Jornada anti-transgénicos

En función de la dolorosa claudicación del gobierno español ante la potente industria biotecnológica productora de cultivos transgénicos, y dada la absoluta falta de respuesta de una población completamente ignorante de la magnitud del problema que se plantea, yo suponía que era impensable que se desarrollaran actos populares en contra de estos productos. O más bien, en contra el uso perverso que de ellos hacen las grandes empresas dedicadas a su tráfico. Perverso, aclaro, por esgrimir frecuentemente información engañosa o sin contrastar suficientemente y, ante todo, por centrar su atención no en el bienestar del individuo, sino en el beneficio económico de la empresa. Sin embargo, el pasado martes, 21 de Abril, la caravana anti-transgénicos de Greenpeace recaló en Toledo, donde se organizó un puesto informativo y una exposición itinerante por la mañana, en Zocodover, y por la tarde se proyectó la película “El mundo según Monsanto”, seguida de una mesa redonda, en el Círculo de Arte. El organizador tuvo la amabilidad de invitarme a participar en la mesa redonda, supongo que en parte porque otros profesores de mi misma Facultad habían declinado la invitación (hablan en privado, pero reconocen que en público no se quieren pronunciar).

Lamento decirlo, pero mi percepción personal del acto en el Círculo fue, sobre todo, de decepción. Para empezar, no había más de 50 asistentes (el 0,06 % sobre un censo poblacional de 80.810 habitantes del municipio de Toledo en 2008), lo que ya es suficientemente demostrativo del grado de implicación del ciudadano medio en asuntos de tanta importancia. Algunos de los participantes en la mesa y el organizador del acto insistieron en que una asistencia tal era un éxito, dado el grado de desconocimiento general sobre lo que representan los cultivos transgénicos. Si, es cierto, tienen toda la razón, pero ¿qué pasa con uno de los sectores supuestamente más interesados por las cuestiones ambientales, como son los alumnos de la Facultad donde imparto docencia? De esos 50 asistentes, solo cinco eran alumnos. Alumnas, vamos. Y para precisar más: tres ya licenciadas (una exuniversitaria, una doctoranda y una contratada de investigación) y dos a punto de hacerlo, pues tienen sus proyectos de fin de carrera prácticamente terminados. A pesar de haberme hartado de dar publicidad al acto a través del correo electrónico, de Moodle, de Facebook, de Tuenti y comentándolo de palabra, y de que una proporción considerable del alumnado de primero y segundo me hubiera dicho que iba a acudir, no fue ni uno solo de ellos. Cuando se trata de asuntos que exigen un esfuerzo y un compromiso personal, hay una gran tendencia a escurrir el bulto y mirar para otro lado. Comprendo que bastantes tuvieran que hacer trabajos, asistir a prácticas o preparar algún examen, pero que no viniera ni uno… ¿Qué grado de concienciación tienen en relación con asuntos ambientales, ellos, los gestores del ambiente de mañana? A mí, como formador que intenta fomentar el espíritu crítico, me decepciona y me inquieta.

Por otro lado, no asistió tampoco ninguno de mis compañeros profesores. Ni uno. ¿A qué se debe esta aparente falta de solidaridad para con el compromiso social, por más que tenga que ver con el ambiente? Que no vinieran quienes colaboran directa o indirectamente con el negocio biotecnológico transgénico es entendible; no van a tirar piedras a la teta que les nutre (y al entorno que la da cobijo). Que no lo hicieran los que viven en Madrid, que no son pocos, pues hasta cierto punto también. ¿Y el resto…? Algunos deben contarse entre esos que están dispuestos a hablar en privado pero no a comprometerse públicamente. Será que no tienen claro que el uso masivo de transgénicos no sea potencialmente peligroso, o incluso puede que estén a favor. No lo sé. Solo sé que, una vez más, me siento solo en el seno de mi propio colectivo. 

El documental “El mundo según Monsanto” es demoledor, y a mí me dejó la misma sensación de amargura y derrota que experimento siempre que queda patente el poder arrasador del negocio y del dinero por encima de cualquier otro valor y, para colmo, quien está detrás aparenta ser el paradigma del progreso y la justicia. Como la energía nuclear, como el mismo dinero, la transgénesis no es buena ni mala en sí misma; es el mal uso que hacemos de ella lo que puede convertirla en un peligro doble, biológico y, sobre todo, social. Desde mi punto de vista, que una megaempresa del calibre de Monsanto transmita en ocasiones importantes mensajes engañosos es terrible y grave, pero aun así no es lo peor (pues siempre pueden ocurrir accidentes, aunque lo más ético no sea ocultarlos; y las cosas no son nunca blancas ni negras, sino de alguna forma grises, y los transgénicos no son necesariamente el diablo personificado). Lo más horroroso de todo es que, para el sistema productivista y mercantilista que la sostiene, no tienen absolutamente ninguna importancia no ya los sentimientos de los sujetos singulares (productores y trabajadores individuales en general), sino ni siquiera sus intereses. Es un sarcasmo cruel que sea precisamente esa masa social, que hoy día es acrítica y cómoda (porque tiene bienes que perder y réditos que proteger, especialmente el trabajo y su pequeño capital), y que está engañada y rendida (entre otras cosas por unos medios de comunicación completamente dirigidos), la que sustente en el poder con sus votos a partidos políticos que, de hecho, permiten y defienden esta dinámica. Incluso a partidos que se autodenominan “socialistas” (si Bakunin, o el mismo Pablo Iglesias, levantaran la cabeza…). El modelo “democrático” occidental ha perdido su esencia y se está convirtiendo paulatinamente en una pantomima irrelevante, que requiere de una reforma a fondo o de la sustitución por otro modelo diferente. Quien en realidad lleva las riendas ahora mismo, como demuestra el hecho de que proliferen las llamadas “organizaciones no gubernamentales”, no son los gobiernos, sino el mercado, a través de unas pocas megaempresas que acaparan la inmensa mayor parte del capital. Monsanto es una de las más representativas. Y el gobierno español (los gobiernos democráticos postfranquistas, sin excepción), el paradigma del títere. Esta misma semana, el Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino (MARM) ha dado el visto bueno al cultivo y consumo de maíz transgénico Mon 810 (de Monsanto, claro), y el secretario de Estado de Medio Rural y Agua del MARM ha afirmado sin rebozo alguno que la prohibición del gobierno alemán responde a ¡intereses comerciales de los agricultores! Es inaudito que nuestras autoridades, pagadas por nosotros mismos, antepongan de esta manera en su esquema mental los intereses de las empresas a los de los productores, mucho más débiles y vulnerables (por mucho que se asocien y por mucho ecologista que haya detrás). Que no se respete el principio de precaución ante los posibles riesgos ambientales y para la salud del cultivo masivo de transgénicos y su consumo es grave y triste, si bien no puede descartarse la posibilidad de que se acabe demostrando que dichos riesgos, o la mayor parte de ellos, no existan. Pero que se intente culpabilizar a los propios productores (¡desde un gobierno “socialista”!) es tremendo y deja las cosas muy claras sobre quien lleva las riendas aquí, máxime cuando España es el único país europeo que permite dicho cultivo masivo, su gestión posterior y su empleo en la alimentación. Será que, como decía Franco, seguimos siendo la “reserva espiritual de Occidente”; será que todos están equivocados menos nosotros. Que además dicho secretario de Estado se atreva a argumentar sobre el carácter “ecológico” de los alimentos trangénicos no hace más que aclarar mejor todavía en qué manos estamos. Monsanto y cierra España. Qué infinita perspicacia la de Cervantes cuando dio forma a su Quijote…

En un momento dado de la proyección, cuando quedaron en evidencia las consecuencias que puede tener la aplicación al ganado vacuno de hormonas transgénicas para favorecer su crecimiento, me eché a temblar de manera muy particular, porque ya no se trata solo de lo que podamos estar comiendo o respirando personas adultas. Es que ¿qué le estoy dando a mi propio hijo, y que le he estado dando desde que nació? ¿Qué consecuencias puede tener para el desarrollo de las generaciones más jóvenes y para su propio bienestar el haberse alimentado durante muchos años con leche tan modificada respecto a lo que el cuerpo se ha habituado a lo largo del proceso evolutivo?

Tras el documental, y con la amargura y el desasosiego en la garganta, tuvo lugar la mesa redonda. La verdad es que los que participamos en ella no nos organizamos particularmente bien. Tampoco estuvimos muy brillantes, con la excepción del director de campaña de Greenpeace. Yo, al menos, estaba muy impactado por lo que acababa de ver y escuchar, y reconozco que estuve ciertamente torpe en la concreción de mis mensajes. Pero bueno, al menos esbozamos allí unas cuantas ideas sobre la necesidad de ser cautos con la utilización de los productos transgénicos, de contribuir a un cambio de paradigma socioeconómico y de informar convenientemente al ciudadano de a pie. Al menos nos reunimos unos pocos y pusimos nuestro granito de arena. Al menos hay quien está por la labor de rechazar las imposiciones de corte totalitario del sistema tecnocrático, empresarial y productivista-intensivista y plantearse alternativas. Personalmente soy bastante pesimista en relación con los resultados que podamos obtener. Pero como nos recordó el representante de Greenpeace, no nos queda otra alternativa que “tener los pies en la tierra pero la cabeza en el cielo”. Me suena que la frase, llena de significado y belleza, es de Teresa de Calcuta.

 

Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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