Huellas en el tiempo (Galicia, 2005)

No se puede apreciar ni de lejos la magia de esta esquina de Iberia llamada Galicia con haber pasado solo unos pocos días en ella. Pero algo puede uno llevarse en la mochila del recuerdo. Y eso, a pesar de las dos grandes plagas que la asolan: la repoblación atroz con eucalipto tras la roturación o quema salvaje de carballos, castaños, avellanos y otras leñosas autóctonas, uno de los mayores crímenes contra la naturaleza perpetrados por organismos públicos y terratenientes españoles, y la turistocracia galopante y dispersora de homogeneidades banalizantes, principal causante de la urbanización disonante y anárquica, permitida y alentada por unos gobernantes ciegos por lo que al largo plazo se refiere y ávidos de sacar beneficio rápido y fácil. Aun así, perduran por doquier, muchas semiescondidas, las huellas del paso de los pueblos que aquí habitaron, muy en particular las de los últimos cromañones y las de los celtas. Las huellas neolítica y celta, si se las busca, aparecen salpicando el paisaje gallego aquí y allá. Dólmenes, menhires, petroglifos y castros son relativamente abundantes. No hay que escudriñar demasiado.

En un primer acercamiento, el rasgo cultural que parece más singular de Galicia, o al menos del área de las Rías Bajas, es el culto a la muerte. Los cementerios actuales siguen estando en las iglesias, muchas de ellas en los núcleos urbanos. Es decir, los muertos y los vivos están entremezclados, como si los primeros aun formaran parte de la comunidad viviente. Eso sucede, por ejemplo, en Portosín o Noya. Lo que uno se pregunta es cómo los gallegos, que han convivido desde tiempo inmemorial con el recuerdo viviente de sus muertos al pie mismo de sus ventanas, teman a las meigas o a la Santa Compaña. Misterios para los que no somos gallegos.

En Noya, casi por casualidad, me tropiezo con la iglesia de Santa María A Nova, bellísimo edificio románico del siglo XII, rodeado de tumbas de todas las épocas (muchas de ellas recientes). El templo está ahora convertido en Museo de las Lápidas (Museo das Laudas). Las lápidas sepulcrales, graníticas y basálticas, ordenadas en su interior, están adornadas con relieves, grabados e inscripciones profesionales de los difuntos cuyas tumbas taparon. Parece ser, como leo, que se considera el cementerio gremial de la península mejor conservado. Las lápidas están datadas de entre los siglos XIII y XV.

El Petroglifo da Picota está situado a las afueras de Portosín, camino de Noya. Está muy deteriorado por el paso del tiempo, y representa algo así como un grupo de circunferencias concéntricas y una serie de líneas curvas abajo, a la derecha. ¿Son acaso los restos de un «nudo de Salomón», que tanto grababan los celtas? Ni idea de cual puede ser su significado, pero emociona saber que gentes de hace entre veintiséis y veintidós siglos esculpieron esos símbolos en la roca basáltica (la roca más antigua del solar ibérico) para comunicar algún mensaje, críptico o no. Sobrecoge pensar que fuera obra de algún grupo de druidas, los receptores y transmisores del conocimiento mistérico y de las tradiciones históricas de aquel tiempo, los seguidores del Sol y de la Vía Láctea.

Siguiendo una senda torpemente trazada por las máquinas encargadas de evacuar los troncos de los eucaliptos recién talados, en busca de las flores que tapizan lo que queda de bosque autóctono, tropiezo con un menhir doble que no encuentro en los mapas ni en los manuales. La pieza mayor, de aproximadamente 1’80 m de altura, tiene dos oquedades rectangulares aproximadamente a la altura de mi barbilla. ¿Quién pudo situar aquellas piedras en ese lugar? ¿Los druidas celtas, igualmente? ¿Qué significado pudieron tener? Las oquedades, ¿representan los ojos siempre al tanto de lo que ocurre en el bosque? ¿O la conexión entre la visión de los vivos y la de los muertos?

Santiago de Compostela. A pesar de que hace ya muchos siglos es uno de los símbolos del neocatolicismo, usurpador de prácticamente todas las esencias cristianas auténticas, primigenias, no está de más visitarlo. No ya por la catedral en sí, que por dentro no es, desde mi punto de vista, gran cosa en comparación con otras (León, Burgos, Toledo, Sevilla). Y que ofrece, entre otros, el espectáculo bochornoso de las interminables colas de gentes probablemente bienintencionadas pero meridianamente ignorantes para ver «el sepulcro del apóstol». Bonita estafa, ideada por Pelagio (o Pelayo), medio asceta, medio pícaro, que «vio luces» en aquellas piedras; convertida después en milagro por Teodomiro, obispo de Iria Flavia, que declaró «por intervención divina» que allí se encontraba la tumba de Santiago; y asimilada rápidamente como estandarte de la cristiandad contra los sarracenos por Alfonso II el Casto de Asturias (y subsiguientemente por Pelayo y el resto de los caudillos y caudilletes «cristianos», que intentaron aniquilar el rastro árabe de la faz de Iberia). La artimaña tuvo su valor como símbolo para satisfacer un objetivo concreto, la llamada «Reconquista»; pero no deja de ser una estafa, que la oficialidad historiadora actual debería reconocer con mayor rotundidad. Pero claro, eso de acabar con el «patrono de España» de esa forma no es muy ortodoxo… La catedral, por fuera, sí tiene variados encantos arquitectónicos, así como la plaza del Obradoiro. Una pena que, como en todas partes donde hay templos con alguna entidad, proliferen los mercaderes de toda clase de recuerdos (de un gusto horroroso, la mayor parte de las veces; el caso del Rocío, en Huelva, es el más patético que recuerdo, aunque Covadonga no le va a la zaga). Santiago, como ciudad, tiene un núcleo central muy bello, con un aura de sencillez y tranquilidad muy notable. Admira ver edificios que crecieron en torno al símbolo catedralicio desde hace 1.200 años (aunque muchos sean más modernos). Particularmente llamativas son las enormes losas de piedra basáltica que pavimentan las calles. Poco más, desde mi punto de vista, aparte de algunos otros edificios del núcleo central. Pero a mí me interesa más seguir la estela láctea, como los antiguos druidas célticos (no como esos sucedáneos jacobeos actuales, desde luego), y llegar al «final de la tierra»: Finisterre, o Fisterra en gallego.

Sobrecoge. Subir hasta lo alto de los peñascos, al borde de los acantilados de la Costa da Morte, y pensar que por muchos siglos los humanos pensaban que aquello era el fin, le deja a uno anonadado. Finisterre. Donde ni la ruta descrita por el Sol en su paseo diario por el firmamento ni la Vía Láctea podían continuarse más. El punto final del viaje de los pueblos errantes del norte de la Península, en particular los celtas (o al menos aquellos que no se adentraron hacia el sur, para mezclarse con el caleidoscopio de pueblos «íberos»). En realidad, hoy hay poco de interés que encontrarse allá arriba, como no sean las vistas hacia el mar inmenso al frente y hacia el oeste y hacia la Ensenada do Sardiñeiro y la ría de Corcubión al este. Y, por supuesto, la cabeza de perfil supuestamente tallada por los celtas, que mira directamente al sur, y que al tener rasgos mesoamericanos (aztecas o mayas) ha hecho especular a algunos historiadores y escritores con la posibilidad de que los celtas alcanzaran América… y regresaran, lo cual hubiera sido no poca hazaña, y parece bastante inverosímil.

En todo caso, y volviendo al presente, es verdaderamente cómico sentarse debajo de la cabeza en cuestión y ver cómo los turistas pasan sin cesar a su lado sin percatarse de ella, y sin embargo se paran escasamente un metro más abajo a leer una placa absolutamente banal (de yo no sé qué general argentino o bobada semejante). Bueno, una de las varias placas con inscripciones banales, por supuesto todas ellas contemporáneas o, al menos, recientes. También se paran a ver el faro y las múltiples estatuillas insignificantes colocadas por allí en los últimos años. Si toda esa gente supiera la cantidad de rocas talladas con petroglifos que pueden encontrar entre Corcubión y Muros… Pero aparentemente eso no les importa. Nadie les ha explicado nunca su significado, su importancia. Y ellos o no leen o leen otras cosas más cotidianas.

En el pueblo de Finisterre es interesante la iglesia románica de Santa María de Areas, del siglo XII, con su fachada a modo de pórtico múltiple y sus inscripciones sobre la piedra.

El Castro de Baroña, en la llamada Punta do Castro (a unos 4 km desde el pueblo de Porto do Son en dirección a Ribeira), sobre unos roquedos altos casi a línea de costa, está compuesto de los restos de los amurallamientos escalonados, una calzada, la puerta principal del poblado, los basamentos de las chozas (elípticos) y de algunas otras edificaciones (rectangulares) y varias otras estructuras de lo que fue un poblado celta (quizá de la tribu de los Presamarcos). En su interior se distinguen dos zonas o «barrios» bien delimitados. De nuevo pasma pasear por entre las «calles» e imaginar una jornada de hace, pongamos, 2.300 años, con el mar unas decenas de metros más abajo golpeando incesantemente el acantilado…

 

El dolmen de Axeitos, en los alrededores de Ribeira, es otra maravilla más. Se trata de un dolmen con cinco grandes losas basales, tres de las cuales sostienen la losa superior, al cual se accede por un camino bordeado de losas menores. Al parecer es una tumba común de unos 5.500 años de antigüedad, es decir, celta. Tengo la suerte de llegar al lugar en un momento en el que el marasmo turístico está ausente (es la hora de la siesta), y puedo introducirme en el dolmen y quedarme allí un buen rato. ¿Cómo describir la sensación? Recogimiento. Plenitud. Intensidad. La magia gallega… aunque incluso aquí se hayan plantado eucaliptos, maldita sea.

El último lugar que me da tiempo de visitar, y que en realidad no me quería perder, es Padrón. La carretera entre Noya y Padrón es una comarcal bastante estrecha, en su mayor parte rodeada de arboledas. De nuevo, lo que domina son los eucaliptos y los pinos en filas (para rematar la horrendez), pero también hay muchos retazos, en algunos casos densos, del bosque original planifolio y mesófilo. Padrón es un caos urbanístico absoluto; ha crecido en desorden exagerado. Me doy una vuelta por el pueblo con el coche, puesto que el lugar más cercano al centro donde podía aparcar queda a 1 km de éste, más o menos. Encuentro el núcleo central muy bello y merecedor de una visita más pausada. Pero es relativamente tarde, y tras respirar tenuemente las huellas del priscilianismo sobre la roca de la iglesia principal y de algunos otros rincones, y observar aquí y allá las inevitables referencias a Rosalía de Castro y Camilo José Cela, me dirijo a Iria Flavia. Un chasco. La señalización, nefasta, me hace confundirme varias veces, y al final no doy con lo que busco. ¿O es que ya no existe nada de lo que hubo, e Iria Flavia es un grupo de casas recientes y mal colocadas sobre los restos antiguos? Me quedo con la duda. Otra vez será.

Iria Flavia: busto en recuerdo de Camilo José Cela

La luna creciente nos ha estado acompañando en nuestra estancia en Portosín. La luna llena sonreía reluciente la noche del 20. Como era obligado, hubo visita nocturna a la playa. Pero otro chasco. Poca magia, poca emoción. Tras el corto tramo a oscuras entre los consabidos eucaliptos, la playa está iluminada por potentes focos. ¿Para descubrir los desembarcos nocturnos de los Charlines y compañía? ¿Para evitar que se cometan «actos deshonestos», que tanto duelen a los ojos de esta sociedad hipócritamente puritana? Vaya usted a saber. El caso es que así no hay manera de conjurar a meiga que se precie ni esperar compañas de ningún tipo. La fábula va perdiendo terreno incluso aquí en Galicia, donde tan abundantes son sus huellas pasadas.

Bosque en Portosín

Ría de Noya

Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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