundo de la mercancía. Con un sentimiento como de luto, el sujeto del trabajo no sabe qué hacer; sin embargo, la transformación del luto en «trabajo de luto» hace de ese cuerpo extraño emocional algo conocido, a través de lo cual se puede intercambiar con sus semejantes. Hasta el mismo soñar se convierte en «trabajo de sueño», el conflicto con la persona amada se convierte en «trabajo de relación» y el trato con los niños es desnaturalizado e indiferenciado como «trabajo de educación». Siempre que el hombre moderno insiste en hacer algo con «seriedad», tiene en la punta de la lengua la palabra «trabajo».

El imperialismo del trabajo posee sus reflejos en el lenguaje cotidiano. No sólo tenemos el hábito de inflar la palabra «trabajo», sino que también la usamos en dos niveles significativos totalmente diferentes. Hace tiempo que el «trabajo» ya no significa (como sería adecuado) la forma de actividad capitalista del Movimiento Incesante en sí mismo; antes bien, ese concepto se convierte, borrando sus huellas, en sinónimo de cualquier actividad con un objetivo.

La falta de centro conceptual abona el terreno para una crítica a la sociedad del trabajo tan vulgar e intrascendente que opera exactamente de modo opuesto, es decir, que toma como punto de partida una interpretación positiva del imperialismo del trabajo. Por increíble que parezca, la sociedad del trabajo es acusada de no dominar aún suficientemente la vida con su forma de actividad, porque, presuntamente, definiría el concepto de trabajo de modo «muy estrecho», esto es, excomulgando moralmente el «trabajo para uno mismo» o el trabajo en cuanto «autoayuda no-remunerada» (trabajo doméstico, ayuda vecinal, etc.). Aquélla acepta, como «efectivo», sólo el trabajo-empleo, conforme a la dinámica del mercado. Una revalorización y una ampliación del concepto de trabajo debería eliminar esta fijación unilateral y las jerarquizaciones ligadas a ella.

Este pensamiento no trata de la emancipación de las coerciones dominantes, sino solamente de una corrección semántica. La ilimitada crisis de la sociedad del trabajo debería ser solucionada por la conciencia social a través de la elevación «efectiva» de las formas de actividad hasta entonces inferiores y marginales a la esfera de la producción capitalista, al estado de noble trabajo. Pero la inferioridad de estas actividades no es solamente el resultado de una determinada manera ideológica de ver, sino que pertenece a la estructura fundamental del sistema capitalista y no puede ser superada por redefiniciones morales simpáticas.

En una sociedad dominada por la producción de mercancías como fin en sí mismo, sólo vale como riqueza propiamente dicha lo que es representable en la forma monetaria. El concepto de trabajo, así determinado, brilla de modo imperial sobre todas las otras esferas, pero sólo negativamente, en la medida en que revela estas esferas como dependientes de sí. De esta forma, las esferas externas a la producción de mercancías quedan necesariamente a la sombra de la esfera de producción capitalista, porque no son absorbidas por la lógica abstracta empresarial de economía de tiempo –incluso, y precisamente, cuando ellas son necesarias para la vida, como en el caso de la esfera de actuación escindida y definida como femenina, doméstica privada, de dedicación personal, etc. Al revés de su crítica radical, una ampliación moralizante del concepto de trabajo no sólo oscurece el imperialismo social real de la economía productora de mercancías, sino que también se integra perfectamente en las estrategias autoritarias de la administración estatal de la crisis. La reivindicación hecha desde los años 70 para que el «trabajo doméstico» y las actividades del «tercer sector» fuesen también reconocidas socialmente como trabajos válidos, especuló, desde el primer momento, con una remuneración estatal en dinero. El Estado en crisis volvió el fetiche contra el hechicero y movilizó el impulso moral de esta reivindicación en el sentido del famoso «principio del subsidio» justamente contra sus expectativas materiales.

El cantar de los cantares de la «función honorífica» y del «trabajo voluntario» no trata del permiso de revolver en las arcas financieras casi vacías del Estado, pero se convierte en una coartada para el recurso de los Estados a los programas, ahora en marcha, de trabajo coercitivo y para la tentativa sórdida de trasladar el peso de la crisis, principalmente, sobre las mujeres. Las instituciones sociales oficiales abandonan su responsabilidad social con la llamada tan amigable como gratuita a que «todos nosotros» combatamos, por iniciativa privada, tanto la miseria propia como la de los otros, sin formular ninguna reivindicación material. Así, confundido como programa de emancipación, el malabarismo definidor del santificado concepto de trabajo abre las puertas al intento estatal de suprimir el trabajo asalariado a través de la eliminación del salario, con el simultáneo mantenimiento del trabajo en el desierto de la economía de mercado. Se comprueba así, involuntariamente, que la emancipación social no puede tener como contenido la revalorización del trabajo, sino la consciente desvalorización del trabajo.

 

«Junto a los servicios materiales, también los servicios personales y simples pueden elevar el bienestar material. De este modo, se puede elevar el bienestar de un cliente cuando un prestador de servicio le quita el trabajo que él mismo tendría que hacer. Al mismo tiempo se eleva el bienestar de los prestadores de servicio cuando su sentimiento de autoestima se eleva a través de la actividad. Ejercer un servicio simple y relacionado con una persona es mejor para la psiquis que estar desempleado.» (Informe de la Comisión para Cuestiones del Futuro de los Estados Libres de Baviera y Sajonia, 1997)

«Preserve el conocimiento comprobado en el trabajo; puesto que la propia naturaleza confirma este conocimiento, dígale que sí. En el fondo, usted no tiene otro conocimiento si no es aquel que fue adquirido por medio del trabajo; el resto es una hipótesis del saber.» (Thomas Carlyle, Trabajar y no desesperar, 1843)

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Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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2 respuestas a Trabajo, capital y política, y la importancia crítica de pensar y decidir (III)

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