Trabajo, capital y política, y la importancia crítica de pensar y decidir (I)

 
El texto que añado a continuación es, de todos los documentos interesantes e iluminadores que he encontrado y leido en los últimos años, el mejor de todos, o dicho de otra manera, aquel que además de ser el más incisivo y claro es aquel con el que mejor me identifico. Le he dedicado mucho tiempo, y he vuelto a traducir del alemán bastantes párrafos que a mi juicio estaban poco claros en su traducción original. Se trata, en el fondo, de un alegato incontestable y demoledor a favor del anarquismo frente a las posturas socialistas y comunistas al uso y a favor del feminismo, la espiritualidad, la libertad y el librepensamiento. Lo cuelgo aquí con placer, casi con mimo, no sin antes añadir que las pistas hacia éste y otros documentos que he añadido recientemente se deben a mi admirado amigo Omar Paladini ( http://omarpal.blogspot.com/).
(Los resaltes en amarillo a lo largo del texto son mios)

 

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Manifiesto contra el trabajo – Manifest Gegen Arbeit

 

Grupo Krisis (http://www.krisis.org). 1999.

 

1. El dominio del trabajo muerto

 

Un cadáver domina la sociedad: el cadáver del trabajo. Todos los poderes alrededor del mundo se han unido para la defensa de este dominio: el Papa y el Banco Mundial, Tony Blair y Jörg Haider, sindicatos y empresarios, ecologistas alemanes y socialistas franceses. Todos ellos sólo conocen un lema: ¡trabajo, trabajo, trabajo!

Los que todavía no desaprendieron a pensar, reconocen fácilmente que esta postura es infundada, puesto que la sociedad dominada por el trabajo no atraviesa una simple crisis pasajera, sino que alcanzó su límite absoluto. La producción de riqueza se desvincula cada vez más, como consecuencia de la revolución microelectrónica, del uso de la fuerza de trabajo humana, en una escala que hace unas pocas décadas sólo podía ser imaginada como ficción científica. Nadie puede afirmar seriamente que este proceso se puede detener o, más aún, invertir. La venta de la mercancía fuerza de trabajo será en el siglo XXI tan prometedora como la venta de vagones correo en el siglo XX. Quien, en esta sociedad, no consigue vender su fuerza de trabajo es considerado «superfluo» y se lo juzga un inútil.

¡El que no trabaja, no come! Este fundamento cínico vale todavía hoy, y ahora más que nunca, justamente porque se ha vuelto desesperantemente obsoleto. Es un absurdo: la sociedad nunca fue tan sociedad del trabajo como en esta época en que el trabajo se hace superfluo. Exactamente en su fase terminal, el trabajo revela claramente su poder totalitario, que no tolera otro dios a su lado. Hasta en los poros de lo cotidiano y en las interioridades de la psiquis, el trabajo determina el pensar y el obrar. No se ahorra ningún esfuerzo para prorrogar artificialmente la vida del dios-trabajo. El grito paranoico de «empleo» justifica incluso acelerar la destrucción de los fundamentos naturales, reconocida ya hace mucho tiempo. Los últimos obstáculos para la comercialización generalizada de todas las relaciones sociales pueden ser eliminados sin crítica, cuando se coloca en perspectiva la creación de unos pocos y miserables «puestos de trabajo». Y la frase: «Sería mejor tener cualquier trabajo que no tener ninguno» se convierte en una profesión de fe exigida de modo general.

Cuanto más claro queda que la sociedad del trabajo llegó a su fin definitivo, tanto más violentamente se reprime este fin en la conciencia de la opinión pública. Los métodos de esta represión psicológica, aun siendo muy diferentes, tienen un denominador común: el hecho mundial de que el trabajo ha demostrado su fin en sí mismo irracional que se volvió obsoleto. Este hecho viene redefiniéndose con obstinación en un sistema maníaco de fracaso personal o colectivo, tanto de individuos como de empresas o «localizaciones». La barrera objetiva al trabajo tiene que aparecer como un problema subjetivo de aquellos que cayeron fuera del sistema. Para unos, el desempleo es producto de exigencias desmesuradas, de falta de disponibilidad, aplicación y flexibilidad de los desempleados; en cuanto a los otros, acusan a «sus» ejecutivos y políticos de incapacidad, corrupción, ambición desmedida de ganancias o traición al interés local. Pero al fin todos concuerdan con el ex presidente alemán Roman Herzog: se necesita una «sacudida», como si el problema fuese semejante al de la motivación de un equipo de fútbol o de una secta política. Todos tienen, «de alguna manera», que aportar carbón, aunque ya no haya carbón, y todos tienen, «de alguna manera», que poner manos a la obra con vigor, aunque no haya ninguna obra que hacer, o únicamente obras sin sentido. Las entrelíneas de este mensaje infeliz dejan muy en claro esto: quien, a pesar de todo, no disfruta de la misericordia del dios trabajo, es culpado por sí mismo y puede ser excluido, o aun descartado, con buena conciencia. La misma ley del sacrificio humano vale a escala mundial. Un país tras otro es triturado bajo las ruedas del totalitarismo económico, que comprueba siempre la misma cosa: no se han alcanzado las llamadas leyes del mercado. El que no se «adapta» incondicionalmente al curso ciego de la competencia total, no tomando en consideración ninguna pérdida, es penalizado por la lógica de la rentabilidad. Los portadores de esperanza de hoy son la chatarra económica de mañana. Los psicóticos economistas dominantes no se dejan perturbar en sus valientes explicaciones del mundo. Aproximadamente tres cuartas partes de la población mundial ya fueron declaradas desecho social. Una «localización» tras otra cae en el abismo. Después de los desastrosos países «en desarrollo» del Hemisferio Sur y de la desaparición del capitalismo de Estado de la sociedad mundial del trabajo en el Este, los discípulos ejemplares de la economía de mercado del Sudeste asiático desaparecerán igualmente en el infierno del colapso. También en Europa se extiende desde hace mucho tiempo el pánico social. Los caballeros de la triste figura de la política y la gerencia prosiguen con su cruzada de manera aún más firme en nombre del dios-trabajo.

 

«Cada uno debe poder vivir de su trabajo: es el principio inamovible. Así, el poder vivir está determinado por el trabajo y no hay ninguna ley donde esta condición no haya sido realizada.» Johann Gottlieb Fichte, Fundamentos del Derecho Natural según los Principios de la Doctrina de la Ciencia, 1997.

 

2. La sociedad neoliberal del apartheid

 

Una sociedad centralizada en la abstracta irracionalidad del trabajo desarrolla obligadamente la tendencia al apartheid social cuando el éxito de la venta de la mercancía «fuerza de trabajo» deja de ser la regla y pasa a ser la excepción. Todas las fracciones del campo del trabajo, superando a todos los partidos, ya aceptaron disimuladamente esa lógica e incluso la refuerzan. Ya no enfocan su luchan sobre si cada vez más personas son empujadas al abismo y excluidas de la participación social, sino sobre cómo imponer la selección. La fracción neoliberal deja confiadamente el negocio sucio y social-darwinista a la «mano invisible» del mercado. En este sentido, están siendo desmontadas las redes socio-estatales, para marginar, preferentemente sin ruido, a todos aquellos que no consiguen mantenerse en la competencia. Sólo son reconocidos como seres humanos los que pertenecen a la hermandad de los ganadores globales, con sus sonrisas cínicas. Todos los recursos del planeta son usurpados sin vacilar para la máquina capitalista del fin en sí mismo. Si esos recursos no son movilizados de una manera rentable, quedan en «barbecho», incluso cuando, al lado, grandes poblaciones se mueren de hambre. Lo incómodo del «desecho» humano cae bajo la competencia de la policía, de las sectas religiosas de salvación, de la mafia y de los comedores de caridad. En los Estados Unidos y en la mayoría de los países de Europa central, ya existen más personas en prisión que en la media de las dictaduras militares. En América Latina, son asesinados diariamente más niños de la calle y otros pobres por el escuadrón de la muerte de la economía de mercado que opositores en los tiempos de la peor represión política. A los excluidos sólo les queda una función social: la de ser un ejemplo aterrador. Su destino debe incentivar a todos los que aún forman parte de la carrera de «peregrinación a Jerusalén» de la sociedad del trabajo en la lucha por los últimos puestos. Este ejemplo debe incitar a las masas de perdedores a mantenerse en movimiento, para que no se les ocurra la idea de rebelarse contra las vergonzosas imposiciones.

Pero, incluso pagando el precio de la autorresignación, el admirable mundo nuevo de la economía totalitaria deja para la mayoría de las personas apenas un lugar, como hombres sumergidos en una economía sumergida. Sometidos a los ganadores bien remunerados de la globalización, se tienen que ganar la vida como trabajadores ultrabaratos y «esclavos demócratas» en la «sociedad de prestación de servicios». Los nuevos «pobres que trabajan» tienen el derecho de limpiar los zapatos de los ejecutivos de la sociedad del trabajo o de venderles hamburguesas contaminadas o, si no, vigilar su «shopping center». Quien dejó su cerebro en la sombrerera de la entrada hasta puede soñar con un ascenso al puesto de millonario prestador de servicios.

En los países anglosajones, este mundo de horror ya es realidad para millones; en el Tercer Mundo y en Europa del Este, qué decir; y el continente del euro se muestra decidido a superar, rápidamente, su atraso. Las publicaciones económicas no hacen ningún secreto de cómo imaginan el futuro ideal del trabajo: los niños del Tercer Mundo, que limpian los parabrisas de los automóviles en las bocacalles contaminadas, son el brillante modelo de la «iniciativa privada», que debería servir de ejemplo para los desempleados del desierto europeo de la prestación de servicios. «El modelo para el futuro es el individuo como empresario de su fuerza de trabajo y de su propia previsión social», escribe la «Comisión para el Futuro de los Estados Libres de Baviera y Sajonia». Y aún más: «La demanda de servicios personales simples es tanto mayor cuanto menos cuestan, esto es, cuanto menos ganan los prestadores de servicios». En un mundo en el que todavía existiese la autoestima humana, una frase de este tipo debería provocar una revuelta social. Sin embargo, en un mundo de animales de trabajo domesticados, apenas provoca un resignado balanceo de cabeza.

 

«El ratero destruía el trabajo y, a pesar de eso, obtenía el salario de un trabajador; ahora debe trabajar sin salario, pero, incluso en la cárcel, tiene que presentir la bendición del éxito y de la ganancia (…). Se le debe educar para el trabajo moral en cuanto acto personal libre a través del trabajo forzado.» Wilhelm Heinrich Riehl, El trabajo alemán, 1861.

 

3. El apartheid del Neo-Estado Social

 

A las fracciones antineoliberales del campo del trabajo social pueden no gustarles mucho esta perspectiva, pero precisamente para ellas está definitivamente confirmado que un ser humano sin trabajo no es un ser humano. Fijados nostálgicamente en el período fordista posterior a la guerra, de trabajo en masa, no piensan en otra cosa sino en revitalizar los tiempos pasados de la sociedad del trabajo. El Estado debería apuntalar lo que el mercado ya no puede conseguir. La aparente normalidad de la sociedad del trabajo debe ser simulada a través de «programas de ocupación», trabajos comunitarios obligatorios para personas que reciben ayuda social, subvenciones a localizaciones, endeudamiento estatal y otras medidas públicas. Este estatismo del trabajo, ahora recalentado y perplejo, no tiene la menor posibilidad, pero continúa como el punto de referencia ideológico de amplios sectores poblacionales amenazados por la ruina. Justamente en esta total ausencia de esperanza, la praxis que resulta de esto es cualquier cosa menos emancipadora. La metamorfosis ideológica del «trabajo escaso» en primer derecho de la ciudadanía excluye necesariamente a todos los no-ciudadanos. La lógica de la selección social no se pone en cuestión, sólo se redefine de otra manera: la lucha por la supervivencia individual debe ser amenizada por criterios étnico-nacionalistas. «La noria del trabajo nacional sólo para los nativos», clama el alma popular que, en su amor perverso por el trabajo, encuentra una vez más la comunidad nacional. El populismo de derecha no esconde esa conclusión necesaria. En la sociedad de la competencia, su crítica lleva sólo a la limpieza étnica de las áreas que se encogen en términos de riqueza capitalista.

En oposición a esto, el nacionalismo moderado de cuño socialdemócrata o verde quiere aceptar a los viejos trabajadores inmigrantes como si fuesen del país, y cuando éstos se comportan bien, de manera reverente e inofensiva, los convierte en ciudadanos. Pero el acentuado y reforzado rechazo de los refugiados del Este y del Sur puede ser así legitimado de una forma más populista y silenciosa, lo que queda, obviamente, siempre oculto detrás de una palabrería de humanidad y civilidad. La caza de los «ilegales», que disputan puestos de trabajo nacionales, no debe dejar, siempre que sea posible, ninguna mancha indigna de sangre y fuego ni en un solo europeo. Para eso existe la policía, el control militar de las fronteras y los países tapones de «Schengenlandia», que resuelven todo conforme al derecho y la ley, y preferentemente lejos de las cámaras de televisión.

La simulación estatal de trabajo es, por principio, violenta y represiva. Significa el mantenimiento de la voluntad de dominio incondicional del dios-trabajo, con todos los medios disponibles, incluso después de su muerte. Este fanatismo burocrático del trabajo no deja en paz ni a los que caerán fuera – los sin trabajo y sin posibilidades – ni a todos aquellos que con buenas razones rechazan el trabajo, en sus ya horriblemente comprimidos nichos del demolido Estado Social. Éstos son arrastrados hacia los reflectores del interrogatorio estatal por asistentes sociales y gestores de trabajo y son obligados a hacer una reverencia pública delante del trono del cadáver-rey. Si en la justicia normalmente rige el principio: «ante la duda, a favor del reo», ahora eso se ha invertido. Si los que cayeran fuera no quisieran vivir en adelante del aire o de la caridad cristiana, deben aceptar cualquier trabajo sucio o de esclavo y cualquier programa de «ocupación», aun el más absurdo, para demostrar su disposición incondicional para con el trabajo. Si aquello que deben hacer tiene o no algún sentido, o es el mayor absurdo, no interesa de ningún modo. Lo que importa es que queden en movimiento permanente para que nunca olviden a qué ley obedece su existencia.

Otrora, los hombres trabajaban para ganar dinero. Hoy, el Estado no ahorra gastos ni costos para que centenares de miles de personas simulen trabajos en extrañas «oficinas de entrenamiento» o «empresas de ocupación», para que queden en forma para «puestos de trabajo regulares» que nunca ocuparán. Se inventan cada vez más «medidas» nuevas y más estúpidas, sólo para mantener la apariencia de la rueda del trabajo social que gira en falso funcionando ad infinitum. Cuanto menos sentido tiene la coerción del trabajo, más brutalmente se inculca en los cerebros humanos que no habrá más ningún pan gratis. En este sentido, el New Labour y todos sus imitadores se muestran, en todo el mundo, enteramente compatibles con el modelo neoliberal de selección social. Por la simulación de «ocupación» y el fingimiento de un futuro positivo de la sociedad del trabajo, se crea una legitimación moral para tratar de una manera más dura a los desocupados y a los que rehúsan trabajo. Al mismo tiempo, la coerción estatal de trabajo, las subvenciones salariales y los trabajos llamados «cívicos y honoríficos» reducen cada vez más los costos del trabajo. De esta manera, se incentiva masivamente el sector canceroso de salarios bajos y trabajos miserables. La denominada política activa de trabajo, según el modelo del New Labour, no escatima siquiera enfermos crónicos ni madres solteras con niños pequeños. Quien recibe ayuda estatal sólo se libra del estrangulamiento institucional cuando lleva una plaquita plateada adherida al dedo del pie. El único sentido de esta impertinencia está en evitar al máximo posible que las personas hagan cualquier solicitud al Estado y, al mismo tiempo, demostrar a quienes caigan fuera que, ante tales instrumentos terribles de tortura, cualquier trabajo miserable parezca agradable.

Oficialmente, el Estado paternalista sólo castiga por amor, con la intención de educar severamente a sus hijos denunciados como «prejuiciosos», en nombre de su propio progreso. En realidad, esas medidas «pedagógicas» sólo tienen como objetivo apartar a los individuos de mala traza de su puerta. ¿Cuál sería el sentido de obligar a los desempleados a trabajar en la recolección de espárragos? El sentido es alejar a los trabajadores temporeros polacos, los únicos que aceptan los salarios de hambre, dadas las relaciones cambiarias, que los transforman en una paga aceptable. Pero para los trabajadores forzados esa medida es inútil y tampoco abre ninguna «perspectiva» profesional. E incluso para los productores de espárragos, los académicos malhumorados y los trabajadores cualificados que se les envían sólo significan un estorbo. Pero si después de una jornada de doce horas en los campos de repente aparece bajo una luz más agradable la idea extravagante de tener entre las manos, por desesperación, un perrito caliente, entonces la «ayuda para la flexibilización» demuestra un efecto neoliberal deseable.

 

«Cualquier empleo es mejor que ninguno.» (Bill Clinton, 1998)

«Ningún empleo es tan duro como ninguno.» (Lema de una exposición de carteles de la División de Coordinación Federal de la Iniciativa de los Desempleados de Alemania, 1998.)

«El trabajo cívico debe ser gratificado y no remunerado… pero quien actúa en el trabajo cívico

también pierde la mácula del desempleo por la recepción de la ayuda social.» (Ulrich Beck, El alma de la democracia, 1997.)

 

4. El agravamiento y la desmentida de la religión del trabajo

 

El nuevo fanatismo del trabajo, con el cual esta sociedad reacciona a la muerte de su dios, es la continuación lógica y la etapa final de una larga historia. Desde los días de la Reforma, todas las fuerzas fundamentales de la modernización occidental preconizaron la santidad del trabajo. Principalmente durante los últimos 150 años, todas las teorías sociales y corrientes políticas estaban poseídas, para decirlo de algún modo, por la idea del trabajo. Socialistas y conservadores, demócratas y fascistas combatieron hasta la última gota de sangre, pero, a pesar de toda la animosidad, siempre llevaron, en conjunto, sacrificios al altar del dios-trabajo. «Apartaos los ociosos», decía el Himno Internacional del Trabajo, y «el trabajo libera», se declaraba terroríficamente desde los portones de Auschwitz. Las democracias pluralistas de la posguerra se pronunciaron aún más a favor de la dictadura eterna del trabajo. Incluso la Constitución del Estado de Baviera, archicatólico, enseña a sus ciudadanos a partir del sentido de la tradición luterana: «El trabajo es la fuente del bienestar del pueblo y está bajo la protección especial del Estado». Al final del siglo XX, casi todas las diferencias ideológicas desaparecieron. Quedó el dogma cruel según el cual el trabajo es la determinación natural del hombre. Hoy, la propia realidad de la sociedad del trabajo desmiente este dogma. Los sacerdotes de la religión del trabajo siempre predicaron que el hombre, por su supuesta naturaleza, sería un animal laborans. Solamente se tornaría humano en la medida en que se sometiese, como Prometeo, a la materia natural y a su voluntad, realizándose a través de sus productos. Este mito de explorador del mundo y demiurgo que tiene su vocación fue desde siempre un escarnio en relación al carácter del proceso moderno de trabajo, aunque en la época de los capitalistas-inventores, del tipo de Siemens o Edison y sus empleados cualificados, tuviese aún un sustrato real. Hoy, este gesto es totalmente absurdo.

Quien actualmente se pregunta todavía por el contenido, sentido o fin de su trabajo se vuelve loco – o un factor de perturbación del funcionamiento del fin en sí mismo de la máquina social. El Homo faber, antiguamente orgulloso de su trabajo y con su gesto limitado aplicándose en serio a lo que hacía, hoy está tan pasado de moda como la máquina de escribir mecánica. La Rueda tiene que girar de cualquier modo, y punto. De la invención de sentido son responsables los departamentos de publicidad y ejércitos enteros de animadores y psicólogos de empresa, consultores de imagen y traficantes de drogas. Donde se balbucía continuamente un blablablá sobre motivación y creatividad no ha quedado nada, a no ser el autoengaño. Por eso cuentan hoy las habilidades de autosugestión, autorrepresentación y simulación de competencia como las virtudes más importantes de los ejecutivos y los trabajadores especializados, las estrellas de los media y los contables, los profesores y los guardas de estacionamiento.

También la afirmación de que el trabajo sería una necesidad eterna, impuesta al hombre por la naturaleza, se volvió, con la crisis de la sociedad del trabajo, ridícula. Desde hace siglos se predica que el dios-trabajo necesitaría ser adorado porque las necesidades no podrían ser satisfechas solas, esto es, sin el sudor de la contribución humana. Y la finalidad de toda esta empresa del trabajo sería la satisfacción de necesidades. Si esto fuese verdad, la crítica al trabajo tendría tanto sentido como la crítica a la ley de gravedad. Porque, ¿cómo una «ley natural» efectivamente real puede entrar en crisis o desaparecer? Los oradores del campo del trabajo social – desde la socialité engullidora de caviar, neoliberal y maníaca por la eficiencia hasta el sindicalista barriga-de-cerveza– quedan en una situación embarazosa con su seudonaturaleza del trabajo. Al final, ¿cómo pueden explicarnos que hoy tres cuartas partes de la humanidad estén hundiéndose en un estado de calamidad y miseria solamente porque el sistema social del trabajo ya no necesita su trabajo? No es más una maldición del Antiguo Testamento –«comerás tu pan con el sudor de tu frente»– que pesa sobre los que cayeron fuera, sino una nueva e implacable condena: «No comerás porque tu sudor es superfluo e invendible». ¿Y será esto una ley natural? No es nada más que el principio social irracional que aparece como coerción natural porque ha destruido, a lo largo de los siglos, todas las otras formas de relación social o las ha sometido y se ha impuesto absolutamente. Es la «ley natural» de una sociedad que se considera muy racional, pero que, en verdad, sólo sigue la racionalidad funcional de su dios-trabajo, a cuyas «coerciones objetivas» está dispuesta a sacrificar el último resto de humanidad.

 

«El trabajo está siempre, por más bajo y miserable que sea, en relación con la naturaleza. Sólo el deseo de realizar trabajo conduce ya a la verdad y a las leyes y prescripciones de la naturaleza, que son la verdad.» (Thomas Carlyle, Trabajar y no desesperar, 1843)

 

5. El trabajo es un principio coercitivo social

 

El trabajo no es, de ningún modo, idéntico al hecho de que los hombres transforman la naturaleza y se relacionan a través de sus actividades. En tanto haya hombres, construirán casas, producirán vestimentas, alimentos, así como criarán hijos, escribirán libros, discutirán, cultivarán huertas, harán música, etc. Esto es banal y se entiende por sí mismo. De lo que no es inmediato que la actividad humana en sí, el puro «gasto de fuerza de trabajo», sin tener en cuenta ningún contenido e independiente de las necesidades y de la voluntad de los implicados, se haya vuelto un principio abstracto, que domine las relaciones sociales.

En las antiguas sociedades agrarias existían las más diversas formas de dominio y de relaciones de dependencia personal, pero ninguna dictadura del abstractum trabajo. Las actividades en la transformación de la naturaleza y en la relación social no eran, de ninguna manera, autodeterminadas, pero tampoco estaban subordinadas a un «gasto de fuerza de trabajo» abstracto; al contrario, estaban integradas en el conjunto de un complejo mecanismo de normas prescriptivas religiosas, tradiciones sociales y culturales con compromisos mutuos. Cada actividad tenía su tiempo particular y su lugar particular; no existía una forma de actividad abstracta y general. Solamente el moderno sistema productor de mercancías creó, con el fin en sí mismo de la transformación permanente de energía humana en dinero, una esfera particular, «disociada» de todas las otras relaciones y abstraída de cualquier contenido, la esfera del llamado trabajo – una esfera de actividad dependiente incondicional, desconectada y robótica, separada de lo restante del contexto social y obediente a una abstracta racionalidad funcional de «economía empresarial», más allá de las necesidades. En esta esfera separada de la vida, el tiempo deja de ser tiempo vivido y vivenciado; se transforma en simple materia prima que necesita ser optimizada: «tiempo y dinero». Cada segundo es calculado, cada ida al cuarto de baño se convierte en un trastorno, cada conversación es un crimen contra el fin autónomo de la producción. Donde se trabaja, sólo puede haber gasto de energía abstracta. La vida se realiza en otro lugar, o no se realiza, porque el ritmo del tiempo de trabajo reina sobre todo. Los niños ya están domados por el reloj para tener algún día «capacidad de eficiencia». Los festivos sólo sirven también para la reproducción de la «fuerza de trabajo». E incluso a la hora de la comida, de la fiesta y del amor, la aguja de los segundos toca en el fondo de la cabeza. En la esfera del trabajo no cuenta lo que se hace, sino que se haga algo en cuanto tal, pues el trabajo es justamente un fin en sí mismo, en la medida en que es el soporte de la valorización del capital – dinero –, el aumento infinito del dinero por sí solo. El trabajo es la forma de actividad de este fin en sí mismo absurdo. Sólo por eso, y no por razones objetivas, todos los productos son producidos como mercancías. Porque únicamente de esta forma representan el abstractum dinero, cuyo contenido es el abstractum trabajo. En esto consiste el mecanismo de la incesante rueda social autónoma, de la que la humanidad moderna está prisionera.

Y precisamente por eso, el contenido de la producción es tan indiferente a la utilización de los productos y a las consecuencias sociales y naturales. Si se construyen casas o se siembran los campos de minas, si se imprimen libros, se cultivan tomates transgénicos, si las personas enferman, el aire está contaminado o si «sólo» se perjudica el buen gusto… todo eso no interesa. Lo que interesa, de cualquier modo, es que la mercancía pueda ser transformada en dinero y el dinero en nuevo trabajo. Que la mercancía exija un uso concreto, y que éste sea destructivo, no le interesa a la racionalidad de la economía empresarial; para ella, el producto sólo es portador de trabajo pretérito, de «trabajo muerto». La acumulación de «trabajo muerto» como capital, representado en la forma “dinero”, es el único «sentido» que conoce el sistema productor de mercancías. ¿«Trabajo muerto»? ¡Una locura metafísica!, dirían. Sí, pero una metafísica que se ha vuelto realidad palpable, una locura «objetivada» en la sociedad con mano férrea. En el eterno comprar y vender, los humanos no intercambian bajo la condición de seres sociales conscientes, sino que sólo ejecutan como autómatas sociales el fin en sí mismo que les ha propuesto el poder.

 

«El trabajador sólo se siente consigo mismo fuera del trabajo, mientras que en el trabajo se siente fuera de sí. Está en casa cuando no trabaja; cuando trabaja no está en casa. Su trabajo, por eso, no es voluntario, sino obligado; es trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino sólo un medio para satisfacer necesidades externas a él mismo. La extrañeza del trabajo revela su forma pura en el hecho de que, desde que no existe ninguna coerción física u otra cualquiera, huye de él como si fuese una peste.» (Karl Marx, Manuscritos económico-filosóficos, 1844)

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Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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2 respuestas a Trabajo, capital y política, y la importancia crítica de pensar y decidir (I)

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