Adiós, Juan. O…

Así, de pronto, te has ido. ¿Quién se lo hubiera podido imaginar? Esa enfermedad de nuestros días llamado cáncer, tan extendida entre otras cosas por la cantidad desorbitada de productos tóxicos que hay en el ambiente (y por culpa de ese maldito tabaco), se te ha llevado en unas pocas semanas.

Esta mañana hemos estado diciéndote adiós. O, por decirlo de otra forma, nos hemos reunido tus más allegados y conocidos para hablar entre nosotros como si lo estuviéramos haciendo contigo. Éramos muchos, muchísimos. Nunca he visto tanta gente en un funeral. Supongo que te habrás sentido bien; qué mayor placer puede haber para una persona sensible que reunir a los que aprecia en torno a un mensaje de paz y amor. Y vida. Tú y yo lo habíamos hablado muchas veces: el individuo como materia no perdura, pero su esencia queda. En primer lugar, directamente, en tu hijo Juanito. En segundo lugar, en todos nosotros, porque algunos de tus gestos, de tus actitudes y de tus formas serán imitados por nosotros mientras vivamos. Además, como has sido maestro, has creado impronta y dejas escuela. Escuela de vida, que es la más importante.

Ayer por la tarde, cuando llegué a tu casa, me quedé un rato muy largo mirando desde la acera hacia el otro lado de la calle, como habrás hecho tú miles de veces durante estos años pasados. Mis ojos estaban captando exactamente lo mismo que los tuyos tantas y tantas veces; pero los tuyos ya no pueden captarlo. Es extraño. Es sobrecogedor. Y me obligó a apartarme a un lado y meditar a solas sobre la condición humana, extraordinaria e infinitamente humilde, transitoria y persistente al mismo tiempo. Qué gran misterio es la vida. Cuánto hemos llegado a saber de ella mediante nuestras capacidades intelectuales y sensitivas, y cuánto ignoramos…

Una vez dentro de tu casa, era patente que sigues llenándolo todo. En cada lágrima, en cada sonrisa, en cada frase no solo de tus padres, hermanos, hijo, sobrinos y otras personas que compartieron genes contigo, sino también de quienes compartimos esencia. Es decir, ideas, palabras, sentimientos. Qué entrañables, a la vez que intensos, esos ratos de conversación cruda y desnuda con tus padres. Qué emocionante reencuentro el de Manolo con vosotros… propiciado por ti, fíjate. Qué extraordinario, aunque breve, intercambio de argumentos con Nico, tu buen amigo Nico, que me estaba haciendo revivir con toda claridad mis charlas contigo. Cuánto no habremos podido explorar entre tú y yo, como ayer lo hice con Nico, y como después trabajábamos a solas con nosotros mismos cada uno en su ámbito, las fronteras entre ciencia y arte, entre intelecto y sensibilidad… las fronteras del conocimiento, en una palabra, desde todas sus perspectivas. Las mismas que Nico y yo rozamos ayer con apenas unas frases basadas en tu obra inconclusa, como es la obra de cada uno de quienes tratamos de crear desde el taller de la singularidad personal. De quienes somos cautivados por tantas ideas y comenzamos a darles forma hasta que otra idea se nos cruza por delante, de manera que si uno no forma escuela (es decir, no se convierte en maestro) su obra no adquiere trascendencia más allá de uno mismo. Concluir, por lo tanto, es compartir con otros lo que has comenzado, para que ellos lo compartan a su vez con otros. Esa idea de que el trabajo ha de estar acabado y redondo antes de compartirlo y antes de comenzar otro tiene mucho más que ver con las demandas de nuestra sociedad productivista, cuyos principios se enraízan en lo más rancio de la filosofía judeo-cristiana, y que ha conducido a aberraciones tales como la deificación de la productividad mercantilista. Esa misma que nos ha proporcionado grandes avances técnicos, es indudable; pero a costa de las enormes cuotas de insatisfacción personal que todos sentimos a nuestro alrededor y en nosotros mismos todos los días.

En fin… Adiós, Juan. O buenos días. Se ha levantado buena la mañana, ¿verdad? Vamos a darnos un paseo por las huertas. Llévate el botillo, anda.

Juan, 10-10-81

Juan, 9-4-08

Arriba: Trillo, Navidad de 1981.

Abajo: la que ha sido su última foto, en su casa, 9-4-2008 (gracias, Laura, por pasármela).

   

  

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Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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4 respuestas a Adiós, Juan. O…

  1. Qué texto tan hermoso. Cuesta mucho hacer un comentario sin que una sienta que está profanando la pureza de un sentimiento lleno de vida, aún así me aventuro para decir, únicamente, que… se queda la esencia, en ti y en cada uno de los que habéis compartido un pedacito de vida con este ser. Se queda la esencia, con cada recuerdo lleno de amor.

  2. Pingback: Encarnitos | Conde Nado (Al fondo a la izquierda, por favor)

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