Color en movimiento

 Tres de julio de 1959. Mis pies, pequeñines todavía, algo más pequeños que los de mi niño ahora, pisaban por primera vez un pedacito de suelo alcarreño que habría de marcar decisivamente mi vida. Mis abuelos maternos habían adquirido un terreno con casa y cochera en la tierra de la mayor parte de mis antepasados. Casi toda mi infancia transcurrió en Madrid, pero todos los veranos pasaba al menos mes y medio en aquel lugar. Y mis recuerdos más íntimamente grabados y más emocionantes pertenecen a ese trozo de tierra, a orillas del Tajo, quizá en su punto más majestuoso: donde termina su tramo alto y, tras fundirse en él las aguas del Cifuentes, acaba remansándose en el Embalse de Entrepeñas. Olor a santolina, a manzanilla, a tomillo y romero. Sombras de encinas y quejigos sobre los tesos, rematados muchas veces por grandes bloques calizos y dolomíticos. Sobre el azul inmenso del enigma celeste, vencejos en primavera, chovas en verano con fondo de nimbos aislados, bandos errantes de tordos en invierno. Luna llena de agosto sobre la superficie nocturna, tibia y susurrante, del río, al son del canto del autillo y de los coros de grillos… Escenario primordial de mis curiosidades, de mis intrigas y de mis pasiones niñas y jóvenes. Escenario basal de mi vida piramidal y al tiempo ramificada.

Probablemente fue el movimiento lo primero que llamó la atención de aquel niño en aquel paraje. El movimiento de los pequeños seres que se movían entre la maleza. No recuerdo mucho más; sólo que me fascinaba el ordenado desorden con que parecían actuar las hormigas, presentes por todos lados, y, por la noche, las cabriolas de las moscas, las crisopas y otros pequeños insectos que llegaban hasta la bombilla, la única que entonces se encendía, a la entrada de la casa.

Sin embargo, y esto sí lo recuerdo ya vivamente, pronto se despertó en mí un sentido estético que ya no se apagó nunca. Me atrapó definitivamente el color. Pero un color muy particular: un color en movimiento, hechizo mágico a través del cual se me abrieron con el paso del tiempo algunas de las puertas del conocimiento. Del sensitivo y del racional, considerados antagónicos por tantos poetas, filósofos y estudiosos pero en realidad complementarios, como sabemos todos quienes hemos cruzado alguna vez los umbrales del encantamiento viviente, de la brujería cotidiana pero atemporal.

Aquel mes de julio de 1963 el jardín de mi casa era, como todos los veranos, una mezcla de las tonalidades de las flores silvestres y cultivadas y de los distintos matices del verde de parras, cepas, álamos, frutales y hortalizas. Desde muy pequeño había garabateado sobre infinidad de papeles blancos toda clase de combinaciones de formas y tonos con lápices, ceras y acuarelas. El único recuerdo agradable que guardo del aciago y tenebroso día de aquello que llamaban los mayores «primera comunión», farsa entre las farsas de esta sociedad catolicoide en que lo que más importa no es la esencia, sino la apariencia, es una gran caja de lápices de cera con algo así como 40 unidades diferentes. Pero aquel verano descubrí el color en movimiento. Tenía siete años. El recuerdo del momento es absolutamente nítido. Un día, al bajar las escaleras que llevaban a la huerta, me sobresaltó la aparición súbita de una mariposa que estaba posada entre las hiedras de la pared, pero que huyó al sentir que me acercaba. Aquel ser relampagueante ejerció en mí una fascinación solo comparable al que ejercieron con el correr de los años algunas mujeres. Rojo sangre chillón entre amarillo anaranjado, combinándose al volar frenético con negro metálico a bandas crema en las alas anteriores y rojo carmín intenso con puntos negros en las alas posteriores. Una auténtica joya zigzagueante, veloz, inaccesible en un principio. Ya entonces me fascinaba la naturaleza; el poder atrayente del río, los peces, los renacuajos que se transformaban en ranas, los escarabajos, las grandes masas de zarzamora rebosantes de animalillos de todos los tamaños y formas. Pero aquel momento, el encuentro con aquel ser extraordinario, supuso una descarga de adrenalina indescriptible. Casi podría decir que fue como una aparición. Una aparición real pero a la vez fantástica, asombrosa, presagio de todo lo que vendría en adelante, que marcó el mayor punto de inflexión de mi vida. Me acerqué al lugar donde se había posado aquella ninfa multicolor, pero volvió a levantar el vuelo. La vi arrebatarse y volverse a posar varias veces. Quería admirarla de cerca, tenerla en mis manos; pero no había manera. La seguí hasta que cruzó los límites del jardín, límites prohibidos para mí entonces.

 

La conmoción de aquel encuentro fue total. Estuve volviendo durante días al mismo lugar en busca de mi mariposa seductora, siempre pensando cómo hacer para poder acercarme más y más. Algunos días me encontraba con varias. En algún momento estuve muy cerca de alguna, tanto como para recordar con claridad total la imagen triangular negra con bandas ligeramente amarillentas que dejaba asomar el carmín moteado de negro de las alas posteriores. Pero pasaron muchos días, o al menos eso creo recordar, hasta que fui capaz de tener uno de aquellos seres fantásticos en mis manos. Naturalmente, no fue de una manera convencional. Hubo que recurrir a métodos drásticos. Un día me quité la camiseta, me acerqué con todo el sigilo que pude a la que habría de ser mi primera captura y le descargué un golpe tal que no solo la dejé medio atontada, sino con las alas bastante deterioradas. Pero aquello supuso para mí no solo la sensación de haber alcanzado el tesoro prohibido sino la de poder contemplar aquella belleza de cerca todo el rato que quisiera. Aquella mariposa, en realidad del grupo de las polillas de actividad diurna, fue el primer ejemplar de mi colección, tras ser atravesada por un alfiler. Mi actividad depredadora, porque tal es, tuvo un origen puramente estético, no científico, como defendí ante el estupor del tribunal el día de mi oposición a profesor titular de universidad. Fondo estético que no se ha perdido, por mucho que algunos de mis actuales colegas científicos y paracientíficos me lo recriminen o simplemente no lo entiendan. Es su asunto; entender con amplitud solo puede hacerlo quien tiene entendederas amplias. Una buena parte de los científicos de hoy día, especialmente españoles, no son humanistas en su sentido más estricto, sino racionalistas reduccionistas, en muchas ocasiones extraordinariamente diestros en el ejercicio de su profesión pero con un trasfondo espiritual, cultural e intelectual relativamente pobre. Semianalfabetos funcionales, como alguna vez les he denominado ante la indignación de esa parte rancia, mortecina y vacua de la esfera académica (un buen maestro ha de saber provocar, en sus diferentes vertientes, reacción, intensidad, atención, emoción y, en consecuencia, motivación; lección primera, pero desconocida por muchos de mis compañeros universitarios). Desde mi punto de vista, pretender como ahora se pretende que la visión mecanicista y materialista de la realidad lo abarca todo es tan infantil como las visiones creacionistas previas a la proposición de la teoría de la evolución por selección natural, a mediados del siglo XIX. Es necesario ser, de alguna manera, alquimista, es decir, mezclar la ciencia y la poesía, interpretar los fenómenos racionales a la luz del mito y, si es necesario y posible, de la mística. Pero esa es otra historia…

Durante el resto de aquel verano se repitieron los episodios de este corte. Como siempre he tenido un cierto toque de líder (a la contra, por supuesto; no un líder de masas, sino de minorías singulares), envolví a dos de mis primos en la aventura e ideamos algunas técnicas realmente ocurrentes para hacernos con algunas mariposas de extraordinaria belleza pero de difícil captura. Conseguimos unas cuantas, de las que alguna se conserva todavía en mi colección. Eso es, sin embargo, lo de menos; la cuestión es que mi fascinación por aquellos seres brillantemente coloreados y de movimiento rápido fue creciendo y creciendo, de tal forma que durante el transcurso de los siguientes diez años llegué a admirar y a conocer prácticamente todas las especies de mariposas diurnas de los alrededores y bastantes de las nocturnas. Blancas, marrones, negras, a bandas, azules, con colas… Todas fueron recibiendo sus nombres, primero personales («la blanca», «el ejemplar único», «la terciopelo», «la amarilla», «la vizca»…), más adelante técnicos.

Primera página de mi primer cuaderno de campo (1968; 12 años)

A partir de 1970, con 14 años, empecé a interesarme por un hecho que enlazaba la estética con la ciencia, porque fui dándome cuenta de que por la noche la variedad de mariposas, o polillas, que se mueven entre la maleza es muy superior a la de las diurnas. En particular, el regalo por parte de mi padre de la famosa enciclopedia lepidopterológica de Forster y Wohlfahrt «Die Schmetterlinge Mitteleuropas», que incluía entonces dos volúmenes sobre macroheteróceros o grandes polillas, y el contacto con entomólogos de la Universidad Complutense de Madrid, me llevaron a interesarme por un grupo fascinante de polillas. Aparentemente son pardas y poco atractivas; pero eso es sólo la primera impresión. Una vez que las observas con detenimiento, descubres la enorme gama de intensidades de ocres, marrones, grises, amarillos, negros y cremas que cubren sus alas. Eso, por un lado. Por otro, la gran semejanza aparente de muchas de esas especies y su extraordinaria diversidad las habían hecho un grupo poco conocido tanto entre los simples coleccionistas como entre los estudiosos. Rápidamente se me planteó la pregunta: ¿Cuántas especies de polillas de este grupo, al que los técnicos llaman noctuidos, tengo entre manos en la zona que tan bien conozco? A contestar esa pregunta dediqué veinte años. Veinte intensos años en que no solo iba entendiendo cada vez mejor qué diferencias había entre unas especies y otras, sino cuales eran su relaciones de parentesco evolutivo y cuales eran los misterios de su ciclo vital, tan íntimamente relacionado con el de las plantas. Por supuesto, eso me dio oportunidad de dedicar ratos infinitos a la mera observación de aquella belleza tan poco conocida, de vivir mucho tiempo en la soledad del campo mientras hacía las campañas de recogida de material (para mi tesis doctoral, sobre todo), de conocer y vivir cada milímetro de ese campo, esos bosques y ese río, de conocer y cultivar mis propias plantas, de leer y de escribir cientos y cientos de líneas de mi personal poesía… y de iniciarme en tantas otras cosas. Por aquel entonces me surgió el sobrenombre de Vencejo Solitario.

Una noche de luna llena, sentado en soledad en medio de un claro, en éxtasis cannábico absoluto, parecí fundirme con la tierra. Entré literalmente en comunión con ella. Mis manos se hundieron en el suelo, formando parte de él. Mis ojos estaban clavados en el astro, liberando incesantemente lágrimas que resbalaban por mis mejillas. «Madre naturaleza, yo te reconozco y tú me reconoces a mí». Más que una frase, que como tal quedó plasmada en un papel al día siguiente, fue un sentimiento esencial, enraizado en lo más recóndito de mi ser. El sentimiento por antonomasia. Mi sentimiento. El que comenzó con aquellas alas coloreadas y no acabará mientras viva. El que probablemente no pueda compartir nunca con nadie sino como lo estoy haciendo ahora: de palabra.

Acerca de Anarchanthropus crapuloideus

Calvo, feo, gordo y tontorrón. Este es mi perfil de acuerdo con quien más valor tiene para mí, mi adorado -y guasón- hijo Mateo. Podría añadir que soy una especie de anarcántropo crapuloideo. Pero buena gente, ¿eh?. Así que después de la presentación inicial, el resto así como más en serio: Lo mío son las cosas bien hechas, con gusto y paciencia. Me gusta el silencio, la calma. Me gusta cultivar la tierra, hacer la comida a la brasa, hacer pan, conservar las costumbres ancestrales. Me gustan las miradas firmes de las personas sin dobleces. Me gusta la esencia. Y la forma también, sí; pero sobre la esencia. Me gusta la soledad, compartida o no. Me aburren y me irritan la mediocridad rampante y la falsedad, la corrupción, la incapacidad y la indolencia que dominan nuestro día a día. Me enojan los “esclavos felices”. Soy raro, dicen. No encajo bien en los moldes convencionales. En muchas situaciones estoy a la contra. Si la inteligencia es la propiedad de adaptarse bien a cualquier circunstancia, no soy particularmente inteligente. Soy un intelectual inquieto, apasionado del mundo natural. Me fascina la vida. Y el color, los paisajes (¡el Alto Tajo!), el agua limpia, los animales silvestres (en especial los insectos, y sobre todo las mariposas), la montaña, el mar, las flores… Me hice biólogo, aunque padecí mucho durante la licenciatura; mi interés por el mundo natural me ha llevado a ser profesor universitario de Zoología y Conservación Biológica (también me entusiasma la docencia) y a fundar un grupo de investigación. Si no hubiera sido biólogo hubiera sido músico; me cautiva la música. U hortelano. O pintor. O... soñador de vencejos y hadas. No tengo estilos musicales preferidos, sino músicos preferidos: siempre se ha hecho buena música, y yo creo que ahora también (en contra de lo que opinan algunos críticos). Una relación de la música que más escucho se encuentra en http://www.last.fm/user/Troitio. Me entusiasman también la pintura y la literatura, tanto para disfrutar las creaciones ajenas como para crearlas yo mismo. Algunas frases ajenas que me han acompañado a lo largo de la vida: “Piensas demasiado para ser feliz” (dicha por la madre de la niña que más me gustó en mi adolescencia y primera juventud; yo no he estado de acuerdo en lo de que pensar “demasiado” te impida ser feliz, y de hecho me considero un privilegiado respecto a la felicidad). “Deja ya las mariposas, que no te van a dar de comer” (dicha por mi abuela paterna, que no entendía bien mi afición precoz, y que a la postre también se ha demostrado que era errónea, porque desde luego que me han dado de comer, a pesar de dedicarme a ellas y de hacerlo a contracorriente de las modas productivistas dominantes). "¿Cómo una persona que es en sí por completo un método, puede comprender mi anarquía natural?" (Richard Wagner). "Sólo aquel que lleva un caos dentro de sí puede alumbrar una estrella danzarina" (Friedrich W. Nietzsche). "Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte." (José Saramago). "El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda." (Concepción Arenal). "Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos". (Charles Bukowski. ¿O ésta es de Homer Simpson?).
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5 respuestas a Color en movimiento

  1. the dijo:

    Es una maravilla….a mí también me atrapó el color, aunque ya sabes que lo he expresado de otra manera.
    Y también fué el color en movimiento, no sólo de los bichitos a mi alrededor, sino de la luz en movimiento con todas sus variaciones cromáticas.  Seguro que has notado el brillo del polvo de las alas de las mariposas y polillas….la facilidad con la que se vá el polvito de sus alas si las tocas……la fragilidad extrema de ese colorido tan lleno de cromatismos.
    El color depende mucho de la forma como le dá la luz……esa luz que siguen las polillas aunque se quemen en ella……
    Un placer leerte, como siempre
     
    Ah! y un comentario más……las primeras comuniones siempre me parecieron tétricas (una de mis tías más queridas murió justo en el momento que yo hice la mia)….aunque debo confesar que tengo recuerdos más nítidos de otras cosas….las rosas de papel que me hizo mi abuela adoptiva……o los gritos de un chico (que me traia loquita ya a esa tierna edad) animándome a la hora de la comunión……luego más tarde sí, el recuerdo de mi tia y la incógnita que me surgió desde entonces por la muerte y sus entresijos….quizá en un intento más de comprender mejor la naturaleza en su conjunto?

  2. Lucía Almodóvar Serrano dijo:

    Sensacional.

  3. Conde Nado dijo:

    Gracias… 🙂

  4. Lonely Dancer dijo:

    Maravilloso, conmovedor.

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